–¡Catón tenía razón, vaya si la tenía!– gritaba Palante dando golpes
con su jarra vacía en la barra de la taberna. –¡"En cuanto permitáis que
las mujeres comiencen a ser vuestras iguales, en ese mismo momento se
convertirán en vuestras superiores..."! ¡Si Catón levantara la
cabeza...! –Chsst, baja la voz, Palante, nos está mirando todo el mundo en el local– le decía su amigo el senador Sorano, mirando nervioso a su alrededor –y tu comportamiento no es adecuado, siendo como eres liberto del Emperador Claudio.


