miércoles, 7 de enero de 2015

Julio Terencio, oficial de Palmira



 En el siglo III, en una ciudad a orillas del Eúfrates, vivía un oficial de caballería, con nombre romano, pero nacido en la exótica Palmira. Una vez mandó pintar una pared de un templo, donde se representó a sí mismo y a sus hombres haciendo un sacrificio a los dioses. No sirvió de mucho. Pocos años después estarían la mayoría muertos, víctimas de una batalla olvidada entre tantas que hubo en la frontera del imperio.
  Pero hagamos una pequeña presentación del lugar.
Tras la muerte de Alejandro y la guerra entre sus generales por repartirse su imperio, surgieron nuevos reinos en Oriente Próximo. Entre ellos, el imperio de Seleuco, general de rango medio de Alejandro, pero espabilado intrigante y hábil ambicioso, que se labró su propio reino en el vacío que fueron dejando los generales de mayor rango según se iban matando alegremente.
El centro de su reino era la actual Siria, aunque abarcaba más territorios hacia el Este, en la profundidad de Asia. Para facilitar las comunicaciones y a la vez defenderlas, Seleuco decidió construir una fortaleza en las orillas del Eúfrates, en una altura cerca de un vado, rodeada de tierras fecundas, y la llamó Europos, que era el pequeño lugar de Macedonia donde había nacido (parece que Seleuco era un poco sentimental). El añadido "Dura" proviene del prefijo semítico "Dur", con el significado de "fortaleza". Estamos por el año 300 a.C.

Dura-Europos nunca la llamaron así sus habitantes. Es un nombre dado por los arqueólogos. Los lugareños la llamaban simplemente "Dura" y se convirtió en poco tiempo en una gran ciudad, de importancia estratégica en el imperio de Seleuco y su descendientes. Se volvió un lugar cosmopolita, donde se hablaban varias lenguas, aunque el griego predominaba, y lugar de culto de religiones de todo origen. Por su calles cruzaban caravanas de lugares distantes, se vendían productos de medio mundo y paseaban los soldados del importante contingente que la defendía, porque nunca perdió su carácter de fortaleza: sus altas y anchas murallas lo dejaban muy claro.

En el siglo II a.C. cayó en poder los partos, el nuevo imperio del Este que asomaba sus narices por occidente. Para sus habitantes no fue un cambio radical. Ahora los soldados que paseaban por su calles tenían otras pintas y había dioses nuevos en el panteón local, pero Dura-Europos siguió floreciendo como gran ciudad de paso.
Los romanos llegaron en el siglo I a.c., pero como vecinos. Ni Pompeyo ni César la llegaron a conquistar, Dura siguió siendo una plaza parta que se benefició del comercio fronterizo con el gran imperio romano. Además, estableció una lucrativa relación con la ciudad de Palmira, 220 km más al sur, y centro de las caravanas que comerciaban entre el Mediterráneo y el resto de Asia. Los mercaderes de Palmira se instalaron en la ciudad y construyeron templos en honor de sus dioses. Poco a poco se convirtieron en la comunidad más influyente.

Llegamos al siglo II d.C., cuando Trajano ocupa la ciudad durante un tiempo, poseído de sus sueños imperiales, pero no será hasta Marco Aurelio, en el año 165, cuando las legiones romanas toman de forma más firme la ciudad estratégica y su rico territorio agrícola.
No parece que este nuevo cambio de dueños afectara a la ciudad: Los palmiranos siguieron siendo la comunidad más rica, los templos continuaron siendo adornados con pinturas, las caravanas pasaban y paseaban por sus calles, los olores de las especias inundaban las esquinas... pero algo sí había cambiado: La ciudad se militarizó con nuevos cuarteles y los textos hallados nos hablan de destacamentos de diferentes fuerzas legionarias y tropas auxiliares en la ciudad. Había cambiado de dueño, pero el antiguo parecía que seguía reclamando sus derechos, y estaba muy cerca. En tiempos del último de los Severos (222-235), Dura-Europos era una ciudad más militar que mercantil. Una verdadera fortaleza.


