lunes, 22 de abril de 2013

Lais de Corinto, discípula de Aspasia

Lais de Corinto, por Holbein
Money is beautiful


"Nosotros tenemos hetairas para el placer, prostitutas para cuidar de las necesidades de nuestros cuerpos y esposas para guardar a nuestros hijos legítimos y ser fieles guardianes de nuestro hogares."
Así describió a las mujeres griegas Demóstenes en su discurso "Contra Nerea".
Mientras los conceptos de prostituta y esposa la mayoría de la gente los sigue comprendiendo hoy en día, la idea de hetaira lleva a muchos equívocos, quizá el mismo Demóstenes no pudo ser más preciso en su descripción porque el concepto no tenía límites concretos. Una hetaira debía dar placer al hombre que la contratase más allá de una simple relación sexual... y ahí cabe de todo, como hombres había en Grecia. Aunque una cosa estaba bien clara para los griegos: las hetairas eran caras.

Nuestro personaje vivió en la época de la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.). No sabemos su fecha de nacimiento, pues una hetaira nunca hablaba de su edad y siempre se consideraba joven, y podemos suponer que su muerte fue a finales de la guerra o un poco más tarde.
Muchas veces se confunde su vida con la de Lais de Hícara, otra hetaira de cien años más tarde, y es ya muy difícil separar sus anécdotas, porque los autores antiguos no distinguen en su textos de qué Lais están hablando, seguramente porque no sabían que hubo dos. Sobre todo nuestra principal fuente, Ateneo, un cotilla amante de poner por escrito sus discusiones en banquetes. Queden así avisados de que quizá los hechos que cuente de ella sean tan falsos como su sonrisa.
Su origen corintio quizá sea un engaño también, aunque es seguro que fue allí donde aprendió la base de su oficio.

 Corinto fue famosa durante toda la Antigüedad como centro de vida libertina y ciudad de placeres caros: "non licet omnibus adire Corinthum" (no todos son capaces de ir a Corinto) llegará a decir cuatro siglos después el epicúreo Horacio. El templo de Afrodita que adornaba su acrópolis era conocido por practicar la prostitución sagrada al estilo de los templos de la diosa Astarté de oriente. Lo que significa que la ofrenda a la diosa consistía en acostarse con una de sus sacerdotisas a cambio de una cantidad de dinero bastante alta. Cantidad que se pagaba con gusto si te lo podías permitir, ya que las sacerdotisas eran variadas y escogidas por su belleza. Entre ellas estaba nuestra Lais y el templo de Afrodita fue su primera escuela. Suponemos que provenía de un origen humilde, quizá una huérfana ofrecida al templo.
 Entre sus muros, nuestra chica consiguió el honor de ser considerada la mujer más bella del lugar y muchos hombres viajaron a la ciudad solo para ofrecer sus respetos a la diosa Afrodita mediante la coyunda con Lais.

 Pero el deseo de Lais, como el de todas las sacerdotisas, era que la sacara de allí algún rico patrón que la contratase como hetaira. Algo que no tardaría en pasar. No sabemos quién fue el que se llevó a Lais a empezar una nueva vida de cortesana de lujo, ni cuanto tiempo estuvo con él, pero sí a dónde fue: a la culta y próspera Atenas.
A la sombra de la Acrópolis, Lais se instaló de forma independiente y se labró una nueva vida de hetaira reclamada en todos los banquetes de los ricos atenienses, que eran amantes del placer como los corintios y cualquier hijo de vecino; pero, para sorpresa de Lais, también gustaban de la filosofía y la discusión cultural, porque algo flotaba en el ambiente de Atenas, una efervescencia del saber y el conocimiento, que la hacía una ciudad diferente a todo lo que había conocido antes.

 Como Lais no era tonta, es probable que decidiera aprender a manejarse en ese ambiente cultural para seguir triunfando, ya que las fuentes nos cuentan que Aspasia, la amante viuda de Pericles, la aceptó como discípula en su academia para jóvenes de buena familia.
Todo un honor para una cortesana, porque Aspasia era una reconocida maestra a la que Platón llegó más tarde a considerar la instructora de Sócrates en retórica e incluso la autora del famoso discurso de funeral de Pericles, donde alaba la democracia. Hoy hay estudiosos, como Jarratt, Susan, and Rory Ong que la consideran la creadora del método socrático. Pero Aspasia había sido hetaira antes que amante de la única persona que ha dado nombre a un siglo y, seguramente, vio en Lais una copia de su juventud.

