jueves, 6 de septiembre de 2012

Decio Mus III, no hay dos sin tres






Hay personas que nacen para cumplir un papel. Normalmente en una obra dramática, porque la realidad no tiene obligación de ser divertida y, por inercia, no se esfuerza mucho en serlo.
Nuestro personaje secundario de hoy no lo fue tanto en la Antigüedad, al menos para los romanos, porque cumplió con creces el papel que un destino implacable y unos antepasados un pelín atolondrados le marcaron desde su juventud. Un papel épico, patriota, piadoso y de final trágico, que estamos hablando de los romanos, gente que se lo pasaban pipa con historias que hoy tildaríamos como propias de majaras fundamentalistas. Pero son otros tiempos.
 Cicerón cita a menudo a Publio Decio Mus III. En sus Tusculanas, en De Officiis, en De Divinatione y en su filosófica-plomiza De Natura Deorum. En fin, que era uno de sus héroes que no paraba de mencionar, aunque yo dudo que tuvieran cosas en común. Para Tito Livio, que le dedica un extenso párrafo, también era un ejemplo de romano de la vieja escuela, con un par de patrióticas pelotas, no como los blandengues de su época, con un par de nueces verdes, y hasta hay escritores griegos que lo mencionan con respeto en sus historias, aunque con dudas sobre la veracidad de su final, que para algo son griegos.

¿Pero quién fue realmente Decio Mus III? Pues, aunque parezca raro, debemos empezar por su abuelo, el primero de dicho nombre. En el 340 a.c. llegó al cargo de cónsul, el primero en alcanzarlo de su familia. Pronto le tocó batallar con los latinos, que andaban revoltosillos, pero antes de la batalla tuvo un sueño, compartido con su colega de consulado, donde se les da a conocer que el general de un ejército deberá ser sacrificado para obtener la victoria. Lo que se llamaba devotio en el ritual romano. Los cónsules, al día siguiente, deciden realizar un sacrificio para saber quién se debe suicidar a lo heroico. Finalmente, Decio habrá de ser el que se sacrifique, al aparecer la protuberancia del hígado de su víctima mutilada, algo funesto a tope, según los sacerdotes etruscos, que de esto sabían un rato.
Así que, sin dudarlo, Decio Mus I se lanza a caballo contra los enemigos y ándale Roma, jalisco no te rajes. En fin, se pueden imaginar el resultado: la palma hecho un colador de lanzas. Pero su ejército venció y Roma ya tiene un nuevo héroe.

 Seguimos con el padre, Decio Mus II. Este tipo fue la leche desde el punto de vista romano: censor, cuatro veces cónsul, el primer pontífice máximo plebeyo y un héroe militar aclamado en decenas de batallas. En 295 a.c., en su cuarto consulado, le tocó luchar en Sentinum frente a una coalición de galos y samnitas nada convencidos de los beneficios de someterse a la civilización romana. Antes de la batalla, soñar no soñó nada, pero algo le pasó por la cabeza a este Decio, porque en plena batalla decide que debe hacer la devotio como su padre y se lanza contra los enemigos a la carga. Quizá porque era lo único que le faltaba para completar el curriculum y superar el recuerdo de su progenitor.
Resultado: el mismo que el abuelo y otra victoria sonada para Roma. Los dioses son muy agradecidos con los suicidas.

 Así llegamos a nuestro Decio Mus, el tercero. Se pueden imaginar lo que le pasó por la cabeza cuando le nombraron cónsul en el 279 a.c., en plena invasión de Italia por Pirro y sus elefantes. Las miradas a su alrededor debieron ser una clara advertencia de que no hay dos sin tres y que se fuera apurando en abandonar esta vida. Nuestro Decio Mus III, que llevaba años con la carga acumulada del recuerdo de su abuelo y su padre, quizá lo vio como una liberación. Desde luego, la fama de su destino anunciado llegó hasta el ejército de Pirro, que ordenó a sus hombres que lo detuvieran y que no le matasen en batalla, que ya lo haría él más tarde, clavándolo en una cruz como a un malhechor. Y lo anunció por toda Italia. A ver si así se rajaba nuestro Decio Mus.

