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| Tumba de un esclavo romano en Francia. Aún conserva el collar, las cadenas y los grilletes en los pies |
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| Tumba de un esclavo romano en Francia. Aún conserva el collar, las cadenas y los grilletes en los pies |
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| Tumba de un esclavo romano. Aún conserva el pesado collar y la cadena que debió cargar en vida |
Si hay algún juego cambió el mundo de la estrategia digital y lo hizo popular entre muchos jugadores, ese es Rome Total War, de Creative Assembly, publicado en 2004. Ahora, que vivimos en tiempos donde el homenaje y la revisión de juegos antiguos es una moda, porque los juegos nuevos ya no levantan la misma admiración que sus antecesores, esta maravilla vuelve a ser publicada en una versión “Remastered”; o sea, no es una versión nueva, ni una simple actualización para ser jugado por los sistemas operativos modernos, sino una versión de mejora y puesta al día, sin traicionar las mecánicas originales.
Aunque se
añaden algunas cosas de sus secuelas y unos gráficos más pulidos, ¿Vale la
pena?, ¿Han traicionado el juego original? Veamos.
Siempre ha habido pícaros que han
vivido de los dos grandes motores de la humanidad: la esperanza y la estupidez.
Tipos que mediante engaños y tácticas de manipulación han vivido de la
ignorancia y anhelos de otros. Algunos hasta caen simpáticos, por poner de
manifiesto los errores de su tiempo o demostrar las carencias de tipos
supuestamente honorables y poderosos. Ustedes juzgarán, tras leer este
artículo, a que clase pertenece Alejandro de Abonutico, que se declaró profeta
de un dios y muchos se lo creyeron.
En el primer siglo de nuestra era el arte de la oratoria, una de las disciplinas más valoradas en las desaparecidas democracias de Grecia y Roma, había entrado en franca decadencia. Desde que Sila, César y Octavio demostraran que la forma más eficaz de ganar una acalorada discusión en el senado no era el sonido de un hermoso y bien fundado discurso, sino el chirrido de las espadas de los legionarios al salir de sus vainas, la oratoria política había quedado reducida a un recargado ejercicio de adulación, en el que se imponía aquel que fuera capaz de hilar la mayor serie de hiperbólicas alabanzas a quien estuviera en el poder.