miércoles, 5 de noviembre de 2014

Vibia Perpetua, la mártir autobiográfica


Perpetua, luciendo santidad.


Hablamos hoy de una mujer singular, la única mártir que escribió un diario mientras esperaba su ejecución. Aparte de ser uno de los pocos testimonios femeninos que llegaron a nosotros de la antigüedad, es también la única fuente directa que nos queda sobre la psicología de los mártires.

La historia de Vibia fue descubierta en el siglo XVII por Holstenius, un intelectual protestante que se pasó al catolicismo y como premio acabó dirigiendo la Biblioteca Vaticana. Ya en 1890, Rendel Harris, un experto en textos paleocristianos, descubriría una versión desconocida en griego, que nos indica que la fama de esta historia llegó a todo el imperio... pero no nos volvamos pedantes y contemos la historia.

 Vibia era una cartaginesa nacida a finales del siglo II, allá por el año 190. Su ciudad era la Cartago colonia romana, fundada por idea de Julio César a mediados del siglo I a.C. sobre las ruinas de la ciudad destruida por Escipión. La nueva Cartago había prosperado tan bien como su antecesora, hasta convertirse en una de las principales ciudades del imperio. La mayoría de sus habitantes eran de habla latina y en tal lengua nos escribe Vibia, aunque en la zona el fenicio de Aníbal resistió como lengua hasta el siglo IV. 


 Una ciudad rica, populosa, orgullosa... y también un nido de cristianos. La nueva religión se había extendido con éxito por el norte de África durante ese siglo, hasta convertir la región en el lugar más cristianizado del imperio, donde destacaba Tertuliano, Padre de la Iglesia, y su círculo de seguidores.


 Asunto que molestaba bastante al emperador de turno, Septimio Severo, que hacía honor a su apellido siempre que podía y que no era nada amigo de una religión que se negaba a sacrificar en su honor. Así que emitió un decreto por el que se prohibió bajo "severas" (nunca mejor dicho) penas convertirse al cristianismo. 


 El año fue el 203. Vibia era de buena familia, parece que perteneciente a la nobleza local, "instruida en las artes liberales" según el acta de los mártires, casada y "con un niño pequeñito al que alimentaba ella misma. Contaba unos veintidós años."

 Debido al decreto del emperador, fue arrestada primero en su domicilio, donde aprovechó para recibir el bautismo y luego fue llevada detenida junto a su esclava adolescente, Felicidad, y otros cuatro compañeros de fe: Segundo, Revocato (también esclavo y hermano de Felicidad), Saturnino y Sáturo, este último se presento voluntario ante el juez declarándose cristiano. Parece que fue el que introdujo en el cristianismo a los demás.

 La persona de mayor posición social era Vibia. Para las autoridades, una chica joven, de buena familia, resultaba un buen ejemplo para dejar claro al pueblo que nadie se iba a salvar si le daba por tontear con las ideas cristianas. 

 Tan pronto fue arrestada, teniendo ya claro cual sería su destino, aunque estaba pendiente de juicio, Vibia empezó a escribir un diario. No sabemos el motivo de tal decisión, pero el autor anónimo de su acta de martirio lo deja claro: "yo lo reproduzco, tal como lo dejó escrito de su mano y propio sentimiento".

 En este diario, puramente emocional, sencillo en sus palabras, corto y apresurado debido a las circunstancias, brota la ansiedad y hay pena detrás de muchas de sus palabras, pero no surgen dudas en ningún momento. Su fanatismo o su fe, como se quiera llamar, será imperturbable a cualquier consejo y amenaza.

 Al principio, la oscuridad de la prisión donde los meten y la atmósfera pesada espantan a la delicada Perpetua. Además, su ansiedad iba en incremento por la ausencia de su pequeño hijo:


"Me parecía morir de calor y de asfixia y sufría por no poder tener junto a mí al niño que era tan de pocos meses y que me necesitaba mucho."


 Dos diáconos logran entrar pagando al carcelero y confortan a los prisioneros. Poco después, también entran su madre y uno de sus hermanos (ambos cristianos en secreto) con su hijo, al que permiten criarlo en cautividad. También se les cambia a un sitio con más luz y espacio. Es evidente que el carcelero se está forrando con tan distinguida prisionera.

 Su marido no la visita en ningún momento ni ella lo cita o recuerda en su escrito. Se intuye que no se llevaban bien. Es evidente que no era cristiano, que debía ser de buena posición, como ella, y que no aceptó la humillación pública, por lo que se desentiende de su cautiverio y de lo que suceda. 

 Pero su padre la visita dos veces. Se presume que ha tenido sus dudas en hacerlo. Es pagano, de buena posición y la situación es muy dura para él: 

"Mi padre era el único de mi familia que no se alegraba porque nosotros íbamos a ser mártires por Cristo”. 

En la primera visita, todavía bajo arresto domiciliario, el padre intenta hacerla apostatar de forma desesperada, todavía hay una salida... pero no hay nada que hacer:

-Padre –le dije-, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo?
-Lo veo –me respondió.
-¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?
-No.
-Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.

