martes, 30 de septiembre de 2014

Los siete legendarios cocineros de Grecia.

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Las vacaciones dan para mucho, hasta para poner la tele. El otro día lo hice y esto fue con lo que me encontré:

En la pantalla un tipo grita dentro de la cocina de un restaurante mientras agita una rata muerta sujeta por el rabo. El cocinero se le encara amenazándole con un machete de carnicero. Los clientes aprovechan para largarse sin pagar.

Cambio de canal y aparece un niño de cuatro años que ha preparado una “Emulsión de suflé de langosta hindú en nido de fruta de la pasión crujiente con lluvia de trufa blanca caramelizada”. El juez lo prueba, arruga la nariz y dice: “Esperaba más de ti”.

Pulso de nuevo el botón y me encuentro frente a un presentador que ofrece a los participantes en otro concurso culinario la posibilidad de adquirir una sierra eléctrica con la que cortar los brazos a sus rivales y asegurarse así la victoria. En el siguiente tienen que elaborar un filete con patatas sin filete y sin patatas; gana un tipo que ha empanado un trozo de cartón, acompañándolo con bolígrafos bic naranja cortados en trozos. El jurado lo degusta con fruición.

Me detengo a contemplar cómo confeccionan una tarta con forma de hongo atómico para festejar el aniversario del lanzamiento de la bomba sobre Hiroshima. El punto culminante llega cuando la rocían con estroncio 90 para darle realismo y que brille en la oscuridad. Continúo mi peregrinaje y doy con un famoso “chef” local que nos enseña a preparar un plato fresco y ligero para el verano: ensalada de pasta con mayonesa, codillo, panceta y morcilla. Tiene las pupilas dilatadas mientras se ríe de sus propios chistes y cuenta, campechano, cómo fue la primera vez que se masturbó.

Y sigue: “Cena para 50 en 50 segundos”; “Sabores del mundo: hoy cómo preparar perro a la cantonesa, seguido del plato secreto de las ancianas de una tribu caníbal de Nueva Guinea”; “Suicidio en el restaurante: en este episodio el reto será comerse una hamburguesa con sardinas de 40 kilos”…

Por último me encuentro con otro cocinero, vestido con una impactante chaqueta de diversos tonos de fucsia reflectante, que evalúa, mal encarado, a un grupo de colegas suyos.

Y entonces, no sé por qué, me viene a la cabeza Ateneo de Naucratis y su Banquete de los Eruditos, en el que otro antiquísimo artista de los fogones ya afirmaba: «… de todos los condimentos, el más importante en la cocina es la fanfarronería.»

Como ya sabréis los griegos y los romanos no eran ajenos a esta fiebre culinaria, y no me refiero solo al bueno de Trimalción, incomprendido precursor del “puchero`s show”. Muchos siglos antes, a los griegos, junto con las siete maravillas del mundo, los siete sabios y demás, se les ocurrió elaborar una curiosa lista de los siete cocineros más famosos ―en aquella época― de todos los tiempos (sí, a los antiguos el número siete le ponía, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión).

Ateneo, poco después de la anterior cita, nos cuenta que Eufrón, en la obra titulada Los Hermanos, presenta a un cocinero erudito que instruye a su discípulo, un tal Lico, sobre quienes le precedieron en su arte y cual era la habilidad de cada uno:

«AGIS DE RODAS era el único que asaba el pescado a la perfección, NEREO DE QUIOS cocinaba un congrio digno de los dioses; el fardo blanco en hoja de higuera (puede tratarse de un famoso plato compuesto por leche, huevos, queso fresco, sémola y sesos amasados con grasa de cerdo y cocidos dentro de las hojas de una higuera, pero en el contexto general de cachondeo de esta enumeración, es más probable que se refiera a la extendida costumbre en la época de trasportar alimentos dentro de hojas de higuera. Es decir, le atribuye el invento de la primigenia “tartera”), CARÍADES DE ATENAS; el Caldo Negro (alimento que se servía en la mesa común espartana y cuyo horrible sabor hizo que, tras probarlo, un habitante de Sibaris afirmaba que ahora ya comprendía por qué los espartanos estaban tan dispuestos a morir) nació por primera vez con LAMPRIAS; inventó el embutido AFTONETO; EUTINO, lentejas; ARISTÓN, minutas tan elevadas que era necesario pagarlas a escote. Estos, tras aquellos doctos hombres de antaño, se han convertido en nuestros segundos SIETE SABIOS.


En cuanto a mí, al ver que la mayoría de los campos ya habían sido abordados, fui el primero en inventar lo de sisar sin que nadie me odie por ello, sino que todos me contraten. Tú, viendo que esto ya estaba copado por mí, has desarrollado un invento personal, que es tu gran obra. (Como la descripción de su habilidad es prolija, la resumiré en que extraía sin que se notase partes de las entrañas de los animales sacrificados por los arúspices, para que, al descubrirse esta anomalía, fueran descartados y se inmolasen otros en su lugar. Gracias a ello, al ser preparados para el banquete consiguiente, sobraba la carne y a los cocineros les era fácil sustraer una buena porción sin que se echara en falta.)»

Porque, sí, Esta lista, y pese a lo que puedan leer en muchas páginas de Internet copiadas la una de la otra, no era más que una broma, una burla de los antiguos por la desmedida preeminencia que ya en su época habían alcanzado los cocineros.


Bueno, me ha entrado hambre; voy a encargar una pizza mientras pongo en el vídeo las aventuras de otro cocinero famoso: Walter White.

Y pensar que en B.U.P. pude haber escogido química…

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