martes, 31 de mayo de 2016

Un referente en el caos de la batalla

Los estandartes desempeñaron una importante labor táctica en el campo de batalla. Probablemente en la República temprana no fueron más que lanzas ornamentadas, que marcaban la posición del centurión o el tribuno para que sus hombres no perdiesen la posición en el fragor del combate. Tal uso les convirtió en una pieza fundamental del ejército romano, que no abandonaría jamás.

El Sarcófago Ludovisi representa el clamor de la batalla
El origen del uso de esta herramienta se hunde en las tinieblas de la historia. Los cronistas romanos nos hablan de que ya los Fabios, en época arcaica, utilizaban estandartes a la hora de plantear los combates. “Estas teorías se basan en informaciones legendarias. Es complicado saber si aluden a una realidad histórica”, afirma Eduardo Kavanagh, que acaba de publicar su tesis doctoral sobre los estandartes militares de la Roma clásica.

Lo que está demostrado es que las enseñas debieron de ser instrumentos útiles en el campo de batalla, porque Polibio las consideraba elementos imprescindibles en tiempos de la II Guerra Púnica. A raíz de estos indicios, numerosos investigadores proponen que las formaciones legionarias pudieran ser más laxas de lo que se pensaba tradicionalmente.

Según estas interpretaciones, las centurias y manípulos se movían con relativa libertad durante el combate. La teorías del 'dynamic standoff' de J. E. Lendon y Philip Sabin proponen que las unidades menores se desgajarían del cuerpo principal del ejército para chocar contra el enemigo y volver después a las seguridad de las filas propias.

Este modo de combatir, bautizado en español como ‘sistema de nubes’ o ‘sistema de amebas’ por Fernando Quesada, requiere de señales visuales que evitasen que las unidades semiindependientes se perdiesen en el caos del combate. Por eso no es extraño que la formación legionaria abundase en estandartes: cada centuria y escuadrón de caballería (turma) tenía uno, así como las unidades más grandes (manípulos, cohortes de auxiliares y alae). El mismo general poseía un estandarte rojo (o púrpura, en caso de tratarse del emperador) que se guardaba en sus aposentos en el campamento (praetorium) y que se usaba, entre otras cosas, para identificar su posición en el campo de batalla y para dar la orden de empezar el combate.


Denario del siglo I a. C. con representaciones de estandartes
Todos ellos tenían en común una cosa, explica Kavangh: "la extraordinaria devoción que sentían por ellos los soldados". Empezando por el hecho de que los estandartes eran un vistoso escaparate para las condecoraciones que recibía la unidad a la que representaba, poco a poco estos símbolos fueron revistiéndose de un papel simbólico cada vez más poderoso que les confería, a sus ojos, de una poderosa carga mágica. En el próximo post analizaremos el uso de este carácter casi divino con fines bélicos.

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