martes, 26 de agosto de 2014

Memnón de Rodas, el rival de Alejandro








Peter Cushing haciendo de Memnón



Si hubo alguien que pudo cortar el camino de Alejandro Magno a la leyenda de la Historia, fue Memnón de Rodas, que una vez fue huésped del padre del macedonio, y es muy probable que en las frías noches de Pella, la capital macedonia, junto a un fuego acogedor, hubiese contado sus batallitas a aquel principito tan despierto, que de mayor sería su más peligroso rival.
Pero vayamos por orden.
 Memnón está muy unido a la figura de su hermano, Méntor, que le llevaba cinco años. Eran de una familia rodia de buena posición. Su padre, Timócrates, había sido un rico mercader al servicio de los persas, que había trabajado como su "enviado especial" a Grecia en 395 a.C., repartiendo dinero por todas las ciudades a diestro y siniestro para que se sublevasen contra la supremacía espartana. Asunto en el que tuvo gran éxito.

Pero su hijo mayor, Méntor, poco dado a la diplomacia, se labraría una reconocida y rápida fama de jefe de mercenarios en el convulso siglo IV a.C. Fama que, gracias a las conexiones de su padre, lo había llevado a ser el jefe militar del sátrapa persa de Frigia, Artabazo, antes de cumplir los treinta.

Este Artabazo resultó ser un sátrapa ambicioso, con aires de grandeza, que decidió rebelarse contra el Gran Rey de Persia en 358 a.c. Por lo que Méntor se vio en la tarea de reclutar un ejército de mercenarios griegos con los que cumplir los grandes deseos de su jefe. Como parece que Méntor solo se fiaba de la familia, pidió la colaboración de su hermano Memnón, que a la edad de 22 años entra en la historia como lugarteniente enchufado de su hermanito mayor.

A modo de alianza, para tener a los dos mercenarios bien seguros en su bando, el sátrapa Artabazo se casó con la hermana de los rodios, y Méntor, a su vez, se casó con la hija de Artabazo, llamada Barsine. Aunque este matrimonio no se consumó porque Barsine era todavía muy joven.
 Los dos hermanos rodios también recibieron tierras en la Tróade, la antigua región de Troya.


Territorios de Memnón



Se las veían muy felices los dos hermanos, convertidos en terratenientes de un lugar mítico y luchando por un pretendiente al trono persa. Estuvieron cuatro años dando caña a los ejércitos que enviaba el Gran Rey Artajerjes III contra el sátrapa rebelde, pero tampoco es que pudieran hacer mucho más que defenderse de forma continua de un enemigo testarudo que siempre les enviaba tropas que vencer.

Finalmente, llegó la derrota en 354 a.c. Bastó con perder una vez para esfumarse los sueños de grandeza. Ambos hermanos y su amigo el sátrapa Artabazo tuvieron que exiliarse al otro lado del Egeo para no sufrir la justa ira del Gran Rey.

Los acogió con honores en su corte Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro, fiel seguidor de la máxima que dice que el enemigo de mi enemigo es mi mejor amigo. Después de todo, eran unos comandantes experimentados, que conocían muy bien a los persas y sus provincias de Asia Menor.

Sin embargo, Méntor no aguantó mucho la vida de la corte, su carácter dinámico lo llevó a embarcarse a Egipto, que se había independizado de los persas y buscaba oficiales para su ejército. Pero Memnón permaneció varios años en la corte macedonia, donde es seguro que llegó a conocer a Aristóteles, el maestro contratado para educar a Alejandro, aparte de tratarse con el propio príncipe, su padre y otros personajes que llenarían con sus hechos y ambiciones las próximas décadas de la Historia. Este conocimiento del chaval y los macedonios en general le ayudaría mucho en años posteriores.

Mientras, Méntor tomó la ciudad de Sidón para sus nuevos jefes egipcios y permaneció en ella varios años como duro gobernador, hasta que ante sus murallas apareció todo el ejército del Gran Rey Artajerjes III... bastante cabreado, por cierto.

Así que, como experto mercenario que era, Méntor decidió que el contrato con los egipcios ya no valía la pena, por lo que abrió las puertas de Sidón al ejército persa, y le pidió el perdón al Gran Rey, en plan de buen rollito y olvidemos el pasado.