 Si a ella no hay manera de convencerla, por lo menos que tenga piedad de los suyos. Un padre en la sociedad romana esperaba de sus hijas que lo cuidasen, lo honraran y que engrandecieran (o al menos mantuviesen) la reputación de la familia mediante el matrimonio. Es lo primero que le echa en cara en su segunda visita, ya en prisión, "consumido de pena": 

-Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivir. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo.

 Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a la par que me besaba las manos, se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarlo, diciéndole:

-Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder sino en el de Dios.

Y se retiró de mi lado, sumido en la tristeza.


Normal, no resulta de mucho ánimo decirle a un padre pagano que confíe en Dios porque van a martirizar a su hija.
 Unos días después, son llevados, por fin, a juicio en un estrado levantado en el foro. Hay mucho público, es evidente que el caso llama la atención del pueblo. El padre intenta un último y desesperado intento:

"Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome:

- Compadécete del niño chiquito.

 Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:

-Ten consideración –dijo- a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.

Y yo respondí:

- No sacrifico.
-Luego ¿eres cristiana?
-Sí, soy cristiana.

 Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se lo echara de allí, y aun le golpearon. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez."

 El procurador Hilariano no tiene piedad ni ante los gritos de su padre ni ante su intransigencia. Son condenados "ad bestas", arrojados a los animales salvajes en el anfiteatro, para diversión del público, y luego ser ejecutados. La fecha sería el 7 de marzo, cumpleaños de Geta, hijo del emperador.

Anfiteatro de Cartago

 A partir de ese momento, todo para los condenados se limita a esperar su fin en la prisión, entre rezos y consuelos mutuos, en un claro proceso de alteración de la conciencia o, desde el punto de vista de un cristiano de la época, éxtasis de felicidad por la llegada de su martirio.

Durante esta espera, muere uno de sus cuatro compañeros, Segundo, hecho del cual el narrador de la historia saca un irónico pensamiento: 

"Este fue un favor con que quiso dispensarle (Dios) de luchar con las fieras; favor que, aunque sensible para el alma deseosa del martirio, agradeció el cuerpo."

 Mientras, la esclava Felicidad, que está embarazada, teme llegar al día de su martirio sin haber parido antes, lo que impediría su ejecución según las leyes romanas. "Felizmente", dos días antes de la ejecución da a luz una niña, que fue adoptada por una cristiana.

 Vibia, mientras tanto, debe sufrir el que su padre no le devuelva a su hijo después del juicio. Pero no se hunde. Vivirá en un mundo donde los sueños, "visiones" según ella, parecen tener más fuerza que la realidad. Tendrá varias de esas visiones, que nos cuenta con detalle y nos sirven para entrar en su personalidad. 
 En una, se encuentra con su hermano muerto, Dinócrates, fallecido a los 7 años por culpa de un cáncer terrible que le desfiguró la cara. Se había acordado de él durante el día:

"mientras estábamos en la oración, comencé a hablar y nombré a Dinócrates, lo que me causó admiración porque no me había acordado de él hasta entonces". 

 Lo ve triste, sumido en sombras, sediento, con su cara desfigurada, tal como lo recordaba antes de morir. Está al borde de un estanque lleno de agua, pero las paredes son tan altas que no puede beber. Al despertar, Vibia reza por él:

"Todo el tiempo estuve pidiendo con lágrimas de felicidad por Dinócrates". 

 En el siguiente sueño, vuelve a encontrarse con su hermano, ahora alegre, bebiendo de un cuenco de oro que está junto al estanque, cuyas paredes son más bajas; su hermano tiene la cara sana y radiante: 

"donde había una llaga, ahora una cicatriz" y "luego de beber se puso a jugar alegremente como suelen los niños. En esto me desperté y comprendí que mi hermano ya no sufría."

 Vibia se alegra y se sienta confortada. Lo que no puede ni imaginar es que estas dos visiones servirán como ejemplo de la Iglesia para justificar la idea del Purgatorio en siglos posteriores.

 Al acercarse la fecha, son transferidos a otra prisión en el campo. El carcelero, Pudente, parece tener cierta piedad por sus prisioneros, "comprendió que el Señor nos favorecía con su gracia", y permite "a muchos visitantes vernos, para darnos mutuo consuelo".

 Uno de esos últimos visitantes, cuando la fecha de la ejecución ya es cercana, es su padre. Hace el último e inútil intento de cambiar la voluntad de su hija:

"consumido por la tristeza, arrancándose la barba echándose por tierra, maldiciendo sus días y diciendo tales cosas, capaces de conmover a toda criatura. ¡Qué compasión me daba su vejez! "

 Al final, lo único que consigue el padre de la hija es una mirada de compasión.

 Ya no hay más tiempo. Pero Vibia nos sigue contando su historia hasta la misma víspera del martirio. Su texto acaba con una última visión, tan extraña para un mártir (incluye un cambio de sexo) que solo puede ser verídica. La pongo íntegra, ustedes juzguen sus significado, quizá sea el único sueño real de una mujer que nos ha llegado de la antigüedad:

 "La víspera de nuestro combate tuve la siguiente visión: Me pareció ver venir a la cárcel al diácono Pomponio y que golpeaba fuertemente a la puerta; salí a su encuentro y abrí.