 Y llegó la mañana de la esperada batalla. Todos los soldados romanos miraron a su cónsul al salir de la tienda. Decio Mus, sereno, llamó al pontífice máximo Marco Valerio, que iba con el ejército, y le pidió que iniciara el ritual de la devotio. Este ritual consistía en el recitado de una oración a los dioses infernales en la que el sacrificado se ofrece junto al ejército enemigo a cambio de la victoria. La oración viene en el libro VIII de Tito Livio, cuando habla de su abuelo, pero debió ser la misma que recitó el nieto. Allí pueden leerla si son curiosos de la retórica religiosa, pero viene a resumirse en "Dioses, me ofrezco a mi mismo y a los enemigos a cambio de la victoria, porque yo lo valgo, que soy cónsul con imperio." Mientras el pontífice Valerio escuchaba atento, en plan notario del evento, Decio recitaba la oración, vestido con su toga de magistrado, cubierta la cabeza con un pliegue, con una mano en el mentón y pisando una lanza. Ritual curioso, que parece que agradaba a los dioses y hace las delicias de los modernos historiadores de la religión.

Concluido el ritual, Decio Mus III ya no era de este mundo, pertenecía a los dioses, era "sacer", consagrado, y se lo fue a demostrar a Pirro. El cual vio que, por muy veteranos que sean tus soldados, impedir que un suicida se mate en una batalla no es una orden fácil de cumplir.

 Aquí déjenme citar a Corrado Re, investigador que ha estudiado de forma científica las cargas de los tres Decio Mus. Sí, como lo oyen, estas cosas también se investigan y hay gente para ello. Corrado demuestra en el Volumen IV, tema 5, de la revista Ancient Warfare, que es muy posible que sus cargas suicidas solitarias tuvieran un efecto real y no solo ritual en las respectivas batallas. Resumiendo, que un tipo a caballo a la carga desbocada, sin importarle su destino, ejerce un empuje de 500 kg, cual toro embolao, que puede tumbar hasta una fila de ocho enemigos antes de ser masacrado, produciendo en el alboroto un hueco pequeño en la línea de frente enemiga; fácil de cerrar en segundos por tropas entrenadas, pero también fácil de ampliar hasta romper el frente si viene seguido de la carga de un montón de infantes u otros jinetes llenos de moral y seguros de la victoria por el sacrificio de su general. En fin, que la devotio es una táctica a considerar. Solo hace falta ser muy patriota o tenerla por costumbre familiar.

 Las fuentes romanas nos dicen que la batalla fue otra gran victoria, gracias al sacrificio de Decio Mus III. Los griegos dicen que nones, que fue un empate, o más bien una victoria por los pelos de Pirro, que al final se tuvo que largar de Italia y de ahí que los romanos nos hablen de victoria. Pero qué sabrán los griegos de verdaderas victorias romanas. A veces, lo importante no es vencer, sino dejar claro que no es fácil ganarte, como le pasó a Pirro una y otra vez para su desespero homérico.
En tales menesteres rompedores de moral, se demuestra que los romanos tenían a gente especialista con tradición familiar, como los Decio Mus.

Y quién sabe, si sumamos la religión romana y la teoría de Corrado Re, quizá, solo quizá, dejemos la puerta abierta a la fantasía en este párrafo final, Decio Mus III, convertido por el ritual en un ser en la frontera de dos mundos, un consagrado a los dioses infernales, a caballo entre lo divino y humano, realmente consiguió atravesar como un cuchillo gigante el ejército enemigo y luego siguió y siguió cabalgando, penacho al viento, lanza en ristre, inmortal e imparable, a la carga eterna por prados, montes, bosques y llanuras, de Italia, de Europa y el mundo entero, cumpliendo con su destino, poseido por el hechizo combinado de la física natural y los rituales sagrados.

Cosas más raras se han visto.
Por cierto, si lo ven llegar en alguna excursión campestre, les aconsejo que se aparten.

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