martes, 8 de septiembre de 2015

Diocles, la estrella de la arena




En una sección de secundarios inolvidables como es esta, no podía faltar uno de los mayores deportista de todos los tiempos. El rey de los circos, el auriga de los récords, el superviviente de la arena y la envidia de los futbolistas modernos... Además, era hispano.


 Ya hemos hablado antes de dos "deportistas" de la Antigüedad: Cinisca y Quadronius Verus. Pero el verdadero crack y figura profesional con miles de fans fue Gaius Apuleius Diocles.
 Nos ha dejado solo dos textos sobre su vida, escritos en estelas. Bueno, más bien fueron otros los que dejaron mención de él: sus fans y sus hijos. De su figura se ha hablado mucho en libros e internet, la mayoría de las veces con errores, exageraciones o simple ignorancia. Todo lo que se ha dicho y especulado se basa en esos dos textos epigráficos. 

El circo de Nerón, en el Vaticano.

El primer texto estaba (porque solo queda la copia del texto) en el circo de Nerón, que hoy es una ruina enterrada bajo la actual basílica del Vaticano. Es una estela que fue levantada por sus admiradores y que contiene una extensa y aburrida lista de sus estadísticas en el mundo de las carreras. Seguramente fue levantada cuando se retiró de competir a la edad de 42 años, pagada por sus fans o facción del circo. Hay otros ejemplos semejantes, pero el de Diocles es el más extenso y abrumador en datos; y deja claro que no hubo nadie como él, ni antes ni después. Fue el mejor “agitator” (auriga) de la historia.

 La estela nos dice solo que era lusitano, nacido en el 104 d.C. Algunos autores afinan hasta decir que era emeritense, pero no sé de dónde sacan ese dato. Seguramente empezó o corrió alguna vez en el circo de Mérida, capital de su provincia natal, pero nada sabemos de su lugar de nacimiento.

Su nombre nos dice más cosas. Diocles es nombre griego y en la Hispania de los siglos I y II indican un origen familiar oriental, no precisamente griego, y con bastante probabilidad esclavo o liberto con escasos recursos. Algo típico entre los aurigas, que solían salir de las capas más bajas de la sociedad, como los esclavos o los libertos pobres.

Nada más sabemos de su origen y primeros años. Cualquier cosa dicha es pura especulación. Pero a los 18 años comienza su carrera como auriga. Una edad normal para empezar, que incluso puede parecer tardía, pues sabemos de un auriga llamado Crescens, que ganó su primera carrera con solo 13 años.

 Los comienzos de Diocles no debieron ser muy exitosos, pues tardó dos años en ganar su primera carrera, en el año 124 d. C. Pero a partir de ahí ya fue un no parar de vencer. Es evidente que esos primeros años de experiencia los aprovechó bien en aprender y, sobre todo, en saber cuándo arriesgarse y cuándo no, para evitar los terribles accidentes de la arena. Esa era la mejor habilidad de un auriga. Porque su trabajo era casi tan peligroso como ser gladiador. La presión sobre ellos para ganar y la peligrosidad de las carreras provocaban maniobras arriesgadas y los consiguientes accidentes, ya sea por choques entre carros o contra el muro, o que el carro mismo, muy ligero, se rompiera y los caballos arrastrasen al auriga, que llevaba las riendas sujetas a la cintura para un mejor manejo de los caballos. En ese caso, pese a que llevaban un cuchillo para romper las riendas y una especie de corsé de cuero, lo normal era que la arena despellejase al pobre hombre como papel de lija.

Esta sería la pinta de Diocles en las carreras

  Además, los remedios solían ser peor que el accidente. Por Plinio el Viejo sabemos que para las heridas de los aurigas se usaba “estiercol de jabalí, recogido en primavera y secado... algunos piensan que es más eficaz si es hervido en vinagre. Los médicos más precavidos lo queman y mezclan las cenizas con agua; se dice que el emperador Nerón se refrescaba regularmente con este tónico.”  Y luego acabó medio loco, no me extraña.     