En ella, por estos años, tenía su centro la unidad de la que más textos y restos se han conservado del mundo antiguo: La Cohors XX Palmyrenorum.
Su oficial en jefe era Julio Terencio.
Para hablar de él y su cohorte sigo la tesis doctoral de Jacquiline Austin "Writers and Writing in the roman army at Dura-Europos", que es todo un compendio de lo que sabemos de este grupo y su jefe.
La Cohors XX estaba formada, como su nombre indica, por palmiranos. Aunque seguramente tenía reclutas de la comarca, como solía pasar en muchas unidades.

 Palmira era fiel aliada de Roma, así como de cualquiera que pudiese dominar sus rutas comerciales, por lo que es probable que en tiempos de la dominación de los partos también hubiese militares palmiranos en Dura. Puede que la misma unidad, que luego los romanos añadieron a su ejército. Así que simplemente habían cambiado de jefe. El número XX no significa que hubiese otras 19 cohortes de Palmira por el mundo, sino que era la cohorte número 20 reclutada en la provincia de Siria y formada por palmiranos. Pero lo único cierto es que el primer texto claro que la menciona en Dura es del año 208. Aunque existen menciones anteriores, de finales del siglo II, sobre dedicatorias a dioses de Palmira por "los arqueros".
Porque la Cohors XX era una unidad con arqueros montados. En aquella época, los sirios y, en especial, los palmiranos, eran conocidos por sus habilidades con el arco y sus buenos exploradores. Habilidades muy útiles para los romanos en terrenos desérticos a la hora de proteger las caravanas y las vias de comunicación.

 La XX era una unidad grande, de cerca de 1000 hombres, y en la terminología romana era una cohors equitata, mixta de caballería e infantería. Aunque también tenía una sección de camellos, como otras unidades auxiliares de la zona.
Es claro que su cuartel principal estaba en Dura, aunque por los papiros de informes hallados, es evidente que también tenía destacamentos de jinetes y soldados en varios lugares, vigilando las rutas a Palmira. También por estos textos, sabemos que era considerada una unidad de élite, pues enviaba jinetes para servir como "singulares" del gobernador de Siria, o sea, la XX le proveía de su guardia personal, un símbolo de status en el ejército.
La cohors fue siempre dirigida por un tribuno, como Julio Terencio. Este oficial era la máxima autoridad militar de la ciudad y se carteaba directamente con el gobernador provincial. No tenía a nadie más por encima, a ningún otro mando superior. Otra indicación de la importancia de la Cohors XX en el entremado militar provincial y, por supuesto, en la ciudad.

 Julio Terencio, pese su nombre romano de toda la vida, seguramente era de origen palmireno o sirio. La mayoría de los miembros de la cohors eran palmirenos en un principio, aunque según se asentaron en Dura el reclutamiento local debió ser predominante, como pasaba en todas las unidades romanas. Sin embargo, su relativa cercanía a la Palmira de sus orígenes permitió que la presencia de palmirenos siempre fuese constante en la cohors que llevaba su nombre.
En la pintura que nos dejó, de alrededor del año 230, Julio se nos muestra en una pinta realista, quitando el aumento de altura con respecto a los que lo rodean, algo típico de las figuras jerárquicas en oriente. Es un hombre de mediana edad, con marcadas entradas, casi calvo. Al ser tribuno, debe tener el rango social de équite, un grupo social que va a ser determinante en este siglo III de turbulencias. En la crisis de poder que surgirá pocos años después, los militares équites competirán con la clase senatorial y la sustituirán, algo impensable en el siglo anterior, y de ellos surgirán las siguientes dinastías de emperadores.
Pero esto queda todavía muy lejos de Julio Terencio. No sabemos cuánto tiempo llevaba de tribuno, eran oficiales que solían cambiar de mando varias veces en su vida militar. Pero en este caso, Julio estará en el cargo de tribuno de la XX hasta su muerte, alrededor del año 238.

