viernes, 11 de marzo de 2016

En las antípodas de Augusto


Verano de 1936: los periódicos británicos hablan del estallido de la Guerra Civil en España. De forma simultánea a las noticias sobre el alzamiento militar, un historiador procedente de Nueva Zelanda pero afincado en Oxford comienza a trabajar en su proyecto más ambicioso. Este investigador está inquieto por el avance de los totalitarismos en diversas partes del planeta. Consciente de la amenaza que suponen estos movimientos, el joven, que responde al nombre de Ronald Syme, ha dejado de lado sus temas habituales de estudio para escribir un libro que llame la atención sobre el ascenso al poder de una de las figuras, en su opinión, más ambiciosas y oscuras de la Historia, que acabaría por subvertir el orden republicano… Octavio Augusto.


A los pocos años de su graduación, que obtuvo con excelentes notas, la carrera de Ronald Syme parecía orientada a la historia militar. Publicó su primer artículo en el Journal of Roman Studies, en 1928, al que siguieron muchos otros de la misma temática. Sin embargo los acontecimientos históricos truncaron esa vocación. La consolidación de regimenes fascistas en varios países hizo replantearse a Syme su trayectoria, si bien hubo un acontecimiento fundamental que explica el “giro symeano”, término que Gustavo García Vivas, doctor por la Universidad de La Laguna, ha acuñado en la tesis que ha dedicado a este periodo profesional de Syme.

El historiador neozelandés empieza a escribir en el mismo momento que en Moscú se redacta una nueva Constitución que consolidará el estalinismo con crueles purgas y la instauración de un periodo de terror de masas. “En un trabajo posterior, Syme señala la figura de Stalin como el desencadenante de su interés por mostrar el auge de Augusto y de sus partidarios”, explica García Vivas, quien opina que a la luz de lo que leía en los periódicos, el historiador probablemente se vio en la obligación de narrar un suceso histórico muy semejante: el ascenso del joven Octaviano.

En septiembre de 1939 se publica finalmente “La Revolución Romana”, cuya desfavorable semblanza del primer emperador levantó una gran polvareda. El estudio de ese “joven enfermizo y siniestro”, como le llega a definir, rompe con la visión positiva que gozaba Augusto en ese momento. Tres años antes, Wilhelm Weber había marcado con su “Princeps” las líneas maestras de la defensa del Principado. Dicha obra tuvo gran repercusión en numerosos historiadores alemanes e ingleses, que coincidieron en presentar al joven Octaviano como la salvación a casi un siglo de guerras civiles que habían debilitado gravemente a Roma.


Frente al 'corifeo' de alabanzas a Augusto (en palabras de Syme), “La Revolución Romana” recuerda que la paz requirió un abundante derramamiento de sangre, a través de proscripciones dictadas por el triunvirato Augusto-Lépido-Marco Antonio. Un triunvirato que, a la postre, devino en un pulso que polarizó a la sociedad.

La postura de Syme no es un ataque furibundo a la etapa del Principado, pues reconoce que el entramado administrativo creado por Augusto fue capaz de mantener el vigor del Imperio durante dos siglos. Sin embargo, eso no le impide criticar la calidad política y personal de una figura que, en cualquier caso, no se diferenciaba mucho de los jóvenes romanos de buena familia, a los que les inculcaban en aquella época la pasión por medrar a cualquier precio: “En el arte de la política, del disimulo, del gobierno, Augusto era un joven romano”, corrobora.

Ciertamente, la polémica visión de Syme no es novedosa, pues historiadores clásicos como Asinio Polión habían transmitido un discurso distinto de la visión oficial augustea. También Tácito, que tuvo acceso a muchas e importantes fuentes de la época, concluyó que el régimen impuesto por Augusto fue un mal menor, preferible a la anarquía de los 50 años anteriores o a la pérdida de la libertad.

Desde el punto de vista metodológico, “La Revolución Romana” consagra el enfoque elitista, que sería una constante en la trayectoria de Syme. En dicha obra, de hecho, se explicita el principio maestro de su interés por las clases acomodadas: “En todas las épocas, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno -monarquía, república o democracia-, una oligarquía se escondía detrás de la fachada”.

Tras la II Guerra Mundial, Syme consigue la Cátedra Candem de Historia Antigua de la Universidad de Oxford, que llevaba aparejada residencia y mantenimiento dentro de las instalaciones de la universidad. Sin otras distracciones que las relacionadas con las clases, el investigador puede concentrar su atención en el estudio de la clase dominante. Será inaccesible a las críticas que le tildaban de reduccionista. Ya en 1940, Arnaldo Momigliano ponía en tela de juicio las conclusiones de “La Revolución Romana”, por dejar fuera del ámbito de estudio aspectos como la religión, las artes o incluso la vida de los desposeídos.

Los ataques a su atención casi exclusiva por el poder y la lucha por hacerse con él fueron en aumento en los años siguientes. No en vano, durante la década de los 50-60 se afianzó la Escuela de los Annales, que hacía especial hincapié en los procesos y fenómenos sociales. Esta corriente nunca hizo mella en el veterano catedrático. Su colega Géza Alföldy le preguntó en una ocasión por qué eludía estudiar las clases populares. “Me aburren”, respondió lacónicamente el profesor.

No es muy conocida la pasión de Syme por la Literatura, que abarcaba desde los clásicos como Veleyo o Salustio hasta autores modernos. “Si no hubiese sido historiador probablemente se habría convertido en un erudito de la literatura francesa del siglo XIX, de la que era un gran entendido”, afirma García Vivas. Fruto de esas dos pasiones, la Historia y la Literatura, son dos importantes libros dedicados a Tácito y Salustio.


La trayectoria de Syme está estrechamente unida a Oxford

La hora de la jubilación forzosa llega en 1970 y supone un duro golpe para el profesor, que debe adaptarse a una vida fuera de los muros de la universidad a la que había dedicado medio siglo. Además se ve sustituido al frente de la cátedra de Candem por Peter Brunt, quien cambia su línea docente por otra más acorde con las nuevas corrientes metodológicas. Así, el estudio y comparación de las biografías de las clases dominantes -que ocupaba un lugar central en los trabajos del neozelandés-, cede su preeminencia a métodos que buscan datos en disciplinas como la arqueología, la demografía o la historia del arte, que Syme solía dejar de lado.

Pese a los cambios en su día a día, Syme continúa investigando y publicando artículos durante dos décadas más, hasta su fallecimiento en 1989, justo medio siglo después de “La Revolución Romana”. Curiosamente, ese fue el tiempo que tuvo que esperar el público español para leer la obra en castellano, en una traducción del profesor Antonio Blanco Freijeiro.

Pese a que algunas de las teorías de Syme parecen hoy anticuadas, su figura se ha convertido en un referente de la historiografía del siglo XX. Frente al distanciamiento que ha sufrido su figura en las últimas décadas, hoy varios proyectos se acercan a la obra y a la figura del neozelandés que resquebrajó la imagen ideal de Augusto y que tal día como hoy, en 1903, nacía justo en el lado opuesto al Imperio al que dedicó todas sus energías.

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