 Diocles, se salvó de accidentes y remedios absurdos, y poco a poco empezó a ganar carreras hasta convertirse en una leyenda, y acabar corriendo en Roma, el ombligo de todas las carreras.
 En aquellos tiempos y después, como nos cuenta Amiano Marcelino, los romanos “gastan su vida entera en vino, dados, burdeles, fiestas y en los Juegos. Para tal gente, el Circo Máximo es un templo, un hogar, un lugar de asamblea,  y el foco de todo deseo... Cuando se acerca el amanecer del aguardado día de las carreras, antes de que incluso brille el sol, todos se apresuran en masa al estadio como si corrieran contra los carros que van a ver, muchos van sin dormir debido a la ansiedad acerca del resultado de sus fanáticos deseos.”

 O como dice con menos retórica Frontón: “El suministro de grano no es tan efectivo como el entretenimiento para mantener al pueblo contento.” 

En definitiva... si los romanos eran obligados a elegir: ¡El circo antes que el pan!

 El pueblo de Roma vivía entonces para el Circo y adoraba a los aurigas triunfadores. Es evidente que se anotaban en actas los triunfos y las diferentes posiciones en cada carrera, al menos hasta la cuarta plaza, pues de otra manera los autores de la estela del Vaticano no tendrían de dónde sacar los datos y compararlos con otros más antiguos. Las estadísticas deportivas eran tan famosas como hoy... y Diocles empezó a romperlas.

 En los 24 años que estuvo activo, participó en 4257 carreras y ganó 1462 veces, ganó prácticamente una carrera de cada cuatro. En el resto, quedó entre los cuatro primeros (la mayoría de veces segundo) en 1438 ocasiones. Solo se quedó en vacío en 1351 carreras (esto lo pongo yo, no la estela).  Pese a su éxito, no es el mayor vencedor de la historia entre los aurigas, pues ese título lo tiene Pompeius Musclosus con 3559 victorias,  y hay otro auriga, Scorpus, con 2048, pero nuestro Diocles fue más selectivo en sus victorias. La mayoría de ellas, 1064, fueron en carreras de un carro por facción (singulares) que enfrentaban a las mejores figuras de cada uno de los cuatro equipos que competían en el Circo. Eran las carreras más prestigiosas y con mayores premios en metálico.  Ahí sí tiene el récord.

Además, ganó 110 carreras “a pompae”, las primeras carreras del día, que se disputaban después del desfile inaugural (pompa) y se consideraban las más importantes. También eran las más suculentas en premios en metálico.
 Porque en cuestión de dinero, Diocles ganó hasta el hartazgo. Según la estela del Vaticano, se embolsó en su carrera casi 36 millones de sextercios. Una cifra que pagaría el suministro de grano a Roma durante un año o la quinta parte del presupuesto militar anual.

Auriga de los rojos con la palma de la victoria

 Así que Diocles se retiró multimillonario. Pero sobre todo, se retiró vivo. Ese es su mayor mérito. Scorpus, por ejemplo, murió en la arena a los 27 años, como también el Crescens antes dicho que ganó su primera carrera a los 13, pero no pasó de los 22.  Aparte de tener suerte, la sangre fría de Diocles debió ser considerable. No era fácil conducir un carro, por experto que se fuera, sin cometer un error alguna vez, con unas consecuencias casi siempre fatales. Además, se debía correr varias veces en cada día de carreras. Y si no morías del accidente, ya se encargaba el estiércol de jabalí.

 Por otra parte, la estela del Vaticano, también nos nombra a sus caballos, al menos los más famosos. Porque los romanos también anotaban las victorias de los corceles y los más célebres hasta tenían el honor de una estatua... o un cargo público, como Incitato, nombrado cónsul por Calígula, otro fan loco (del todo) por las carreras.