 Podemos imaginarnos un día normal de su vida en Dura: Vivía fuera del cuartel, en una casa de notables dimensiones. Sabemos que tenía una mujer, llamada Arria, pero no hay mención a hijos. Al amanecer, acompañado seguramente de una escolta, iría al cuartel, que estaba situado intramuros y rodeado de su propia muralla, en una posición dominante sobre el resto de la ciudad. Tenía la mitad de tamaño que un campamento legionario, por lo que ocupaba unas diez hectáreas.
En los "principia", el amplio espacio frente al praetorium (la oficina de Julio), que hacía funciones de centro de asambleas del cuartel, sus hombres estarían ya en formación, esperando para la ceremonia de cada mañana, que consistía en la renovación de su juramento y un voto por la salud del emperador. Después del rito, se daba la lista de los soldados encargados ese día de custodiar los estandartes de la cohors y, finalmente, cada uno iría a sus tareas.
A estas alturas de la historia de Roma, ya no había diferencia entre soldados auxiliares y legionarios romanos. Todos eran romanos y se comportaban como en cualquier legión. Eso significaba mucho papeleo para Julio Terencio, como demuestra la cantidad de documentos encontrados en las excavaciones: informes matutinos, traslados, peticiones, órdenes, pagas, permisos, listas y más listas... la burocracia es tan vieja como la civilización y Julio era su máximo representante en Dura.
Además, a los hombres hay que tenerlos ocupados y el papeleo es un recurso estupendo. Julio tiene a un buen puñado de soldados trabajando como auxiliares administrativos, que tienen un status superior al soldado normal y, por tanto, más paga. Los dirige el cornicularius, suboficial salido de la tropa y encargado de las diferentes oficinas de administración. Aparte, o quizá bajo su mando, está el actuarius, que era el contable que se encargaba de las pagas y la contabilidad. Por debajo de ellos, estaban los librarii, copistas de documentos y asistentes. Había dos librarii por centuria, por lo menos; a veces, hasta cinco. Lo que da una idea del papeleo que movía la cohors y la gente que rodeaba a Julio en el Praetorium.
La lengua de la mayoría de los escritos oficiales del cuartel es el latin, de uso obligado en el ejército, pero es evidente que los soldados de la cohors XX apenas lo hablan más allá de un nivel básico y técnico. Sus graffiti encontrados por la ciudad y el mismo cuartel están en griego o en arameo. También se han encontrado cartas de los tribunos escritas en griego. aunque parece que el uso del latin y los nombres latinos era para los oficiales un símbolo de status, porque suelen diferenciarse en estelas y pinturas usando letras latinas. Así hará Julio en la pintura que lo retrató para la posteridad.

 Siguiendo con el día de Julio, después de leer o escuchar el informe matutino que le daban todos los días, dar unas cuantas órdenes para sentirse realizado y firmar muchos papeles, se daría una vuelta por el campamento. Los oficiales tenían que hacerse ver y ser facilmente reconocibles por sus hombres. Así que es probable que supervisase la llegada de los reclutas y echase un vistazo a la instrucción diaria en el campo de maniobras. Los jinetes arqueros, al igual que los soldados, debían practicar de forma continua para no perder habilidades y es probable que hubiese competiciones de forma regular. Seguro que Terencio haría alguna que otra demostración que, fuera cual fuera su resultado, levantaría los aplausos de sus subordinados.
Luego, Terencio haría lo que todos los oficiales a lo largo de la historia cuando no están en guerra: en vez de matar enemigos, matan el tiempo hasta volver a casa. Quizá hiciese visitas a los oficiales de otros destacamentos de la ciudad. Pues sabemos que hubo varios en determinados momentos de su tribunado, cuando la frontera estuvo caliente, como la Cohors II Ulpia y destacamentos de la Legio III Cyrenaica, que también nos han dejado textos semejantes a los de la XX.
Puede ser, que por curiosidad, le diera por visitar en alguna ocasión la sinagoga judía...o la iglesia cristiana. Porque había una en la cosmopolita Dura. En principio una casa particular, levantada a comienzos del siglo III y que fue adaptada al culto cristiano hacia el 232, por la época de Julio Terencio. El baptisterio era la única habitación decorada con pinturas de carácter decorativo; las columnas imitaban mármoles; un arco estaba decorado con motivos florales y con frutos; en la pared del fondo del naos se encontraba la imagen del Buen Pastor  otras pinturas representaban a Adán y a Eva, al árbol del paraíso y a la serpiente. Debían parecerle pinturas muy extrañas a Terencio.
Es probable que alguna vez, quizá una al mes, visitase destacamentos de los cohors en las rutas de las cercanías. No dejaba de ser una variante de la rutina diaria.
También sabemos que visitaba templos y hacía donaciones. El templo llamado de "los dioses de Palmira" está adornado con la pintura que lo ha traído hasta nosotros. En ella se representa con la cohorte al completo formada a sus espaldas, en una ceremonia de ofrenda a los dioses, que van vestidos como altos oficiales romanos, o quizá sea un sacrificio en honor de los emperadores.

