miércoles, 1 de febrero de 2017

Regina, Palmira en Britania



En el brumoso norte de Inglaterra, en un puerto llamado Arbeia, donde comienza el muro de Adriano, hace casi dos mil años se paseaba una joven britana, Regina, que había sido esclava, pero ahora vestía como una dama de la lejana y exótica Palmira, un lugar que nunca había visitado. Para los soldados del campamento que dominaba el puerto, su vestimenta era curiosa, aunque conocida. Todos sabían que a su marido, Barastes, le gustaba verla pasear con esa pinta por el muelle; el cual sí conocía Palmira, porque era la ciudad donde había nacido.

¿Cómo la esclava Regina y Barastes se conocieron y fueron a parar al quinto pino de Britania?
Empecemos por el lugar. Arbeia, la actual South Shields, era un campamento romano, situado en la desembocadura del Río Tyne en el Mar del Norte, justo donde comenzaba el largo muro de Adriano. Se había levantado alrededor del 120 d.C., seguramente como campamento base del comienzo del muro, y los romanos no lo abandonarán hasta irse de Britania en el siglo V d.C. Es, por tanto, uno de los campamentos más duraderos del imperio.

Vista aerea del campamento de Arbeia, cerca del río y sus muelles, que siguen en el mismo sitio

 Su nombre no es britano, tampoco muy latino, pues parece que “Arbeia” proviene de una unidad auxiliar de barqueros de origen árabe, provenientes del río Tigris, que ocupó el campamento en sus inicios. Una unidad de barqueros no es sorprendente, porque los barqueros fueron muy necesarios para el transporte por el río Tyne de los materiales de construcción del muro y su posterior mantenimiento. Más sorprendente es el origen oriental de los barqueros, pero los romanos eran dados a estos traslados exóticos de unidades. Además, por el 120 d.C. el emperador Adriano había abandonado Mesopotamia y es probable que aprovechara la unidad de barqueros del Tigris, ahora sin río ni barcas donde navegar, para usarla en una tarea tan apropiada para ellos como el transporte fluvial en su nuevo muro británico. 

Puerta principal 

 Hoy en día ha sido reconstruida la puerta principal del campamento, la casa del comandante y unos barracones de soldados. Aunque con su aspecto a mediados del siglo IV, hacia el final de su existencia. El lugar tiene también un bonito museo y es centro de eventos de reconstrucción. Todo un modelo a seguir... todavía con pocos seguidores, por desgracia.

 Sabemos, gracias a la tumba de un liberto moro levantada por su antiguo amo, un jinete de la I Ala de Astures, que, aparte de los barqueros del Tigris, también hubo otras unidades en el fuerte durante el siglo II y posteriores. Así que Arbeia era un puerto cosmopolita, que atraía gente de otros lugares, ya sea por voluntad propia o por obligación, tanto de Oriente como de Hispania y Mauritania. Todo debido al dinero y comercio que movía la construcción y luego mantenimiento del muro. Como se dice ahora, Arbeia era un lugar de moda para emprendedores.


Arbeia en el siglo III

 Así que es comprensible que Barastes llegase a sus húmedas calles a finales del siglo II o principios del III, como un mercader de Palmira, uno de los principales centros comerciales de la época y lugar de origen de avispados comerciantes que no iban a dejar escapar una oportunidad de negocio boyante como el puerto de Arbeia.

 Sabemos que Barastes se asentó y murió allí, ya viejo, y no volvió a su Palmira. Ha sobrevivido al paso del tiempo la estela de su tumba, donde es descrito como “vexillarius”, pero en su caso no significa el término militar de portaestandarte, sino más bien un título honorífico de algún gremio de mercaderes, o que era fabricante y vendedor de estandartes militares, “vexilla”. Sin embargo, que fuese un vendedor de “vexilla” suena extraño, pues no se vendían muchos, al querer las unidades conservar el suyo como objeto sagrado.  Desde luego, podemos descartar que fuese soldado, pues no tiene historial militar en su estela, como era norma en todas las estelas de soldados difuntos. Solo podemos suponer que se dedicaba al comercio.

Arbeia en el siglo IV. Se nota la ampliación hecha a las murallas

 Barastes no llegó solo a Arbeia. Trajo con él a una joven esposa vestida como una dama de su ciudad natal, pero probablemente su aspecto físico denotaba un origen nada oriental. Era su “Regina”, su reina, y como tal la trataba.