Calígula e Incitato, una gran amistad.

 Así sabemos que Diocles hizo “centenarios” en victorias a nueve caballos y “bicentenario” a uno, que, aunque no nos ponen el nombre, debió de ser uno de los tres con los que en un año ganó 103 carreras: Abigeio, Lúcido y Pompeyano. También nos cuenta que con estos tres caballos más Cotyno y Gálata venció 445 veces. No cabe duda que este quinteto fue su equipo de caballos más querido entre las docenas que debió conducir. La mayoría de estos caballos eran de origen africano o hispano, y existía un negocio de cría para el circo muy desarrollado, pues se necesitaban como unos cinco años para entrenar a un caballo de cuadriga. Ni qué decir que su precio era desproporcionado. Pero la multitud los seguía en sus hazañas como a los aurigas, los reconocía de vista y se aprendían hasta su genealogía.

 Pero por encima de Diocles y sus caballos estaba la pasión por el equipo o “factio”, tal como la profesan los futboleros de hoy.  En tiempos de Diocles había cuatro en Roma y llevaban nombres de colores: azul, verde, rojo y blanco. No voy hablar aquí de sus orígenes e historia porque daría para un libro, pero el comportamiento de sus hinchas era semejante al de los forofos actuales. O sea, se vestían del color de su equipo, alababan a sus aurigas e insultaban a los rivales. De vez en cuando, también se pegaban entre ellos en las gradas y por las calles. Era el llamado “furor circensis”. El que estuviera permitido beber en el Circo ayudaba bastante a este furor. 

 Diocles, según la traducción oficial, militó primero en los blancos, luego en los verdes y, finalmente, desde 131 d.C. hasta su retiro en 146 d.C., en los rojos. Sin embargo, la segunda estela, de la cual luego hablaremos, solo nos dice que perteneció a los rojos. Quizá porque es donde alcanzó la fama… o quizá, como sugirió el padre jesuita Juan Francisco Masdeu, en su monumental obra “Historia Crítica de España y su Cultura”,  las expresiones "agitavit in factione Alba", "in factione prassina", quizá no signifiquen que Diocles fuera cambiando de equipo, sino que corrió siempre con los rojos, tal como dice la estela, y que esas expresiones querían decir "en [los juegos patrocinados por] la facción blanca", "verde", etc… Ahí queda la duda jesuítica.

 Corriese con quien corriese, Diocles eligió para su retiro un lugar muy alejado del bullicio del Circo Máximo y del Circo de Nerón: la tranquila ciudad de Praeneste (actual Palestrina), no muy lejos de Roma, y donde se encontraba un famoso templo de la diosa Fortuna. Era una ciudad célebre por sus orfebres y sus residencias de lujo. Un sitio ideal para jubilarse si tenías tanto dinero como Diocles.

Templo de Fortuna en Praeneste

 De su muerte no se sabe nada. Se piensa que murió en esa ciudad, rico, descansado y recordando el resoplido de sus caballos. Dejó dos hijos, chico y chica, Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia, que dedicaron a su padre una estatua (desaparecida) en el templo de Fortuna, en cuya base se puso la segunda estela que nos ha llegado de Diocles. Un texto mucho más corto, pero más personal:

“C(AIO) APPVLEIO DIOCLI
AGITATORI PRIMO FACT(IONE)
RVSSAT(O) NATIONE HISPANO
FORTVNAE PRIMIGENIAE
D(onVm) D(edit)
C(aius) APPVLEIVS NYMPHIDIANVS
ET NYMPHYDIA FILII

Que viene a decir: "Presente ofrecido a Fortuna Primigenia de parte de Cayo Apuleyo Diocles, el primer auriga del equipo rojo, hispano de nación. Sus hijos Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia”

Que mejor diosa a la que ofrecer su estatua que la diosa de la suerte, a la que debía tanto.






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