La pintura de Terencio y sus soldados al completo


Bueno, eso da igual. Es una imagen que nos choca con la idea que tenemos de la vestimenta de los soldados romanos. Terencio lleva una capa blanca con flecos, en contraste con las capas más oscuras y apagadas que llevan todos los demás. Ninguno de ellos está provisto de armadura (aunque los cascos, la coraza y los escudos se utilizaban en la batalla) y llevan pantalones estrechos, zapatos cerrados en vez de sandalias y túnicas blancas de manga larga. Las túnicas llevan un reborde rojo, y Terencio y la primera fila, probablemente oficiales, llevan dos brazaletes o líneas de color en cada manga.
No se parece demasiado a la clásica imagen del soldado romano que todos tenemos ¿verdad?, pero no es una costumbre "palmirana", tal tipo de uniforme era normal en el ejército de ese periodo, e incluso la apariencia de los emperadores se ajustaba a ese estilo.

Reconstrucción de palmiranos de la XX

Sin embargo, la tranquila y amena rutina de Terencio fue un día trastocada por rumores de guerra. La nueva dinastía en el Este, los persas sasánidas, comandados por el rey Sapor, querían justificar su condición de usurpadores con una invasión sobre el odiado enemigo romano. Capturar la ciudad de Dura, importante nudo de comunicaciones, era uno de los primeros objetivos, y a la cohors XX le tocó defenderla.
Sabemos que pasó por los restos hallados y la inscripción que Arria, su mujer, dejó en la pared de su casa. No sabemos donde pasó, pero debió ser cerca de Dura por el año 238. Los persas se acercarón a la ciudad y Terencio murió en la batalla que les presentó dirigiendo a su cohors, junto a él cayeron más de cien de sus hombres, según los documentos que nos han llegado.
Pero los persas no tomaron la ciudad.
Según Arria, en su texto, cuidadosamente pintado en griego, Terencio, su «amado esposo», había sido un hombre «valiente en las campañas y poderoso en las guerras». Murió defendiendo su destacamento y dando ejemplo. Como debía hacerlo un oficial romano.
No sabemos que fue de Arria, su mujer, y su probable familia. Pero Dura no resistió muchos años más. Por el año 256 fue tomada por los persas y destruida, no ocupada. No volvió a levantarse. Ammiano Marcelino nos cuenta que, 107 años más tarde, el emperador Juliano vio sus ruinas desiertas, mientras avanzaba en la expedición que lo llevaría a la muerte.
La Cohors XX Palmyrenonum pereció también con la ciudad que era su sede, aunque el último documento que nos llega de ella es del 251. Por lo que hay teorías que defienden que fue destruida años antes que la ciudad. Quiza en la batalla de Barbalisos en 253 y por eso luego la ciudad pudo ser tomada tras un duro asalto a sus muros.

Vista del Eúfrates desde la ciudadela

La destrucción de Dura y su abandono puede parecer una desgracia, pero para nosotros fue todo un golpe de buena suerte. Gracias a su abandono y olvido, las secas condiciones climáticas y la casualidad de no ser reconstruida, se pudieron conservar bastante bien los restos de la ciudad. Hasta un grado que hizo que el historiador Rostovtzeff la llamase la "Pompeya del Este".
Destacan los centenares de textos del archivo de la cohors hallados en un alto grado de conservación, desde los cuales podemos reconstruir el día a día de los soldados de Julio Terencio.
Así como las pinturas de los templos y la variedad de grafittis desperdigados por la ciudad, donde las casas y muros conservan todavía una notable altura. Dura sobrevivió, pese a su destrucción, mejor que cualquier otra ciudad de la época, incluida su aliada Palmira.
Así fue como la pintura del "templo de los dioses palmiranos" sobrevivió al desgaste de los siglos hasta llegar a nosotros, para seguir mostrando la escena de una mañana, hace mucho tiempo, cuando un grupo de soldados, dirigidos por un tribuno palmirano, celebraba una ceremonia con sus trajes de gala.

2 comentarios:

  1. Beijinhos Alejandro
    Ja descubri a tua pagina. Agora ando a le-la com ajuda do meu dicionario Portugues-Ingles! (Eu sei, es Espanhol).
    Jacqueline Austin.

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