martes, 22 de mayo de 2018

Aureliano, o los peligros de ser un héroe (II)


Mientras los medios de comunicación nos muestran a diario las miserias de nuestros dirigentes, incluso las de aquellos que se postulan como paladines de la honradez y la justicia, muchos se preguntan; ¿no habrá un líder no solo auténticamente honesto, si no con el valor de enfrentarse a tanto oportunista y sinvergüenza? ¿Queda algún verdadero héroe? Quizás para consolarnos, los estudios de cine nos ofrecen una interminable sucesión de héroes e incluso superhéroes de ficción, un genero por el que, lo reconozco, nunca he sentido la menor inclinación. El único superhéroe que logró despertar mi simpatía fue ese Super Man que ahogaba sus penas en güisqui en un bar de mala muerte y al que, para colmo, el resto de los parroquianos terminaba propinando una soberana paliza. Eso no significa que no hayan existido campeones del valor y la honradez, genuinos héroes, si bien siempre fueron rara avis. En alguna otra ocasión  ya os hemos hablado de ellos, y ahora os presentamos a otro de sus ejemplos más destacados. 
Aureliano 


Lucio Domicio Aureliano nació en algún lugar de la actual Serbia, hijo de una modesta familia de agricultores arrendatarios de un senador romano llamado Aurelio, de ahí su nombre. Como lo de destripar terrones no le atraía mucho buscó la única salida que el Imperio ofrecía a los jóvenes de tan humilde condición, la milicia, e ingresó en las legiones a la edad de 20 años. Su valor y su inteligencia no tardaron en permitirle escalar rangos, hasta llegar a tribuno. En ese puesto su desempeño fue, al parecer, verdaderamente heroico. Sus hombres, para distinguirlo de otro tribuno del mismo nombre, lo apodaron “Mano a la espada”. Se cuenta de él que en un solo día mató personalmente en combate a cuarenta y ocho sármatas, y a más de mil en toda la campaña contra ese pueblo a lo largo del Danubio. Los soldados inventaron una canción alabando su hazaña, que, al parecer repitió un tiempo después contra los francos en el Rin. En cuanto a su honradez, llegó a ser legendaria, y no solo la practicaba él, si no que obligó a hacerlo a todos sus soldados. Castigaba cualquier hurto o abuso a los civiles, y a aquellos que protestaban por considerarlo demasiado riguroso les contestó que si querían botín, debían arrebatárselo al enemigo. A un legionario hallado culpable de violación hizo que lo descuartizaran vivo, atándolo entre dos árboles doblados hasta el suelo. Esta forma de proceder habría acortado considerablemente la esperanza de vida de cualquier otro oficial, pero no parece que a “Mano a la espada” le acarrease demasiados problemas. 

Su ascenso le llevó hasta las proximidades del poder imperial de la mano de Marco Aurelio Valerio Claudio, en aquel momento principal general del emperador Galieno. Cuando Galieno fue asesinado (el papel de Claudio y del propio Aureliano en su muerte nunca quedó aclarado, pero al parecer el finiquitado emperador no comulgaba con el rigorismo disciplinario de sus dos subordinados) Claudio subió al trono como Claudio II, y Aureliano se convirtió en su jefe de caballería, un puesto que equivalía al de segundo en el mando. No defraudó en el desempeño de esta labor, y su caballería fue decisiva en las victoriosas campañas de Claudio. Durante una de ellas, contra los godos en las proximidades del Danubio, Claudio enfermó, dejando el mando del ejercito a Aureliano. Este continuó hasta derrotar a los godos, pero, en lugar de exterminarlos, decidió integrarlos en el imperio, algo que sería la marca de su reinado. Poco después Claudio moría y las tropas, como era de esperar, proclamaron a Aureliano emperador, pero en Roma el senado que seguía sin comprender que su momento en la historia había pasado, no tuvo mejor idea que escoger a uno de los suyos para el trono. Ni que decir tiene que no duró mucho frente a “Mano a la espada”. Como siempre, los bárbaros aprovecharon el enésimo conflicto interno del imperio para atacar las fronteras, tanto en el Danubio como en la propia Italia a través de los Alpes. Esta última invasión fue tan peligrosa que Aureliano, en previsión de situaciones similares, ordenó construir una muralla alrededor de Roma. La muralla Aureliana. 
Muralla Aureliana

Los retos del nuevo emperador eran inmensos. A la continua presión sobre las fronteras se sumaba la escisión del imperio de una buena parte de sus territorios, en occidente el llamado “Imperio Galo” se negaba a reconocer la autoridad de Roma, y en oriente el Reino de Palmira ocultaba bajo una supuesta autonomía una independencia efectiva. Además, la corrupción y el desánimo alcanzaban ya todos los aspectos de la sociedad. Aureliano decidió afrontar primero este problema e inició una serie de reformas en la administración, la agricultura, la economía e incluso la religión, que contribuyeron a sacar del colapso a estos sectores y a que se superara la crisis del siglo III. En el aspecto religioso impulsó el culto al Sol Invictus, ya que consideraba necesario para superar la crisis moral que toda la población creyese en una misma divinidad y sistema de valores, aunque sin renunciar a otros dioses ni mucho menos perseguirlos. En este sentido, cuando la iglesia cristiana se esforzó en reescribir la historia según sus gustos y necesidades, al no poder achacar a Aureliano ninguna masacre pese a haber impulsado un culto diferente al suyo, llegaron a afirmar que “sin duda habría perseguido a los cristianos de haber permanecido más tiempo en el trono”. Dado que se sabe que los cristianos de Antioquía le pidieron que sirviera de mediador en una serie de disputas internas por cuestiones de “herejías”, no parece que sus contemporáneos tuvieran esa visión de él. Aureliano, por su parte, era seguidor de Apolonio de Tiana, un filósofo-profeta muy influyente en los siglos II y III y luego relegado al olvido, junto con sus doctrinas, tras el triunfo del cristianismo. Fue este filosofo el que se le apareció en sueños y le aconsejó: “Si deseas gobernar; no derrames sangre inocente. Si deseas conquistar; sé misericordioso”. 

