martes, 3 de mayo de 2022

Quinto Labieno; el Traidor

Aunque la publicidad de las obras de Shakespeare ha hecho que en nuestro acervo cultural actual Quintiliano aparezca como el traidor número uno a Roma, en la mente de los romanos, o al menos de los romanos de la época imperial, no era así. Ese puesto lo ocupaba alguien que actuó sin dudas ni complejos, y que jamás se arrepintió del camino que había tomado: Quintus Labienus. Para el romano medio simplemente: El Traidor.

Aureo emitido por Quinto Labieno con su retrato en un lado y un caballo parto sin jinete en el otro

No conocemos la fecha de nacimiento de Quinto Labieno, por ello no podemos saber con certeza qué papel desempeñó su padre, Tito Labieno, en su vida, pero sin duda fue importante, así que merece la pena que le dediquemos unas líneas.

Tito Labieno nació la región del Piceno, a principios del siglo I a C, miembro de una familia del ordo equester (en una equivalencia actual muy aproximada, de clase media), cliente (obligada por acuerdos de lealtad) con la familia de Pompeyo. Comenzó a destacar durante su brillante desempeño como Tribuno de la Plebe, en el 63 a C., al servicio de su patronus y de Cayo Julio Cesar, por entonces aliado de Pompeyo. César, reconociendo su indudable talento, lo llevó con él como legado a su campaña en las Galias, promoviéndolo hasta el puesto de “jefe de caballería”, su segundo en el mando, y confiándole la dirección de las operaciones cuando él estaba ausente.

Busto de Tito labieno, se puede apreciar
el gran parecido físico con su hijo.

Al estallar las hostilidades entre sus dos patrones, abandonó, previo aviso y con la conformidad de este, el bando de César y marchó junto a Pompeyo. Esto hizo caer sobre él las primeras acusaciones de traición que mancharían para siempre el apellido de la familia. Pero para entender esta decisión, y quizás también la que tomaría su hijo, hay que recordar que los Labieno eran, antes que nada, “clientes” de la gens de Pompeyo, de la mano del cual empezaron su carrera, así que, quizás, lo que se interpreta como una traición sea justo lo contrario; una muestra de lealtad.

Los orgullosos optimates a los que se había unido, lejos de reconocerle sus méritos como había hecho César, lo despreciaron por su bajo origen, ignorando sus consejos y negándole cualquier mando. Tras la derrota de Farsalia se retiró a África, donde continuó la lucha. Allí, por primera vez con tropas a sus órdenes, estuvo a punto de derrotar y acabar con César tras su chapucero desembarco en África. La sorpresiva intervención del mercenario Publio Sitio Nucerino lo evitó en el último momento, y tras la derrota de Tapso fue el único líder optimate que logró escapar y llegar a Hispania, donde se unió a los hijos de Pompeyo. En Munda luchó a su lado y allí encontró la muerte.

No sabemos si Quinto tenía edad para haber acompañado a su padre en alguna de aquellas campañas, pero sí que heredó su causa.

Tras el asesinato de César se une a los cesaricidas y es aquí cuando nos encontramos con las primeras referencias históricas sobre él. Según Dión Casio, lo enviaron como embajador a la corte del rey parto Orodes II, en busca de ayuda económica y militar para su causa. Orodes había demostrado simpatía por el bando pompeyano primero y por los cesaricidas después, principalmente porque César siempre había manifestado su intención de atacar Partia para vengar la derrota romana en Carras, y de hecho estaba preparando un ejército con el que invadir ese país cuando fue asesinado.

Festo, por el contrario, afirma que tras la derrota de Casio y Bruto en Filipos, huyó a Partia en busca de refugio.  Como sea, el hecho es que logró acceder a la corte y se ganó la confianza de su rey. Desde allí observó los acontecimientos, a la espera de una oportunidad que no tardó en presentarse.

