jueves, 2 de julio de 2015

Aventuras en medio de la primera crisis financiera global

Acaba de salir al mercado la primera novela de Enrique Santamaría, ambientada en la gran crisis financiera del año 32: "Publio Vitelio Longo y la fábrica de dinero". El protagonista, que da título a la obra, es liberto de un importante miembro de la administración que fue defenestrado en los turbulentos años finales del reinado de Tiberio. Perdida su relativamente cómoda posición, el antiguo esclavo sobrevive trampeando por las calles de la capital.

La propuesta de un supuesto gran negocio le llevará a travesar Roma el mismo día en que estalla un brutal motín contra la política del emperador. De su mano conoceremos una urbe poblada de matones, hermandades de corte casi mafioso, mendigos y gentes venidas de todos los rincones del imperio.

Nos encontramos ante una obra que se sitúa a medio camino entre la novela negra y la de aventuras. A través de los ojos de un joven esclavo nos acercamos a las bambalinas del poder y vemos cómo los vaivenes del poder afectan a la gente común.

A continuación publicamos un extracto del libro, en el que el protagonista acompaña a una banda de matones para tasar el fruto de sus fechorías. Al adentrarse en los barrios populares, Longo se queda anonadado por la decadencia en la que la crisis ha sumido a aquella parte de la ciudad:


"Al salir el brillo del sol me cegó y sólo poco a poco conseguí distinguir lo que me rodeada.

Desde hacía tiempo apenas salía a la calle de día y andado. Siempre entrábamos en la Ciudad tras el ocaso, dado que la normativa sobre carros seguía vigente, nos encerrábamos en nuestro refugio y, al terminar, nos marchábamos también por la noche.

Si en la oscuridad el espectáculo ofrecido por las calles era aterrador, a plena luz sobrecogía.
Habíamos alquilado la tienda en una insula de alto nivel en el populoso y tradicional barrio del Aventino, en una zona, hasta hacía poco, de clase media y muy comercial, entre el Emporio y el Circo Máximo. Tenía, además, la ventaja de ser accesible con facilidad desde la Vía Latina, nuestra ruta habitual para entrar en Roma.

Era un sólido edificio de cuatro alturas, con estructura de piedra y ladrillo en las dos primeras, situado junto a una bonita plazoleta adornada por una fuente con forma de escultura de Tritón. Estaba directamente comunicada con la Vicus Piscinae Publicae, una de las dos grandes arterias del barrio, por medio un callejón bastante amplio… para tratarse de Roma. Un lugar discreto y céntrico, con numerosos bloques de apartamentos bien construidos, todos con desagües propios en el patio comunicados con red general de alcantarillado y alguno, incluso, con agua corriente en los primeros pisos.

Por aquella época las calles principales estaban vigiladas, al menos durante el día, por las cohortes urbanas y los vigiles, pero las secundarias habían sido, simplemente, abandonadas a su suerte.
El aspecto que presentaba nuestra, hasta hacía bien poco, coqueta plazuela era una muestra palpable de la situación a la que había llegado Roma: mendigos de toda clase y edad te acercaban sus temblorosas manos esqueléticas, unos sin levantar la vista del suelo, otros clavando en ti sus ojos desesperados y hambrientos; bandadas de niños, sucios y desnutridos, corrían detrás nuestro suplicando algo para comer; un grupo de hombres reunido en los soportales nos observaban con miradas voraces.

Dos matones más se nos unieron al salir. Avanzamos en formación de cuadro, con un hombre en cada esquina mientras el jefe y yo permanecíamos en el centro. Los sicarios sujetaban bien a la vista gruesos garrotes, y era evidente que escondían armas mucho más efectivas... y prohibidas.

Allí donde mirases veías comercios y talleres cerrados, ínsulas enteras en venta o en alquiler, otras, abandonadas, presentaban un aspecto sucio y destartalado y se iban deteriorando con rapidez. De su interior salían columnas de humo, ruidos y voces, provenientes de los mendigos que habían encontrado allí un refugio momentáneo y cuyas fogatas amenazaban con provocar un incendio catastrófico que arrasaría el barrio. Bestia tenía razón: debíamos convencer al patrón para buscar otra base de operaciones.

Tres figuras apretujadas en el suelo junto a la pared de una casa llamarón mi atención. Eran una madre y sus dos hijos pequeños. Los niños, famélicos, con los ojos hundidos, la piel pegada a los huesos, las venas asomando palpitantes y las barrigas vacías paradójicamente hinchadas; se aferraban a los harapos de su madre, que yacía inmóvil, emitiendo como único signo de vida un ahogado y monótono lamento. Sin saber por qué me vino a la cabeza la imagen de mi propia madre y ya no pude desviar la mirada. Cogí los higos y el queso que no había tenido tiempo de terminar en el desayuno, eché a correr y se los entregué. Ella se volvió sin cambiar su expresión perdida, mientras los niños se encogían aterrados, clavando en mí aquellos ojos redondos y saltones. Di media vuelta y regresé a la seguridad de mi grupo.

La banda que nos observaba vigilante se abalanzó sobre la desgraciada familia, los golpearon con un absurdo e innecesario ensañamiento y les arrebataron aquellos restos. Me quedé allí mirando, sin saber qué hacer, hasta que uno de nuestros escoltas me cogió del brazo y me obligó a seguir mientras gruñía entre dientes.

—¡Imbécil! ¡Vuelve a salirte del cuadro y te dejo solo en mitad de la puta calle!

¿Esta era Roma, la dueña del mundo? ¿A eso habíamos llegado?".

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