Su traje era blanco, cuajado de perlas de oro. É1 me dijo: "Perpetua, te esperamos, ven"; y tomándome la mano me llevó a lugares ásperos y desiguales. Así que llegamos jadeando al anfiteatro, me llevó al centro de la arena y me dijo: "No temas, estoy contigo y te acompañaré en el combate", y se marchó. Vi un enorme gentío, que me miraba atónito; y como sabía que estaba condenada a las bestias, me maravillaba al no verlas por ninguna parte. Salió contra mi un egipcio de horrible aspecto, seguido de sus ayudas. 

A mí se acercaron mis auxiliares y partidarios, unos jóvenes hermosos, me desnudaron y me pareció transformarme en varón. Mis padrinos comenzaron a pintarme con aceite, como es costumbre entré los atletas, mientas tanto el egipcio se revolcaba en la arena. Y salió un hombre de una estatura extraordinaria, que sobrepasaba el techo del anfiteatro, vestido de una túnica de púrpura, sujeta al pecho con dos broches llenos de adornos de oro y plata; traía una vara de lanista y un ramo verde cuajado de manzanas de oro. Impuso silencio y dijo: "Si este egipcio vence a esta mujer, la matará; en cambio si es ella la vencedora, recibirá en premio este ramo", y se retiró. 

 Nos aproximamos, pues, el uno al otro y vinimos a las manos. El quería sujetarme por los pies, pero yo le golpeaba el rostro dándole patadas; de repente fui levantada por los aires, comencé a pisotearlo como si pisoteara la tierra Así que hallé un momento de descanso, junté las manos, crucé los dedos y cogiéndole por la cabeza cayo de bruces y se la aplasté.

 El pueblo comenzó a aplaudir y mis padrinos a cantar. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo; el me besó y me dijo: "Hija, la paz sea contigo", y yo me fui triunfante a la puerta Sanavivaria. En esto desperté, y entendí que no había de luchar contra las fieras, sino contra el diablo, pero estaba segura de mi victoria.

Todo esto es lo que ocurrió hasta la víspera de los juegos; lo que después sucedió, escríbalo el que quiera."

Así acaba el diario de Vibia. 

 Su ejecución es contada por un testigo, quizá alguien próximo al círculo de Tertuliano. Era costumbre de los cristianos ver las ejecuciones de sus compañeros de fe para dar testimonio de su martirio. 

 El 7 de marzo del año 203, cumpleaños de Geta, hijo del emperador Septimio Severo, en el anfiteatro de Cartago, Perpetua y su esclava Felicidad fueron corneadas por una "vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre". Seguramente, lo que hoy llamaríamos una vaquilla. 

 Cuando el pueblo se vio satisfecho del novedoso espectáculo taurino, que a Vibia apenas causó heridas pero a Felicidad la dejó sangrando visiblemente, fueron llamados los gladiadores a la arena. Llegaba el momento final. Después de la burla, el martirio.

Ejecución "ad bestas"

Ejecutar condenados era un modo de que los gladiadores entrenasen "en vivo" el golpe mortal, a través del hueco de la clavícula hasta el corazón, que luego tendrían que dar a sus compañeros vencidos si así lo demandaba el pueblo. En el caso de Vibia, tuvo la mala suerte añadida de sufrir a un gladiador primerizo en ejecuciones, que tocó hueso a la primera y le hizo gritar de dolor. 

 Para admiración del público, Vibia sujetó la espada del gladiador:

"entonces ella misma llevó a su garganta la diestra errante del gladiador novicio. Tal vez mujer tan excelsa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella no hubiera querido".

 Así dejó Vibia este mundo que tanto deseaba abandonar. 

 Una muerte heroica, que junto a la propagación de su original diario, aumentó la fama de su martirio entre los cristianos de generaciones posteriores. Llegó a tanto el asunto, que en el siglo IV, San Agustín se quejaría de que la lectura del acta de martirio de Perpetua y Felicidad era... ¡tan famosa en África como la de las Sagradas Escrituras!

 Pero el paso de los siglos lo devora todo con su creciente indiferencia. Cartago acabó desapareciendo para dejar paso a Túnez, el norte de África cambió de religión, nuevas lenguas hicieron olvidar el latín... hasta que, en 1907, el P. Delattre descubrió y restauró una antigua inscripción en la basílica Maiorum de Cartago. En dicha basílica habían sido enterrados los cuerpos de los mártires. El contenido de la inscripción es el siguiente: 

"Aquí reposan los mártires Sáturo, Saturnino, Revocato, Secúndulo, Felícitas y Perpetua, quienes sufrieron en las nonas de marzo". 

 Sin embargo, no es posible afirmar con toda certeza que esa inscripción sea la de la losa sepulcral. 

 Da igual, porque nosotros, creyentes o no, sabemos que Vibia venció a su egipcio sobre la arena de Cartago.

1 comentario:

  1. Me sorprende que los Protestontos se interesen por la Histria del Cristianismo Primitivo y se den cuenta de que los Cristianos ya hablaban del Purgatorio sin decir esa palabra.

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