Orodes II

Marco Antonio, dueño de las provincias romanas de Asia tras los acuerdos que dieron lugar al llamado Segundo Triunvirato, resultó ser un pésimo gobernante, que expolió sus dominios y malpagó a sus soldados mientras se dedicaba a una vida de lujo en Egipto junto a Cleopatra. Quinto persuadió a Orodes para que invadiera Siria, asegurándole que las ciudades lo recibirían como un libertador y que las tropas romanas de guarnición, muchas procedentes del ejército reunido por los cesaricidas y hartas de no cobrar, abandonarían a Marco Antonio y se unirían a Labieno por la fama y el buen recuerdo que había dejado su padre. Orodes le puso al mando de una gran fuerza invasora junto con su hijo, heredero, y principal general, Pancoro. (No hacía mucho, Pancoro había dirigido una rebelión frustrada contra su padre, sin embargo, este no se lo tomó demasiado a mal y no tardó en reconciliarse con él. A fin de cuentas, el propio Orodes había ascendido al trono tras asesinar a su padre y a su hermano, por lo cual debió ver en Pancoro un digno heredero dentro de la más genuina tradición parta). En las fuentes no queda claro quién de los dos ostentaba el mando.

En el 40 a.C. atacan Siria y las afirmaciones de Labieno no tardaron en demostrarse ciertas. Los soldados romanos de guarnición desertaron en masa y se pusieron a sus órdenes. Sin prácticamente oposición, ocupó la mayor parte de la provincia, incluida su ciudad más importante, Antioquía, proporcionando así a los partos su siempre anhelado acceso al mar Mediterráneo. El legado de Marco Antonio, Lucio Decidio Saxa, cayó prisionero y Quinto, mostrando la misma inclemencia que había caracterizado a su padre primero en las Galias y luego en la Guerra Civil, lo hizo ejecutar. El principio de la campaña no podría haber sido más exitoso.

Plato con una imagen del llamado "disparo parto".  Si los romanos destacaron por sus mosaicos, los partos lo hicieron por su orfebrería, y es en ella donde podemos encontrar la mejores representaciones de cómo se veían a sí mismos.

En este punto el ejército Parto se divide en dos. Pancoro, con el grueso de las tropas, marcha hacia el oeste, en dirección a Egipto, donde está Marco Antonio y cuya conquista también era un sueño de todos los gobernantes que sucedieron a los persas. Quinto Labieno, con las legiones que se le han unido y algunas unidades de caballería parta, se dirige hacia Asia Menor.

Rápidamente cae Cilicia y toda la costa, pero aquí empiezan a aparecer los problemas. Todo ejército necesita de grandes recursos para mantenerse, y estos deben obtenerse, inevitablemente, de la población civil, lo que implica que toda guerra supone un grave quebranto económico. Si a esto le unimos la legendaria dureza de los Labienos, la ferocidad de los partos y el ansia de botín de unas tropas romanas formadas básicamente por mercenarios que habían ido pasando de apoyar un caudillo a otro según su conveniencia, es comprensible que las ciudades asiáticas no tardaran en verse obligadas a afrontar una verdad universal: quien espera obtener la libertad de manos de otro, solo cambia de amo.

Y comparándola con la tiranía de sus nuevos “libertadores”, los ciudadanos de Asia comenzaron a añorar el gobierno caótico y corrupto de Marco Antonio.

Denario de Quinto Labieno, emitido, sin duda, 
para pagar a sus nada desinteresados soldados
.

Quinto Labieno tuvo que detener su avance hacia Europa y emplear sus fuerzas en castigar a las cada vez más numerosas ciudades rebeldes. Entre tanto no tuvo mejor ocurrencia que autodenominarse “partico”, como si se tratara del vencedor de los partos y no de un general a su servicio (o aliado con ellos, según el punto de vista de cada cual), acuñando incluso moneda (uno de los principales medios de propaganda política en aquel momento) con su retrato, como si fuera un gobernante romano genuino, aunque en la otra cara apareciera un caballo parto.

Este retraso dio tiempo a las fuerzas de Marco Antonio para reorganizarse bajo el mando de uno de los generales de más confianza de César y, con diferencia, el más preparado de cuantos sirvieron a Marco Antonio: Publio Ventidio Basso.