El Gran rey Artajerjes III no era tonto y en vez de darse el gusto de crucificar a semejante traidor, consideró que aquel mercenario, que se las había puesto tan difíciles durante años, sería un buen comandante para su ejército. De la noche a la mañana, Méntor pasó de mercenario de los egipcios a comandante de los persas. Sin perder el tiempo, invadió a sus antiguos jefes y los conquistó como quien friega la cocina.

El Gran Rey Artajerjes III, satisfecho del resultado, lo premió con la devolución de sus tierras en la Tróade y la comandancia de todos sus ejércitos de Asia Menor, por encima de los sátrapas locales. Es evidente que se fiaba menos de ellos que del griego traicionero.

Méntor, feliz en su nuevo puesto, llamó a su vera a Memnón y a su suegro, el ex-sátrapa Artabazo, que recibió también el perdón del Gran Rey, que parecía disfrutar en el papel de perdonavidas. En agradecimiento, lo primero que hizo Artabazo fue proporcionar al Gran Rey información valiosísima acerca de los planes de invasión de Filipo, que ocurriría tan pronto como hubiera sometido a las ciudades griegas.

Dos años después, en el 340 a.C., murió Méntor, a los 45 años y tras una vida ejemplar de traiciones.

Memnón heredó sus tierras en la Tróade y se casó con su cuñada Barsine. Pero, para su decepción,como  no heredó el cargo de su difunto hermano. El Gran Rey Artajerjes III no lo consideró con la suficiente experiencia, como tampoco sus dos breves sucesores, Artajerjes IV y Darío III.

Llegamos al 336 a.C., cuando Filipo envía a su fiel y experimentado general Parmenión a abrir camino para la invasión del Imperio Persa.

 Los sátrapas locales deciden seguir los consejos de Memnón, al que ahora sí que el Gran Rey, viendo el peligro, nombra jefe de sus ejércitos por su "coraje excepcional y entendimiento estratégico", según Diodoro. Aunque no es el jefe supremo, pues seguía dependiendo de los sátrapas locales.

Memnón conocía bien a su enemigo de su estancia en la corte macedonia. Parmenión era un buen comandante pero no un estratega. Pronto ve cortadas sus líneas de suministro y es acosado hasta ser finalmente vencido en Magnesia, quedando aislado en el noroeste de la actual Turquía, como un turista sin mapa.

Allí seguía, rumiando rencores, cuando Alejandro, ya rey y dueño de Grecia, invade Asia en 334 a.C. y se junta con él.

La posteridad suele equivocarse por exageración. No entiende que los personajes que encumbra no fuesen admirados de igual manera durante la época de su vida. La oposición a Alejandro le parece un error continuo de gente de pocas miras, un no querer aceptar lo inevitable de su genio conquistador. No se da cuenta de la fortuna que acompañó a Alejandro.

Memnón conoce desde niño al chaval y se da cuenta de que el problema es serio, pero no más que cualquier otro intento de invasión. El ejército macedonio es ahora grande, experimentado y, sobre todo, bien dirigido. Pero no es invencible. Aconseja a los sátrapas locales una guerra de tierra quemada evitando la confrontación y utilizar la flota persa para llevar la guerra a Macedonia a través del Egeo. Así se cortarían las líneas de suministro del enemigo. Considera que de esta manera Alejandro se verá obligado a volver o a quedarse, como Parmenión, tomando el sol en una esquina.

Es una idea muy buena y factible, pero los sátrapas persas se negaron en redondo. Seguramente pensaron que la estrategia de tierra quemada les arruinaba los ingresos y además el no responder con batalla ante una invasión los mostraría como débiles ante el Gran Rey y, sobre todo, ante sus propias súbditos, que podían pasarse al macedonio.

Deciden presentar batalla. Todos sabemos como acabó el asunto: Alejandro aplasta en el río Gránico a los persas. Memnón se escapó por los pelos del campo de batalla.


   
Alejandro, muy chulo, cruzando el Gránico.



