martes, 25 de junio de 2013

Locusta, envenenadora del estado




En la Roma Antigua, si eras una chica de origen celta con talento para la herboristería, tenías todos los boletos para ganarte un gran futuro como asesina en serie. Bastaba con conseguir los contactos adecuados y un poco de suerte. Locusta fue una chica con esa suerte.

Aparte de que se supone que era gala, no sabemos nada de su origen, ni siquiera su nombre real, pero podemos imaginar que el apodo por el que pasó a la historia (“locusta” es langosta en latín) es una latinización burlesca de su nombre original.
Tampoco sabemos cómo llegó a Roma desde su Galia natal, pero sí que cuando llegó a mediados del siglo I ya sabía todo lo necesario sobre las propiedades de las hierbas y los venenos. Seguramente le enseñó otra mujer de su mismo origen étnico. Entre los galos, como otros pueblos celtas,  las curanderas no eran desconocidas y, como en todas partes, su técnica y su fama se balanceaban a partes iguales entre la medicina y la brujería. O hablando más claro: entre los remedios para la tos y los venenos para maridos cornudos.

 Como era lista y carente de escrúpulos, se dio cuenta de que la parte bruja de su profesión daba más dinero y pensó que el mejor sitio para ganarse la vida de esa forma era la capital del imperio y no las provincias, mucho más mojigatas y faltas de la capacidad que tenía la refinada capital de apreciar el arte de un buen envenenamiento .
Lo cierto es que pronto obtuvo bastante fama bajo la sombra de las siete colinas, porque nos aparece por primera vez en la Historia, en al año 54, citada por Tácito, nada menos, que la considera “una persona habilidosa” en envenenamientos, aunque poco discreta, porque ya estaba arrestada y condenada. No sabemos el motivo de su arresto ni cuanto tiempo llevaba en esa situación. Sin embargo, había sido mantenida en custodia “como arma del despotismo”.

 Hay que entender, aparte de la fobia de Tácito por cualquier autoritarismo imperial, que eran los tiempos en que Agripina mandaba sobre Claudio y las liaba pardas para que su hijito Neronito fuese el sucesor. Así que se comprende que guardase a una mujer con fama de habilidosa envenenadora en la buhardilla. Podemos decir que, aunque prisionera, ya se codeaba con la jet set.
Agripina le encomendó la tarea de crear un veneno para quitarle los sufrimientos de la vejez a Claudio y que Roma tuviese un nuevo y joven emperador.
Todos sabemos que el tartamudo emperador murió poco después por la ingestión de setas venenosas, seguramente reforzadas con arsénico (se intuye por los dolores, diarrea y lenta agonía de la víctima). Aunque también recalcan las fuentes que tuvo que usarse a un médico compinchado para darle más dosis de veneno con una pluma de avestruz en la garganta, pretextando que quería provocarle el vómito.

 Encontramos aquí el gran defecto de Locusta en su profesión: miedo a pasarse con la dosis y que se notara mucho. Lo que denota un carácter muy prudente.
La prudencia suele ir acompañada de su hermana menor, la discreción, y en la Roma de Agripina y el nuevo emperador Nerón, era una perfecta arma de supervivencia.   
La habilidosa y prudente Locusta fue mantenida por el estado y se le proporcionó casa, sirvientes y animales con los que mejorar sus habilidades. Ya era una funcionaria de carrera. Aunque custodiada por los pretorianos.
Había que recompensar el gasto a los patrones, así que pronto aconteció otro de sus envenenamientos más sonados y famosos, pese a su prudencia por evitar que la señalasen: el de Británico, hijo natural de Claudio y rival manifiesto del nuevo emperador.  