Denario emitido para pagar a los soldados de Ventidio, que tampoco luchaban gratis. En un lado aparece el busto de Marco Antonio, y en el otro una representación de Publio Ventidio Basso.

Ventidio es uno de los personajes más singulares de cuantos circularon por aquel violento periodo de conquistas y guerras civiles. El único hombre que recorrió las calles de Roma en Triunfo de las dos formas más diferentes posibles: la primera de niño, como cautivo tras el carro de Cneo Pompeyo Estrabón, el padre de Pompeyo el Grande, durante las guerras Sociales; la segunda como general triunfador tras derrotar a los partos en esta campaña. Su fidelidad a César, que fue quien reparó en sus capacidades y lo promovió, y su lógico odio a los Pompeyo marcaron su trayectoria durante las guerras civiles, y le llevaron a comandar las tropas que habían de enfrentarse al último de los seguidores de esta familia (al margen de Sexto Pompeyo): Quinto Labieno.

Cruzando rápidamente desde Grecia, cayó por sorpresa sobre Labieno, que se encontraba sitiando una ciudad rebelde con su infantería romana y sin sus aliados partos. Este se apresuró a retirarse hacia Siria en busca de la caballería parta, deteniéndose en los montes Tauro. El choque final se produjo en esta cordillera que separa la costa de la meseta central de Anatolia. Ambos ejércitos acamparon en sendas colinas fortificadas mientras esperaban unos refuerzos que llegaron de forma casi simultánea: Ventidio a su infantería pesada, Labieno a la caballería parta.

Plato parto en el que se ve a su caballería cargando.

Antes de que ambas fuerzas enemigas se reunieran, Ventidio atacó a los partos y luego se retiró usando una de las tácticas favoritas de estos: fingir pánico. Confiada, la caballería parta cargó contra el campamento romano en la cima de la colina, pero fueron recibidos por una lluvia de disparos de onda, mientras la infantería romana se lanzaba en masa ladera abajo, arroyando a los jinetes partos, muchos de los cuales murieron pisoteados por sus propios compañeros mientras trataban de huir.

Desde su campamento, Labieno contempló impotente el desastre, e intentó que sus hombres formaran para presentar batalla, pero se trataba de simples mercenarios dispuestos a seguir a quien les conviniera, pero no a jugarse la piel por nadie. Los que no desertaron para unirse a Ventidio emprendieron la huida, y Quinto Labieno se quedó solo.

Durante algún tiempo se ocultó en Cilicia disfrazado, hasta que las fuerzas romanas lo encontraron y lo ejecutaron, igual que él había hecho con Saxa y con tantos otros.

La traición es una cuestión de fechas, afirmó en su día Richelieu y repitió dos siglos después Talleyrand, otro político francés que se le parecía tanto que podría haber sido su reencarnación. Con ello querían decir que en política y en la vida para muchos, las lealtades son algo que caduca cuando las circunstancias cambian.  Yo añadiría que ser o no un traidor depende aún más de otro detalle; de si tienes éxito y eres tú quien escribe la historia.


Fuentes;

Dión Casio XLVIII

Pluratco, Vida de Antonio

Festo

Josefo,Las guerras de los judios-Antiguedades de los judios.

Veleyo Paterculo

Frontino, Estratagemas.


miércoles, 6 de abril de 2022

Expeditions: Rome

 


Si quieres un buen juego de roleo y aventura en el mundo romano, esta joya de Logic Artists es lo que andas buscando desde hace tiempo.

viernes, 4 de marzo de 2022

Leonidas de Rodas, el campeón

 


En la antigüedad, las ciudades griegas se odiaban entre ellas con una pasión digna de elogio. Tenían una larga tradición de guerras vecinales por cualquier tontería, porque el motivo era lo de menos; lo importante era el sentido de competición y lucha, el agon, que impregnaba toda la sociedad helena. Es normal que ese espíritu competitivo entre las ciudades tuviera también una variante religiosa, menos violenta y más deportiva. Así que en Grecia había una buena cantidad de eventos religiosos con competiciones incorporadas, donde las ciudades podían seguir celebrando sus rivalidades. Su mejor expresión eran los juegos en honor a Zeus, el dios supremo, celebradas en su santuario de Olimpia. Los atletas venidos de todo el mundo heleno podían alcanzar fama inmortal en su estadio si lograban la victoria, su nombre nunca sería olvidado y su ciudad los honraría durante toda su vida.

