martes, 9 de diciembre de 2014

El caso de la pretendiente despechada. (La teja de El Villar)



«Los crímenes pequeños son objeto de persecución por perros y policías, los grandes son objeto de reverencia por los historiadores» 

Inauguramos esta sección sobre la “crónica negra” en el Mundo Antiguo con esta cita del recientemente fallecido historiador alemán Karlheiz Deschner, que tiene mucho de verdad, porque, realmente… ¿qué diferencia a un conquistador de un asesino de masas? ¿el número de víctimas?, ¿el éxito?, ¿la perspectiva de quien narra sus “hazañas”? 

Napoleón, por poner un ejemplo, fue responsable de la muerte de cientos de miles de hombres, mujeres y niños. De incontables daños materiales. Del sufrimiento de millones de personas de un extremo al otro de Europa, e incluso en África o América. Pero es un héroe reverenciado, cuyas carnicerías se conmemoran regularmente desde hace dos siglos. Sobre él se han escrito innumerables libros de historia, de novelas, se han rodado series de televisión, películas… Nadie se atrevería a incluirlo en una lista de psicópatas famosos. 

Sin embargo, los crímenes pequeños, ignorados y despreciados por la inmensa mayoría de los historiadores, tienen un atractivo fundamental: nos abren una ventana para ver cómo era la vida de la gente que los cometió o los sufrió. Gente corriente, que, de otra manera, jamás hubiera dejado recuerdo de su paso por este mundo. 

¿Cuánto de lo que sabemos acerca de las clases bajas de la Inglaterra de finales del siglo XIX no se lo debemos a la multitud de estudios realizados sobre “Jack el Destripador”? Si escribes “Ted Bundy” en tu buscador aparecerán cientos de miles de resultados, pero… ¿alguien ha oído hablar de ese compañero suyo de pupitre, buen ciudadano, atento esposo, abnegado padre y contribuyente modelo? 

Ya lo decía Alfred Hitchcock: «A todos nos gusta un buen crimen, siempre que no seamos la victima» 

Nuestro primer crimen ocurrió aquí, en Hispania, en la provincia de Lusitania para ser exactos, cerca de su capital, la Colonia Iulia Augusta Emerita –Mérida, para que nos entendamos–. Es justo en el Museo Nacional de Arte Romano de esa ciudad donde encontraremos la “pista” fundamental para resolver el “caso”: una teja plana de 52 por 44 centímetros, hallada en la localidad de Villafranca de los Barros (la pieza es propiedad del MAN, pero la última noticia que tengo es que estaba cedida al MNAR). 

Quienes hayan visitado el museo puede que no hayan reparado en ella; datada en el siglo III d. C. se encuentra dentro de una vitrina, junto con otros objetos cotidianos de esa época. 

Sobre una de sus caras se grabó un texto mientras la arcilla aún estaba fresca, antes de que fuera cocida. Se trata de la transcripción de una carta escrita en latín vulgar (ese que los expertos sudan tinta para traducir). La misiva la redactó el dueño de la finca, residente en otro lugar, quizás en la propia Mérida, quizás más lejos, y está destinada a los administradores. Contiene diversas instrucciones para el gobierno de la misma, y, probablemente, fue copiada en ese formato para que pudiera ser expuesta a la vista de todos. 

La traducción está sujeta a polémica, en ocasiones bastante agria, como por desgracia es habitual en este país cada vez que se produce una diferencia de opiniones. Yo, como no soy ni paleógrafo ni filólogo, he escogido la versión del texto más comúnmente aceptada. 

Entre otros asuntos, trata de la muerte, por agotamiento o accidente laboral, de una esclava embarazada. Esto supone un importante quebranto patrimonial para el propietario, que ha perdido a dos esclavos, y es responsabilidad del capataz, que debería haber sido más cuidadoso con los trabajos que encargaba a una mujer en ese estado. 

¿Pero se trata de una simple negligencia? Al parecer no, y, de alguna manera, la oscura historia que hay detrás de esa muerte ha llegado a los oídos del patrón. 

La víctima estaba embarazada del hombre al que amaba otra esclava, una tal Máxima, que no estaba dispuesta a aceptar la derrota con deportividad. Y pocas cosas hay en la naturaleza más temibles que la furia de algunas mujeres despechadas. 

Máxima no se limitó a hacer correr entre sus amistades infamantes rumores sobre su rival, como es habitual en estos casos; elaboró un artero plan destinado a hacerla desaparecer para siempre. 

Primero usó sus encantos para seducir a uno de los “mandos intermedios”. Una vez logrado su objetivo lo convenció para que obligase al capataz a ignorar el estado de su víctima, y no solo no le asignase trabajos acordes con el mismo, sino que la destinase a los más duros y peligrosos. 

En la vida real nunca llega nadie a salvar a quien no es capaz de salvarse a sí mismo. Poco después el crimen se consuma, y la verdad pudo, muy bien, no haber sido descubierta nunca. 

¿Se imaginan que esta teja hubiera aparecido cerca de Londres? Amor, intriga, crimen, romanos, historia verídica… La única polémica sería qué versión de la película es mejor, cuál de las múltiples novelas nos gustó más o quién debería protagonizar la próxima serie de televisión. 

Pero aparte de poner, una vez más, de manifiesto que, como sociedad, somos incapaces de aprovechar las oportunidades, esta historia es muy reveladora sobre la forma de vida de los esclavos rurales en esa época, bastante diferente a los tópicos habituales. No eran poco más que animales que vivían encadenados, carentes de voluntad o iniciativa, sino que se relacionaban entre ellos con relativa libertad, y tenían deseos, esperanzas y ambiciones que, como todos nosotros, trataban de satisfacer. Para bien o para mal. 

Por cierto, ¿qué fue de los criminales? 

Con frecuencia comparamos nuestra civilización actual con la de la época clásica, resaltando sus similitudes e incluso los aspectos en los que esta nos superaba. Pero hay entre ambos mundos una diferencia fundamental, insalvable, que muchas veces impide a la gente de nuestro tiempo comprender de verdad a sus antepasados: el valor de la vida humana. 

Nosotros consideramos la vida humana el valor supremo, es algo que hemos interiorizado completamente y que constituye un pilar fundamental de nuestra cultura. 

Para los antiguos no era así. 

Han muerto dos esclavos, o un esclavo y medio; se ha destruido una propiedad que tiene un costo. El único interés del dueño es recuperar esa pérdida. 

El mando intermedio, sin duda un hombre libre, deberá destinar parte de su salario a ir resarciendo a su patrón. La esclava Máxima será castigada, aunque hay bastante polémica sobre en qué consistió su castigo. 

¿Y la víctima? 

De la víctima no sabemos ni el nombre.

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