 A petición de Nerón lo envenenó de manera imperceptible. Tan imperceptible que apenas le causó a Británico un ligero mareo. Fue otro fallo de dosis por demasiada prudencia y si a Nerón había algo que realmente le molestase, aparte de los críticos musicales, era el exceso de discreción.
Nos cuenta Suetonio que mandó traer a Locusta a su presencia y la fustigó con sus propias manos acusándola a gritos de haber creado una medicina en vez de un veneno. Una escena histriónica que va con el carácter de Nerón y que puede haber sido muy cierta. Ella se excuso diciendo que le había dado una dosis pequeña para apartar las sospechas de él. Algo que a Nerón le pareció una tontería. Él no tenía necesidad de ser prudente. Luego, a modo de castigo y prueba, la obligó a preparar otro veneno en su presencia, y de inmediato.
Locusta tardó cinco horas en crear un veneno que fulminó a un cerdo tan pronto le dio un sorbo. Desde luego, se puede decir que Nerón, en el fondo, tenía una paciencia de santo y lo suyo eran cabreos de un momento seguidos de una tranquila espera. Mucho más alegre, la despidió de vuelta a su casa.

 Días después, en un banquete, Británico caía fulminado tras beber un poco de agua. El satisfecho Nerón se limitó a decir con sorna que el pobre tenía un ataque de epilepsia y siguió con la fiesta. Fue demasiado descaro. Las sospechas de envenenamiento corrieron de boca en boca y el nombre de Locusta mezclado con ellas. Se hizo famosa, a su pesar.
Sabemos que siguió siendo una empleada bien pagada del joven emperador durante todo su reinado. Convertida en un instrumento de matar, del estilo que los americanos llaman “comfort serial killer”, o sea, que mata por la pasta.

 No sabemos cuántas víctimas causaron sus venenos. Cualquier cifra de las que aparecen por la red y los libros es hipotética. No hay ninguna fuente antigua que lo diga. Se habla de cientos, pero es una evidente exageración. Sí sabemos que le preparó un veneno rápido a Nerón, en una cápsula de oro, por si le llegaba el momento de suicidarse. Momento en el que los emperadores y los romanos en general pensaban bastante a menudo, ya que no eran tiempos donde abundase la seguridad personal.

 A Nerón le llegó ese momento en junio del 68, cuando tuvo que escapar de Roma y, refugiado en una villa, decidió suicidarse antes de ser cogido por sus enemigos. Pero, para su desgracia, se había olvidado la cápsula de Locusta en sus lujosos aposentos del Palatino. Así que, molesto por no poder morir limpiamente y dejar una bonita imagen, le pidió a uno de su libertos que le ayudase a cortarse el cuello artísticamente, que a él le temblaba la mano. Corte que el liberto hizo con evidente gusto, aunque no sabemos si fue muy estético.
Muerto Nerón, Locusta se quedó sin protector y no pudo escapar a su fama, que tanto había intentado evitar. El nuevo emperador Galba, deseoso de ganarse al pueblo, decidió, según Dión Casio, “que la escoria que había salido a la superficie en tiempos de Nerón fuese llevada en cadenas a través de toda la ciudad y luego ejecutada”. En la lista que nos da el prolijo Dión aparece el nombre de Locusta.

 No sabemos cómo fue ejecutada. Como no era romana, pudo ser de cualquier manera. Quizá en un espectáculo mortal del Coliseo, una de esas ejecuciones barrocas con animales hambrientos que tanto agradaban a la plebe.
Corre el rumor por la red de que Apuleyo, en su novela El Asno de Oro, cita que Locusta fue ejecutada mediante el curioso y aparatoso sistema de ser violada por una jirafa amaestrada y luego despedazada por animales salvajes. Es una leyenda urbana, totalmente falsa, pues Apuleyo no cita a Locusta en ningún momento. En su libro solo aparece un cuento, claramente ficticio, sobre una mujer envenenadora condenada a ser violada... por un burro, pero muestra hasta dónde ha llegado la fama de Locusta en nuestros días, convertida ya en un mito “culto” de la maldad que genera sus propias historias virales.

Lo que sí es cierto es que el poeta Juvenal, en su primera sátira, la nombra al hablar de una mujer que envenena a su marido “mejorando a Locusta”.
Todo un homenaje literario y un pasaporte para la eternidad otorgado a la joven celta que un día llegó a Roma dispuesta a demostrar sus talentos de herboristería brujeril.

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