 Y luego estaba Leónidas de Rodas, que los eclipsó a todos.

martes, 8 de febrero de 2022

Francesc Sánchez, in memoriam

Por David P. Sandoval

Hay una edad a la que empiezas a perder amigos. No por bodas, hijos o viajes a otras partes. No. Porque mueren. Yo ya he pasado por muertes familiares bien pronto, pero de mis amigos cercanos, de momento, ninguno. Hasta hace poco.

jueves, 6 de enero de 2022

Bellum monetariorum; la gran rebelión de los corruptos

La corrupción en las administraciones públicas no es algo nuevo, por desgracia (otra cosa es su magnitud), sino que viene, como ya explicamos, de muuuuuy lejos, pero... ¿qué sucede si en una sociedad profundamente podrida alcanza el poder un hombre íntegro, un verdadero reformista incorruptible, dispuesto a sanear el estado cueste lo que cueste y a castigar a los que se aprovechan de los bienes públicos sin hacer ningún tipo de excepciones?

En algún artículo anterior ya os hablamos de Aureliano y de lo peligroso, e impopular, que puede llegar a resultar ser un héroe. Ahora vamos a contar lo que sucedió al poco de alcanzar el poder este honrado, capaz y enérgico gobernante que, tras salvar a Roma, acabaría asesinado a traición por sus propios guardaespaldas, convencidos por un político corrupto a punto de ser detenido de que los siguientes cuyos chanchullos iban a ser desenmascarados eran ellos.

Pero vayamos al principio de esta historia. El 270, año del ascenso de Aureliano al trono tras el fallecimiento en menos de dos años de sus dos antecesores por asesinato o enfermedad, estaba resultando ser un año especialmente malo dentro de un siglo, el III, tan desastroso para Roma que todo él es conocido como “La crisis del siglo III”. El imperio se había dividido en tres entidades independientes, con el llamado imperio Galo campando a sus anchas por occidente y el reino de Palmira dueño de la mayor parte de oriente, incluido Egipto. Los godos a duras penas habían logrado ser contenidos en los Balcanes por Aureliano y sus antecesores Galieno y Claudio II, cuando ya otras tribus bárbaras, como los sármatas y los vándalos, empezaban a cruzar el Danubio. Los alamanes merodeaban por el norte de Italia y, para colmo, el nuevo emperador debía enfrentarse a un rival elegido por el senado en Roma.

Semejante cúmulo de problemas, unido a la demostrada muy escasa esperanza de vida de los ocupantes del trono imperial, hubieran hecho que muchos se hubieran planteado si, realmente, merecía la pena ponerse al mando de una nave que hacía agua por todas partes y que parecía claro que no tardaría en irse a pique. Pero Aureliano era un hombre con un ánimo y una energía poco habituales. Mientras corría con su ejército de una frontera a otra para enfrentarse a las diversas tribus invasoras decidió también empezar a combatir lo que consideraba el verdadero origen de todos los males del Imperio: la ineficacia, corrupción y desprestigio de la administración y con ella de todo el estado.

Ceca romana.

Una de las muestras más claras de esa corrupción y de ese desprestigio era la situación de la moneda romana. El viejo denario de plata, símbolo del poder de la República y de los primeros siglos del Imperio, no era ya sino un vago recuerdo. Toda una serie de gobernantes habían encontrado una fácil solución al déficit permanente de las cuentas públicas en la emisión de cantidades cada vez mayores de monedas, que fueron perdiendo por ello tanto su valor como medio de cambio como su propio valor intrínseco en metales preciosos. Las últimas monedas emitidas solo contenían un 5% teórico de plata, y era necesario someterlas a un baño de ácido para que tuvieran algo de brillo. Y he dicho valor teórico porque en algunas, como las emitidas por la ceca (fábrica de moneda) central del imperio, la de Roma, este minúsculo porcentaje de plata aún se había reducida más, hasta el 3% e incluso menos.