El Gran Rey Darío III, informado de la derrota, comprendió que la estrategia propuesta por Memnón era la mejor, así que lo nombró, por fin, comandante supremo de las fuerzas persas y ordenó a la flota salir al Egeo a montar lío a los macedonios.

Memnón decidió frenar a Alejandro en Halicarnaso, un importante puerto que el macedonio debía tomar antes de meterse al interior. Llenó la ciudad de suministros, fortificó el puerto, aumentó la anchura de la muralla y la profundidad de su foso. Luego se limitó a esperar. El primer ataque de los macedonios fracasa a lo grande. Un segundo ataque con armas de asedio también, porque una salida de Memnón y sus hombres incendia las torres y arietes macedonios.

Alejandro decide seguir el manual y dejarse de momentos épicos: a derribar los muros y abrir una brecha antes de otro ataque. Pasan los días, los arietes macedonios golpean la muralla, con rutina de termitas, hasta derrumbarla... y detrás se encuentran otra muralla.



Macedonio cabreado ante Halicarnaso



Alejandro ya está muy cabreado. No le gusta quedarse parado tanto tiempo, pues la gloria lo espera en Asia y el invierno se acerca. Así que insiste con sus máquinas sobre el segundo muro hasta que lo derriba tras varios días de golpeteo incesante. Memnón decide entonces evacuar la ciudad con su flota por la noche, antes del ataque final, y sin apenas pérdidas en su ejército.

Se puede considerar una victoria persa: Ha retrasado a Alejandro lo suficiente como para frenarlo hasta la primavera. El Gran Rey tendrá más tiempo para organizar uno de esos grandes ejércitos con los que Persia frena a sus enemigos.

Llega la primavera del 333 a.C. Memnón decide ser el primero en atacar. Con su flota a toda vela y los remos echando chispas entra en el Egeo y toma la isla de Quíos. Luego desembarca en Lesbos y toma toda la isla menos la capital, Mitilene, que pone bajo asedio. El camino a los Dardanelos y el Bósforo, lugar por donde cruzan los refuerzos macedonios, está a su alcance. No tiene rival en el mar.

Su plan funciona: Los espartanos se interesan por tratar con Memnón una posible sublevación contra los macedonios. En Atenas, la lengua melosa de Demóstenes empieza a contar bondades y maravillas sobre Memnón, el rodio liberador, la esperanza de Grecia y bla, bla, bla.



La flota de Memnón en plena siesta



Alejandro no se mueve, no sabe si volver o seguir avanzando hacia oriente. Ya no tiene la iniciativa. Los informes que le llegan de Grecia son cada día más preocupantes. La gloria se le escapa de los dedos. 

Pero aparte de joven y guapo, el rey macedonio tenía la suerte sentada a su lado y haciéndole mimitos. En Junio de 333 a.C, a punto de sublevarse media Grecia bajo sus órdenes, con el Egeo en sus manos, Memnón muere de enfermedad ante los muros de Mitilene, a la edad de 47 años.

Sin su fuerte dirección, la flota persa logra la rendición de Mitilene, pero no avanza hacia los Dardanelos. Vuelven las dudas y la falta de mando. Los espartanos y atenienses reculan de su idea de rebelarse. Muerto el rodio, regresa el miedo al macedonio .

Plutarco nos dice que, tan pronto se enteró Alejandro de la muerte de Memnón, anunció que ya no había ningún obstáculo a su avance hacia Asia y volvió a emprender la marcha hacia la gloria. Una prueba de la alta consideración en que tenía a Memnón.

Su posterior victoria en Issos obligaría a la flota persa a desaparecer del Egeo y... bueno, lo demás es historia sabida por todos.

Si la diosa Fortuna no se hubiese llevado a Memnón al otro mundo aquel verano del 333 a.C., quizá la historia de Alejandro tuviese un desarrollo menos legendario o puede que ninguno en absoluto. La posteridad se quedaría sin uno de sus mitos más evocadores.

Siempre quedará la duda de lo que Memnón pudo haber significado si hubiese vivido unos meses más. Pero al final, como todo en la vida, cualquier plan meditado es una cuestión de pura suerte.

Y todos sabemos que Alejandro Magno fue un hombre muy afortunado.

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