martes, 10 de mayo de 2016

Muertos especiales y brujería en la Antigua Grecia

Por Israel M. Sánchez
 
Ulises, el necromante (mydelineatedlife.blogspot.com)
Los antiguos griegos pensaban que, en casos excepcionales, las almas de los fallecidos no llegaban al Hades, sino que permanecían en el mundo con diversos propósitos. Estas presencias, que presentaban sentimientos y reacciones muy humanas, eran peligrosas ya que podían causar daño si se enfurecían con loso vivos. Esta población de espíritus errantes, producto de una muerte o unas circunstancias post-mortem muy concretas, era susceptible de incrementarse por la acción de brujos y necromantes capaces de animar cadáveres para convertirlos en sus servidores.


En el mundo helenístico existían tres categorías de óbitos que comportaban la posibilidad de que el tránsito al Mas Allá se viese interrumpido y, por tanto, que el alma quedase prendida en el mundo terreno. Estos muertos eran los aoroi, que habían muerto de forma prematura o antes de casarse; los biaiothanatoi, que habían encontrado una muerte violenta (aquí se incluían los soldados muertos en batalla y los suicidas); y los ataphoi, que no habían recibido ritos funerarios adecuados o directamente no habían sido enterrados.

No todos los muertos cruzaban la Laguna Estigia.
Estas categorías no eran mutuamente excluyentes. A veces es difícil distinguir si estos ‘muertos especiales’ (como los llama Sulosky Weaver) son fantasmas sin cuerpo real o retornantes con cuerpo físico. Hay sin embargo, casos notables en los que la aparición es de hecho un retornante. Por ejemplo, los autores romanos Pausanias y Estrabón cuentan ambos la historia de Polites, el Héroe de Temesa, uno de los marineros de Ulises. Al volver de Troya, y habiendo fondeado en la isla de Temesa después de una tormenta, Polites violó estando borracho a una muchacha de la isla. Juzgado de forma severa por las leyes locales fue ajusticiado mediante lapidación. Sin embargo Polites no descansó en paz, y en forma de retornante comenzó a matar a los habitantes de Temesa hasta que Pythia, la sacertodisa de Apolo en Delfos, ordenó a los isleños que le dedicaran un santuario y un sacrificio anual de la más bella virgen de la isla. Cuando los isleños actuaron de esta forma las matanzas del no-muerto cesaron. La historia del retornante de Temesa termina cuando el famoso púgil Eutimo se enamora de la virgen sacrificial y combate al no-muerto, destruyéndolo. Esta historia tiene una estructura que será repetida con variantes a lo largo del tiempo.

En otras ocasiones, como en la historia de la novia de Anfípolis contada por Phleon de Trales, la no-muerta Filinio adquiere tintes de íncubo, visitando cada noche con su cuerpo físico a su amante vivo Macates, huésped de su familia, hasta que al ser descubierta deja de aparecerse no sin antes amenazar a sus propios allegados. No parece que en esta historia, de la que hay varias versiones, Filinio hiciera daño ni a su familia ni a Macates, pero quizá sólo era cuestión de tiempo que los atacara o dañara de alguna forma. Esta historia y la de la Novia de Corinto (protagonizada por una empusa, un ser vampírico que no puede llamarse retornante con propiedad) fueron muy usadas por los autores románticos del siglo XIX como arquetipos de la mujer-vampiro que busca corromper a los hombres y atraerlos a la perdición física y espiritual.

El alma errante que flotaba sobre su antiguo cuerpo podía volver a reanimarlo de otra forma diferente, una forma a la que los antiguos griegos daban bastante importancia: la necromancia. Un vivo, generalmente un brujo, podía invocar al alma errante y hacerla volver a su cuerpo para cumplir sus propios fines. Ésta es la invocación, citada por Augustin Calmet, de una maga de Lucano:

Tali tua membra sepulchro
talibus exuram Stygio cum carmine sylvis
ut nullos cantata magos exaudiat umbra
.*

*Destruiré con el fuego tus miembros en el sepulcro
y en los bosques, a pesar de los sortilegios estigios,
para que la sombra no escuche los cánticos de ningún mago.

Las libaciones de Ulises, de Johannes Stradanus
La descripción más antigua de un ritual necromántico aparece en el Libro 11 de la Odisea. Ulises llena un hoyo con miel, leche, vino, agua y cebada, y acto seguido degüella un carnero y una oveja, de tal forma que su sangre se mezcle con todos los elementos anteriores. Después ofrece esta libación a los muertos, de forma que éstos puedan manifestarse delante de él y responder a sus preguntas. Aquí se ve la casi universal correlación entre los no-muertos y la actividad de vampirismo entendida como absorción de fuerza vital, en forma o no de sangre: los cadáveres andantes necesitan alimentarse del hálito vital de los vivos para mantener su espantosa naturaleza y poder manifestarse.
A los muertos se les invocaba también a través del uso de unas tabletas llamadas katadesmoi, hechizos escritos en delgadas hojas de plomo generalmente con forma de hoja o lengua, que se depositaban en las tumbas en el curso de ceremonias nocturnas clandestinas. Los hechizos de los katadesmoi eran mensajes a las deidades del inframundo infernal, de los que se esperaba que, una vez leídos los mensajes, usaran las almas de los muertos para conceder los deseos de los vivos. Como sirvientes de algún brujo, los muertos podían usarse para dañar a las personas que fueran mencionadas en el katadesmos. Hasta el momento, 11 katadesmoi han sido excavados en Kamarina, y más de 600 en el mundo griego, por lo que se sabe más acerca de las prácticas necrománticas que de las necrofóbicas.

Katadesmoi encontrado en Kamarina. No dice nada bueno.
La evidencia arqueológica del mundo griego antiguo demuestra, pues, los deseos de supresión e invocación de los muertos activos (los muertos especiales) de los antiguos pobladores del Mediterráneo. Estos actos aparentemente contradictorios nos dan sin embargo una idea de cómo los antiguos griegos conceptualizaban la muerte y a los muertos. En particular, la muerte tenía muy poco impacto sobre las características de una persona: si alguien era peligroso en vida lo seguía siendo tras la muerte. Además los muertos mantenían su capacidad de expresar sentimientos, y por tanto eran capaces de sentir las mismas cosas que cuando estaban vivos acerca de lo bien o mal que eran tratados por los demás.

Los muertos especiales estaban predispuestos a sentirse infelices o vengativos y esto afectaba directamente a los vivos porque estos seres eran capaces de levantarse de la tumba, o bien de ser invocados y manipulados para servir los deseos de otros. Por lo tanto, el cuidado y la propiciación de los muertos era un problema más cívico que personal, porque la negligencia o la provocación de los muertos que no descansaban tenía el potencial de dañar a la comunidad entera.

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