Esta diferencia estaba causada por la corrupción de los responsables de la ceca, que se apropiaban de parte, casi de la mitad por lo visto, de la plata destinada a las emisiones, confiando, sin duda, en que, dado que la propia moneda era en sí un fraude perpetrado por el estado, nadie repararía en su fraude particular. Y, en efecto, hasta entonces había sido así, sobre todo porque contaban con la cobertura de políticos poderosos, miembros del senado, que se beneficiaban, y quizás dirigían, aquel robo masivo de recursos públicos.

Amparados por esa impunidad los funcionarios corruptos actuaban cada vez con mayor descaro. La propia calidad formal de la moneda se hundió, y los retratos de los emperadores grabados en esa época son tan malos que casi parecen caricaturas. Es muy probable que esto se debiera al nepotismo a la hora de seleccionar a los empleados de la ceca, primando la fidelidad a sus jefes y la aceptación de la corrupción reinante muy por encima de su capacidad para el trabajo. Algo que caracteriza a los estados profundamente corruptos es la creación por sus dirigentes de amplias redes clientelares, formadas por toda suerte de individuos a los que, a cambio del apoyo a sus líderes, se les permite robar un poco, recoger las migajas del gran pastel, y que terminan por constituir la verdadera base social de los gobernantes.
Monedas de Galieno y Claudio II.
Puede apreciarse el recortado de los bordes.


Ya no solo se alteraba la aleación de las monedas, sino que antes incluso de salir de la ceca estas eran disminuidas de peso recortándoles los bordes, quizás por los propios empleados que, amparados por el fraude generalizado cometido por sus jefes, se quedarían con estos recortes a modo de ingreso extra.

Todo esto no solo lo conocemos por las fuentes de la época (Aurelio Víctor, Eutropio, la Historiae Augustae), la arqueología ha demostrado que la cantidad de planta de las monedas emitidas en ese momento en Roma era sensiblemente inferior, hasta un 54%, a las de otras cecas, como las de Tarraco o Antioquía.

No se sabe bien cómo empezó la revuelta, aunque todas las fuentes están de acuerdo en que el detonante fue la detención en el 271, apenas unos meses después de la ascensión al poder de Aureliano, de Felicissimus (buen nombre para un golfo) el rationalis, es decir el responsable, del tesoro de imperial, algo así como el ministro de hacienda actual, entre cuyas funciones estaba supervisar la ceca de Roma. Esta detención, sin duda, desató el pánico entre sus subordinados y entre sus superiores y cómplices en el senado, que temerían ser los siguientes.

Coincidiendo con estos hechos, Aureliano sufrió la única derrota militar de toda su carrera. Tras aplastar por completo a los godos, y obligar a los vándalos, sármatas y demás a retirarse más allá del Danubio, se encaminó a toda velocidad hacia Italia, de cuyo norte se habían apoderado los alamanes y jutungos, que ahora habían cruzado el Po y se dirigían a Roma. Pero por el camino sufrió una emboscada de estas tribus en un bosque cerca de la ciudad de Placentia (¿tal vez alguien les puso al tanto de la ruta que iba a recorrer?) que masacraron y desbandaron su ejército.
El pánico se extendió por la capital, y quizás los políticos corruptos aprovecharon que su perseguidor parecía haber sido puesto fuera de juego para dirigir una gran revuelta y tratar de alzarse con el poder. Ya sé que resulta un poco extraño que una población se lance a un conflicto interno con el enemigo marchando sin oposición hacia sus puertas, pero quizás no lo parezca tanto si tratamos de ver el asunto desde la perspectiva de sus protagonistas. Los políticos y funcionarios corruptos tenían claro que con Aureliano no había nada que negociar, y si este continuaba en el poder su única expectativa de futuro era la espada del verdugo, una reunión con las fieras en la arena del anfiteatro o formar parte de la decoración de alguna calzada colgando de una cruz, según fuera su condición social. Por el contrario, con los jefes de las tribus bárbaras siempre era posible intentar alcanzar un acuerdo y comprar su retirada a cambio de una elevada cantidad de dinero (público, por supuesto).