 En su academia, para escándalo de sus finas compañeras de curso, Lais aprendió los fundamentos básicos de la filosofía y el saber hablar que tanto agradaban a los atenienses. Fue así como consiguió encandilar a uno de los más famosos y ricos filósofos de su tiempo, Aristipo, que le venía de perlas porque es considerado el fundador de la escuela hedonista. Discípulo de Sócrates, aunque extranjero de Cirene, nunca nombrado por Platón, pese a que critica su filosofía a menudo, Aristipo no tenía pelos en la lengua: consideraba el placer el fundamento de la felicidad; a mayor placer, mayor felicidad; y entre los placeres el más intenso es el sensible, así que este es el que hay que perseguir. Además, el mejor placer es el presente, el que se siente, sin preocuparnos por el futuro que no es todavía y vete a saber cómo viene. Todo lo demás son tonterías de aburridos metafísicos. En fin, resumiendo en una frase su ética: Viva la fiesta.

 Una vez le criticaron por ir mucho al burdel y contestó que lo importante no es ir, sino saber salir. Está claro que Aristipo era el patrón ideal para una hetaira.

 Lais fue contratada por el fundador de los hedonistas tan pronto la conoció en una juerga. A partir de ese momento, todos los veranos se los pasaba a su lado y la cubría de dinero. Fue tal el cariño que le cogió a Lais, que sabemos que dos de sus obras hedonistas trataron sobre ella.
También sabemos que la llevó a su lado en la procesión sagrada a Eleusis, un escándalo semejante a irse de peregrinación a Santiago en un Ferrari con una top model escotada.

 Pero es evidente que aparte del simpático e ideal cliente Aristipo, Lais tuvo más amantes, ya que los años de buena presencia una hetaira debía aprovecharlos al máximo. Aunque ya no le valía cualquier oferta, pues había alcanzado un status panhelénico que le permitía exigir cifras escandalosas. Esto le granjeó fama de avariciosa, de ser una chica que solo contestaba si le hacían grandes regalos; lo que provocó anécdotas como la del pretendiente enamorado, al que casi había arruinado, que le suplicó por escrito en una tablilla de arcilla que fuera a visitarlo, y le respondió: "No puedo ir. Esto es sólo arcilla".

 También se ganó fama de descarada, como cuando se encontró con Eurípides escribiendo en una tablilla y le gritó "¿Qué quieres decir cuando escribiste en tu obra [Medea_1346], "Aléjate de aquí, malvada desvergonzada"? Y Eurípides, sorprendido de su audacia, dijo: "Bueno, tú misma eres una malvada desvergonzada." Y ella, riendo, respondió: "¿Cómo desvergonzada, si mis parejas no lo creen?"
También cayó en sus redes todo un campeón olímpico, Eubotas de Cirene, campeón del estadio en 408 a.C., y del cual en el siglo II, seiscientos años más tarde, todavía se conservaba su estatua en Olimpia, según nos cuenta el viajero Pausanias. Este Eubotas, todo un guaperas musculoso y millonario, le prometió amor eterno y llevarla a su ciudad, Cirene, después de ganar las Olimpiadas. Cumplió su promesa de un modo burlón: la llevó en retrato. Fue quizá la primera señal de que llegaba la vejez y que su embrujo empezaba a palidecer. Las siguientes serían las burlas de los que había rechazado, como el poeta Epícrates, que escribió un "Anti Lais" demoledor, con versos como estos:

"Tiene la misma suerte que tienen las águilas; que, cuando son jóvenes, bajan de la montaña, asolan los rebaños de ovejas y comen a las tímidas liebres, teniendo a sus presas sumidas en el miedo.
Pero cuando son viejas, cuelgan de lo alto del templo, hambrientas y desamparadas; y los adivinos convierten tal vista en un prodigio.
Y así, bien podría ser Lais también un presagio; porque cuando era una doncella, joven y fresca, era bastante salvaje con su maravillosa riqueza; y era más fácil acceder al sátrapa Farnabazo.
Pero en la actualidad, ahora que ya se ha avanzado más en los años, y la edad ha metido su cuerpo en redondas proporciones, es más fácil acceder a ella y también despreciarla".

En semejantes circunstancias, las hetairas buscaban un marido bonachón, o un amante entrado en años y educado, que les asegurara el futuro. El carácter de Lais pertenecía al grupo de los que no considera el matrimonio un ideal necesario para la felicidad. Realmente, todas las personas que consideran la felicidad personal como el bien supremo eligen no casarse.
Lais prefirió el retiro en su natal Corinto con el dinero acumulado.
Se cuenta que sus paisanos le erigieron una estatua en una cueva dedicada a Afrodita, la diosa que más ayuda le proporcionó en su carrera. También dicen las malas lenguas que cayó en el alcoholismo por no soportar la vejez y murió de las secuelas de tan terrible adicción.
Quizá fuese una manera hedonista de suicidarse, al ver que se acababa la fiesta de la vida. Un método que su añorado Aristipo aplaudiría orgulloso. Quién sabe. Ya saben que con las hetairas todo son cotilleos y rumores. Hasta el final.

No hay comentarios:

Publicar un comentario