miércoles, 30 de noviembre de 2016

Escipiones: príncipes helenísticos de la República romana

Relieve que representa un triunfo, del mausoleo de los Escipiones
Los Escipiones llegan a la Península Ibérica en el 208 a. C. al mando de varias legiones, con el cometido de acabar con las bases cartaginesas de las que salió Aníbal para llevar la guerra a Italia. La lucha será encarnizada e involucrará a fuertes personalidades por ambos bandos. En el lado romano, los aristocráticos Escipiones sufren la muerte de dos de sus miembros, Cneo y Lucio, pero serán en gran medida responsables del espíritu profundamente helenístico del régimen imperial que se estaba gestando ya.


Los orígenes de esta familia son borrosos, pero sabemos que a principios del siglo III a. C. tenía un gran mausoleo en la Vía Appia. Se trataba de un monumento imponente que se hizo construir Lucio Escipión Barbato, con una excelente proyección pública, y que acabaría alojando a una treintena de familiares durante los 150 años siguientes. El epitafio de la tumba de Barbato, que repasa sus logros en las magistraturas para las que fue elegido, se considera el texto histórico y biográfico más antiguo que se ha conservado en la antigua Roma.

La Roma de barro. Antefija de terracota
Por las fechas de su construcción es probable que la factura fuese sobria, a la manera de lo que Augusto llamó la "Roma de barro". A mediados del siglo II a. C., uno de los descendientes, Escipión Emiliano, remodelará el mausoleo familiar para convertirlo en un monumento funerario al estilo de los que eran habituales entre las élites del mundo heleno. Esta obra, de gran suntuosidad, según la reconstrucción de Filippo Coarelli, bebe de las propuestas culturales y políticas provenientes de la antigua Grecia y no dudaba en mostrar las efigies de Escipión Africano, Escipión Asiático y Ennio, instructor de la familia y poeta que cantó las hazañas militares.

La heroización de algunos de los miembros más destacados del clan muestra que los Escipiones ya habían abrazado decididamente la forma de vida griega, algo que no debía de entonar bien con la tradicional sociedad romana de finales de la República. A pesar de la reprobación de los más conservadores entre los romanos, el mausoleo se levantó con la idea de promocionar el poder y prestigio de una estirpe que se enorgullecía de haber dado a Roma diversos triumphatores en la línea de los antiguos príncipes helenísticos y virtuosas mujeres, modélicas y de gran carácter.

Muchos de los logros de los Escipiones tuvieron como escenario la Península Ibérica, una relación que ponía de relieve una reciente exposición del Museo Arqueológico Regional de Madrid.



La épica lucha de los malogrados Cneo y Lucio durante la II Guerra Púnica logró, pese a sus muertes, que la presencia itálica se afianzase en la Península y empezase a irradiar desde ciudades como Ampurias, Tarraco o Itálica. También el núcleo más cartaginés, Cartago Nova, pasaría a ser un foco de romanización, tras su conquista por parte de Escipión el Africano en una marcha relámpago que todavía hoy despierta admiración.

En una segunda etapa, Nasica (vencedor de los turdetanos en 194 a. C.) y, sobre todo, Emiliano (sometiendo a Numancia en 133 a. C.) remachan la influencia de esta familia sobre el destino de Hispania y, al mismo tiempo, la deriva de Roma hacia el Imperio. Un Imperio que englobará numerosos pueblos y culturas en uno de los episodios más importantes del surgimiento del carácter europeo.

Los Escipiones supieron sacar gran partido al ejército romano, una institución que se reforzaba con la experiencia de sus enemigos. Así en Hispania, las legiones asimilaron las armas usadas por las tribus peninsulares. Tiempo después, Augusto accedió a adoptar para sus tropas la espada conocida hoy como gladius hispaniensis y los puñales que usaban los habitantes de la Península. Estos avances complementaban el potencial bélico de las recién llegadas armas de artillería.

En un plano filosófico, las andanzas de los generales Escipiones se revistieron de un ideario pitagórico y platónico. Amparándose en las enseñanzas astrales de Eratóstenes de Cirene (275-194 a. C.) el clan fomentó una concepción casi divina para sus dirigentes. En su “De Re Publica”, Cicerón describe un sueño que Escipión Emiliano tuvo antes de tomar Cartago. En dicho sueño, el general recibía la visita de los espíritus de sus antepasados que le informaban que los dirigentes tendrían un lugar eterno en la Vía Láctea, como estrellas de un universo compuesto de nueve círculos concéntricos, el mayor de los cuales, que lo engloba todo, era la deidad suprema.

Estas reflexiones conectaron bien con las ideas que muchos pueblos de la península habían heredado de tartésicos e íberos y que, en última instancia, forjaron sólidas alianzas con los generales romanos a través de las fórmulas de la fides y la devotio, por las cuales se producía un reconocimiento mutuo de la naturaleza sobrehumana que exigía fidelidad extrema, más allá de la vida y de la muerte.


Reconstrucción hipotética de los colores del Ara Pacis
El camino trazado por los Escipiones tuvo un corolario algo tardío en Augusto, quien pasó por Hispania dos siglos después para acabar con la conquista que aquellos iniciaron. Como ellos también, Augusto fue un maestro en explotar la imagen triunfal (en el Ara Pacis, en el monumento que construyó tras la batalla de Actium). En estas obras se establece un vínculo entre el triumphator y el orden cósmico que él mismo alienta como un dios.

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