Pero para que la rebelión alcanzara la magnitud que alcanzo era preciso que se les uniera una parte considerable de la población de la ciudad, ya que los funcionarios de la ceca apenas sumarían un par de centenares. ¿Qué podía llevar a simples ciudadanos a alzarse en apoyo de dirigentes corruptos y en contra de quien trataba de salvarlos y de sanear la administración? Es de suponer que, y como siempre, fue el miedo, la ignorancia y la desesperación. A los graves problemas que arrastraba el imperio desde hacía décadas, en Roma se había unido ahora el hambre. Cenobia de Palmira se había apoderado de Egipto, cortando el suministro de grano a la capital, provocando una brutal crisis de abastecimientos. A los políticos corruptos no debió de costarles mucho atraerse a un buen número de seguidores contándoles de que la culpa de sus males era de ese camorrista y feroz emperador procedente de Iliria, al que en Roma prácticamente nadie había visto nunca, y que ellos, políticos bien conocidos, senadores, negociarían acuerdos con Cenobia y con los bárbaros, resolviendo así todo fácil y rápidamente, sin ningún costo ni sacrificio. Justo lo mismo que los políticos siguen contando ahora y que la gente sigue esforzándose en creer.

Pero cometieron un error de cálculo, el mayor y más común de los errores: menospreciar a su enemigo. Aureliano podía haber sido derrotado, pero no vencido: rápidamente volvió a reunir a sus tropas, las reorganizo y les infundió ánimos. Luego, aprovechando que las tribus de alamanes y jutungos, sintiéndose seguros tras su victoria, se habían desperdigado por las llanuras centrales de Italia dedicándose al pillaje, los atacó por sorpresa, aniquilándolos.
Germanos ocupados... en sus cosas de germanos.

Después de esa victoria, era el turno de los rebeldes de la capital.

Mientras Aureliano perseguía a los alamanes y a los pocos sobrevivientes de los jutungos, envió a parte de sus tropas para que aplastaran el motín. Estas se unieron a las cohortes urbanas, que hasta entonces no parece que hubieran hecho gran cosa, y se prepararon para retomar el control de la capital. Los rebeldes, por su parte, sabedores de lo que les esperaba con Aureliano, se atrincheraron en el monte Celio, una de las siete colinas originales de Roma. La batalla consiguiente derivó, como era de esperar, en una masacre, que nos dice mucho sobre la desesperación que se había adueñado de la población de la capital del imperio. Las fuentes hablan de siete mil muertos, aunque no aclaran si entre los amotinados, los soldados o ambos.

La ceca de Roma fue clausurada, Felicissimus terminó ajusticiado, y con él muchos de sus cómplices y colaboradores, incluidos senadores corruptos, algo que el senado jamás le perdonaría a Aureliano. Posteriormente este reunificaría el imperio, destruyendo a los galo-romanos y a Palmira, reanudando así el suministro de grano a Roma. También trataría de restaurar, en la medida de lo posible, la moneda, y de reducir la gigantesca e inútil burocracia, extirpando de raíz y sin concesiones la corrupción para recuperar la eficacia de la administración.
Busto de Aureliano y reconstrucción digital de su rostro.

Pero sería esta última lucha, la guerra contra la corrupción, la que sellaría su destino. El brillante general que derrotó, uno a uno, a todos los enemigos de Roma; el gran guerrero del que se decía que había matado a más de mil oponentes en combate; el héroe incorruptible..., alcanzaría su final apuñalado por la espalda por sus propios y corruptos guardaespaldas cuando más indefenso se encontraba, agachado para beber junto a un arroyo.