Fue la lucha contra la corrupción la que le aportó sus mayores sinsabores. Al impulsar una reforma monetaria que devolviera a la moneda romana un mínimo de prestigio, descubrió que los responsables de la ceca de Roma robaban sistemáticamente parte de la plata que se les entregaba para las acuñaciones. Llevó entonces al responsable de la misma, un tal Felicísimo, a juicio, y este, en colaboración con muchos senadores tan corruptos como él,y de sus subordinados que también habían colaborado en los robos y temían ser los siguiente procesados, aprovechó el descontento popular a causa de la escasez de grano ocasionado por haber cortado la reina Zenobia de Palmira el suministro desde Egipto, para provocar una gigantesca revuelta, azuzando a la plebe con la promesa de repartos gratuitos de alimento en cuanto se libraran de los soldados, a los que echaban la culpa de todos los males de la ciudad. La revuelta logró ser sofocada, pero a costa de miles de muertos y, entre otras medidas, Aureliano cerró la ceca central de Roma y traspasó su actividad a diversas casas de acuñación provinciales, con lo cual la capital perdió uno de los últimos resortes de poder real que le quedaban. 

Respecto a las rebeliones territoriales, estas habían sido iniciadas por la negativa a de los ejércitos acantonados en las fronteras y cada vez más identificados con las población locales y menos con Roma o el Imperio, a abandonarlas para acudir a luchar a otros lugares, dejando a sus habitantes a merced de los saqueadores e invasores bárbaros. Aureliano, que también era un soldado, comprendía su postura, e intentó llegar a un acuerdo con ellos, incluso nombró al hijo de Zenobia “co-emperador”, pero después de que la reina de Palmira se apoderara de Egipto y cortara el suministro de grano a Roma, se vio obligado a actuar. Su avance por Asia fue rapidísimo, gracias, sobre todo, a su fama militar y a su política de reconciliación. Las ciudades y los ejércitos que se habían pasado al bando de Zenobia sabía que serían perdonados si regresaban a la obediencia imperial, lo que la mayoría hicieron. Eso sí, si después volvían a sublevarse, Aureliano era implacable, como pudo experimentar la propia Palmira tras revelarse por segunda vez. Zenobia y su hijo fueron capturados y enviados a Roma. En cuanto al “Imperio Galo”, su “emperador”, Tétrico (vaya nombre para un Super Villano) nombrado por las tropas sublevadas y que se sentía más un rehén de estas que otra cosa, llegó a un acuerdo secreto con Aureliano, al igual que parte de sus hombres, con lo cual el enfrentamiento subsiguiente tuvo un resultado claro. Tétrico, Zenobia y su hijo fueron obligados a desfilar en el triunfo de Aureliano por las calles de Roma, pero luego no ordenó ejecutarlos. Incluso se sabe que Tétrico se reincorporó a la administración, llegando a ser gobernador del sur de Italia. 
Moneda de Zenobia con el título de augusta en el anverso y la diosa Juno en el reverso junto a la leyenda "regina", reina.

El Senado proclamó a Aureliano “Restaurador del Mundo”. Con el imperio reunificado y sus fuerzas considerablemente reforzadas al haberles sumado la mayoría de las de sus enemigos en vez de exterminarlos, decidió que era necesario pasar a la ofensiva, y preparó una campaña contra los sasánidas. Pero uno de sus secretarios descubrió que los chanchullos a los que se dedicaba habían sido descubiertos por el emperador. Este había demostrado ser implacable contra la corrupción, castigando por igual a los culpables ya fueran soldados, oficiales, funcionarios o senadores, incluso familiares suyos, por lo que no podía esperar ningún trato especial. Decidido a salvarse, falsificó un documento con los nombres de altos mandos del ejército y la Guardia Pretoriana según él acusados también por el emperador. Algunos eran inocentes, pero otros en efecto eran culpables de corrupción, lo que dio credibilidad a su artimaña. Unidos por el temor, se pusieron de acuerdo para asesinarlo, y como tampoco se atrevían a enfrentarse a “Mano a la Espada” pese a que este había pasado ya de los sesenta años, aprovecharon que durante una salida de exploración se había agachado a beber agua de un arroyo para atacarlo por la espalda y acabar con él. El Senado, que nunca le había perdonado el que se atreviese a castigar a sus miembros como a cualquier otro ciudadano, aprovechó para declarar contra él una damnatio memoriae, intentando borrar incluso su recuerdo, pero ante la presión del ejército se vieron obligados a recular y divinizarlo.
Aureliano en el momento de comprender qué les sucedía a sus guardaespaldas que se les veía tan raros.

Y así terminó otro valeroso, temible e incorruptible héroe.

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