 Regina, como nos dice la estela de su tumba, era del pueblo de los Catuvellaunos. Una poderosa tribu britana que habitaba la zona del norte de Londres y que había sido de las más belicosas contra los romanos cuando invadieron la isla. Pero luego, como suele pasar, se volverían los más fieles apoyos a la presencia romana a cambio de seguir siendo respetados. Tanto se adaptaron a la nueva situación, que su capital, Verulamium, levantó el primer teatro romano de Britania, y sus ciudades participaron en la reconstrucción del muro llevada a cabo por Septimio Severo a principios del siglo III. Quizá esta reconstrucción y sus posibilidades de negocios atrajeron a nuestro Barastes.

Casa del Prefecto, jardín y pórtico reconstruidos

 Regina conoció a Barastes en difíciles circunstancias, por decirlo en suave. Los catuvellaunos, por muy romanizados que se creyesen, eran conocidos por vender a sus hijas como esclavas, aunque fuese ilegal. Pero era su tradición y costumbre, que es la mejor frase de excusa para las brutalidades, y la seguían practicando casi dos siglos después de la conquista romana. Así que ya podemos tener una idea clara de cómo llegó Regina hasta Barastes: Se la vendió su padre.
 No sabemos si la compró camino de Arbeia, mientras pasaba por el territorio de los catuvellaunos, o ya en Arbeia y sus alrededores, a alguna de las familias de la tribu que participaban en la reconstrucción del muro. Esto último es lo más probable.

 Pero Regina, dentro de su infortunio, tendría mucha suerte. Fue vendida siendo una niña, pero con el paso del tiempo Barastes se encaprichó de ella, o se enamoró hasta las trancas, como quieran llamarlo. Regina fue liberada y convertida en su esposa. La diferencia de edad debía ser grande y no conocemos los sentimientos de Regina hacia Barastes, pero su vida, al menos, fue mucho mejor que antes y debía sentirse querida y respetada por aquel hombre de aspecto tan exótico. 

 El apasionado Barastes la hizo vestir con las amplias prendas que había visto llevar de niño a las damas de su Palmira natal;  adornó sus muñecas de brazaletes, rodeó su cuello de gruesos collares y compró largos colgantes para sus orejas. Seguramente, también le regaló esclavas, y es posible que intentara, no sabemos con qué éxito, que hablase el barroco arameo de Palmira. Está claro que Regina lo aceptó todo y disfrutó de ello, agradecida por no acabar como una esclava cualquiera.

Barracas de los soldados, reconstruidas

 Regina, nacida en una cabaña oscura de una tribu lejana de occidente, se alzó desde la anónima esclavitud hasta llegar a ser una rica dama oriental. De alguna manera, representa la vitalidad social y diversidad cultural de  todo el imperio en aquella época.

 No dejaría de ser una imagen curiosa aquella pareja de peculiares palmirenses, con sus amplias ropas, paseando por el sucio puerto de Arbeia, entre los gritos de los estibadores y la niebla fría que se pegaba al río Tyne.

Triclinium de la casa del Prefecto

 Pero la alegría duró pocos años. Regina murió al llegar a los treinta, como nos dice su estela, para desconsuelo de su marido, que no escatimó en gastos para levantar su estela funeraria. Esta estela y la posterior de Barastes son hechas por la misma mano. Un hábil artista con claras influencias orientales en sus figuras, probablemente de origen sirio y conocido de la pareja.

En ella, Regina aparece como siempre la quiso ver Barastes, como una dama de la aristocracia de Palmira: sentada en un nicho entre columnas orientales, la cabeza rodeada de un nimbo, con la rueca y el huso en su regazo, la mano izquierda sobre su cesta de costura y la derecha sobre un joyero abierto. La imagen del pudor femenino y de la riqueza juntas. El sueño femenino de todo palmirense.

 Desgraciadamente, la cara de su figura ha sido rota, así que no sabemos si el rostro de Regina era tan agraciado como lo veía su marido. El texto de la inscripción dice, en latín:

“A los dioses Manes. Regina, liberta y cónyuge, catuvellauna, 30 años. De Barastes, de nación palmirena.”

Bajo la inscripción hay lo que parece una línea de garabatos, o eso pensaría la gente del lugar que pasase a su lado. Sin embargo, es un texto escrito en arameo de Palmira.  Dice mucho menos que la inscripción en latín, pero con un sentido lamento que expresa mucho más en su sencillez:

“Regina, liberta de Barastes, ay”

 Barastes, palmirenus natione allí por donde andaba, aunque viviera para siempre en el norte de Britania, quiso escribir el nombre de su querida Regina en su idioma natal. En la frontera semibárbara del muro de Adriano, solo él iba a entender esa línea retorcida de una lengua del desierto. Pero no la mandaba inscribir para que la leyese más gente.

 Es, si no me equivoco, el texto más personal que nos ha dejado la Antigüedad. 

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