lunes, 11 de julio de 2022

Damascio; el último filósofo (del Mundo Clásico)

 

La Escuela de Atenas según Rafael

Seamos sinceros, Damasio, a quien dedicamos este artículo, no fue un gran filosofo. Solo conocemos de él la biografía que escribió de su maestro Isidoro y unos comentarios, más o menos interesantes, sobre algunas obras de Platón y Aristóteles. Su propio discípulo Simplicio lo describe en su Comentario a la física como “Un hombre apasionado por la investigación, que había realizado numerosos trabajos filosóficos agotadores”. El que parte de su obra haya llegado hasta nosotros se debe únicamente a la gran influencia del neoplatonismo en la escolástica cristiana medieval.

Pero ha pasado a la historia gracias a un triste y dudoso honor: ser el hombre que cerró por última vez la puerta de la Academia de Atenas, la que fundara Platón, y con ello puso fin, oficialmente, a lo que se ha llamado el Mundo Clásico.

De Damasio no conocemos siquiera su verdadero nombre, solo su apodo, “El de Damasco”, por lo cual sabemos que nació en esa ciudad, se cree que entre los años 460 y 462, coincidiendo con la destrucción de la estatua de Zeus que el escultor Fidias había construido para el templo de ese dios en Olimpia, desde donde había sido trasladada a Constantinopla. Otro símbolo de ese final de una era. Su familia debía tener bastantes recursos, ya que muy joven marchó junto a su hermano menor a Alejandría, donde aún funcionaba un remanente de la antigua Gran Biblioteca, para estudiar retórica con el maestro Teón. La retórica era considerada una parte fundamental de la formación para ejercer como abogado.

Durante su estancia, este reducto de la cultura clásica no dejó en ningún momento de sufrir los ataques de los cada vez más poderosos cristianos. El patriarca de Alejandría emprendió una dura campaña contra profesores y alumnos paganos, y el propio hermano de Damascio, Julián, fue detenido y flagelado ante la multitud, prueba que pasó, según Focio, sin emitir una sola queja.

Esta experiencia, sin duda, lo marcó. Permaneció en Alejandría durante 12 años, ahora ya como profesor él mismo de retórica, mientras estudiaba filosofía con los hijos del neoplatónico Hermias. Posteriormente, en el 482, se trasladó a Atenas, donde continuó su formación entre otros con Isidoro de Alejandría, con el que le unió una estrecha amistad.

Por entonces la Escuela de Atenas no era ni una sombra de lo que fue. Los filósofos formaban una pequeña comunidad, con frecuencia emparentada entre sí, que, cada vez más presionada por las autoridades religiosas, se reunía e impartía sus enseñanzas en casas particulares. A eso habían quedado reducidos la gran Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles.

Eran pocos, perseguidos y, para colmo y como suele suceder, no demasiado bien avenidos.  En el 485 muere Proclo, y le sucede como diádoco, jefe de la escuela, Marino de Neápolis, un samaritano que abandonó sus creencias en favor de la filosofía. Damascio, Isidoro y sus partidarios no lo tenían en muy alta estima, en parte porque trataba de contemporizar con las autoridades y le preocupaba mucho la marcha de los cada vez más escasos benefactores de la Escuela. Finalmente, harto de las amenazas cristianas y de la oposición interna, Marino huyó de Atenas.

Mosaico de Justiniano

En el 515 el propio Damascio fue elegido diádoco, y se esforzó en revitalizar aquella agonizante comunidad mientras hacía frente a la presión de los cristianos. Pero su tiempo ya había pasado. En el 529 el emperador Justiniano, buscando la unidad religiosa del imperio, emitió un edicto contra los no cristianos: judíos, herejes (corrientes no oficiales del propio cristianismo) y paganos. Prohibía que formaran parte del ejército, de la administración y que ejercieran la enseñanza, y les exigía “instruirse en la verdadera fe”. Esto suponía el final para la escuela de Atenas.

Damascio se vio obligado a clausurar aquella institución que, durante más de ochocientos años, había sido un referente del pensamiento, del debate y, en resumen, de la razón. Pero se negó a aceptar la conversión forzosa, y con su discípulo Simplicio y otros cinco compañeros marchó a la corte de del rey sasánida Cosroes I, que les ofreció asilo y protección, con la intención de reanudar allí sus actividades.

El escritor bizantino Agatías nos aporta el único testimonio conservado sobre el exilio de los siete filósofos:

Poco tiempo antes (con anterioridad a la llegada del embajador Areobindo y del filósofo Urania junto a Cosroes), Damascio el sirio, Simplicio el cilicio, Eulamio (o Eulalio) el frigio, Prisciano el lidio, Hermias y Diogenes, ambos de Fenicia, Isidoro de Gaza, todos ellos la flor más noble, hablando en términos poéticos, de los filósofos de nuestro tiempo, al no estar satisfechos de la opinión predominante entre los romanos en lo concerniente a lo divino, pensaron que el régimen político de los persas era mucho mejor.

Llama la atención que fueran justo 7 los exiliados, igual que los 7 sabios, las 7 maravillas y tantas otras listas, ya que 7 era el número de la suerte en Grecia y Roma. Eso hace pensar en una adaptación “poética”, en palabras del propio Agatías, de lo que sucedió.

Moneda de Cosroes I.

Pero, pese a la fama de Cosroes de soberano cultivado y justo, que se esforzaba en transmitir su propaganda, los filósofos exiliados no se adaptaron a las costumbres de los persas o, en mi opinión y tras leer el relato grecocentrita de Agatías, a ser poco más que una curiosidad en la corte sasánida. En el 532 Cosroes firmó un tratado de paz con Justiniano que permitía a los exiliados regresar, con la promesa de que no serían perseguidos por sus ideas. No se sabe con certeza qué fue de ellos tras su vuelta.

El neoplatonismo cristianizado fue la base de la teología medieval. Los propios persas, y luego los árabes, recogieron buena parte del legado del pensamiento del Mundo Clásico que, poco a poco, en especial gracias a instituciones como la Escuela de Traductores de Toledo, regresaría a Europa.

 

Fuentes:

Damascio y el cierre de la escuela neoplatónica de Atenas

Jose M. Zamora

 

Damascio, «Vida del filósofo Isidoro»: estudio preliminar, traducción y notas.

Álvaro Fernández Fernández.

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