miércoles, 26 de octubre de 2016

Todos los litigantes sois iguales

Autor: José-Domingo Rodríguez Martín
Profesor titular de Derecho Romano en la Universidad Complutense de Madrid


No podía ser, claro. Si es que no podía ser. Da igual que uno esté destinado al fin, aunque sea por unos días, en una ciudad distinta, fuera de Roma, lejos de la locura del Foro. Da igual que haga un sol espléndido y que esta antigua ciudad de Mutina sea una joya del arte etrusco. Y da igual que el Senado haya enviado instrucciones a este municipio para explicarle cómo funciona el nuevo sistema judicial. Da igual todo. Mi triste destino, pensaba el Pretor, es que me toquen a mí siempre los litigios más surrealistas de todo el Imperio.



Y como para confirmar sus peores temores, el Pretor observaba la cara de desconcierto de su ayudante, quien intentaba poner en orden las tablillas de cera con la lista de litigios pendientes de tramitar aquel día.

Bajo el estrado, una masa de gente expectante aguardaba en respetuoso silencio que aquel famoso Pretor, a quien la Fortuna les había enviado como sustituto por unos días, iniciara la tramitación de los litigios.

Pero por la cara desencajada de su ayudante, el Pretor sabía que ése iba a ser uno de esos días.

El Pretor respiró profundamente y preguntó, en voz baja:

– (Venga, querido lictor, suelta ya qué es lo que pasa...)

– (Pretor, no sé cómo decírtelo, esto supera todo lo que hemos visto hasta ahora...).

– (Mira tú que me extraña...).

– (Te lo juro, oh Pretor: tenemos veinte ciudadanos de Mutina que demandan a otros tantos vecinos... Pero todos los demandantes se llaman igual... ¡y todos los demandados también!).

Al oír aquello, el Pretor cerró los ojos, tomó aire, se masajeó las sienes, y sopesó las razones por las cuales no debía en ese mismo momento lanzarse sobre su espada, que había dejado al lado de su silla curul; mejor aún, por qué no alistarse en el Frente Popular de Judea y colaborar activamente en la caída el Imperio Romano...

– (Lictor: dime, por piedad, que los demandantes no se llaman todos Lucio Seyo, y que todos los demandados no se llaman todos Quinto Licinio...).

Al lictor casi se le salen los ojos de las órbitas, de pura admiración por su idolatrado Pretor.

– (¡¡Por Júpiter, así es!! ¿¿Cómo lo has adivinado, oh Pretor??)

El Pretor luchó por controlarse, pensando seriamente en tatuarse la cara de Aníbal y jurar odio eterno al Imperio; o, qué cunnus, mejor alistarse directamente en el Escuadrón Suicida del Frente del Pueblo Judaico...

Pero al final su dignitas interna logró prevalecer –muy a duras penas– sobre su absoluta desesperación, y dirigiéndose al pueblo con toda la suavidad de la que fue capaz, les dijo:

– ¡Oh, ciudadanos de la bella Mutina...!

Ovación cerrada y aplausos entre el público: – ¡Viva el Pretor! ¡Bienvenido sea el famoso Pretor! ¡Larga vida al Pretor!

– El Senado os ha mandado una ley explicando cómo deben funcionar los juicios a partir de ahora, ¿no es cierto?

–¡Sí, Pretor! ¡Viva el Senado y el pueblo romano! ¡S-P-Q-R! ¡S-P-Q-R!

– ...Y supongo que, antes de venir aquí, todos habéis redactado vuestras demandas según el formulario modelo que trae la ley para que os resulte más sencillo litigar, ¿no?

 – ¡¡Sí, Pretor!!

El Pretor miró a la gente durante unos segundos, intentando controlarse, pero al final estalló:

– ¿¿Y no os habéis dado cuenta, panda de merluzos, que los nombres “Lucio Seyo” y “Quinto Licinio” son ejemplos del formulario?? ¿¿Que es lo mismo que poner Fulano y Mengano, y que en la demanda real tenéis que poner vuestro nombre de verdad, pues si no, la demanda no vale??

Silencio avergonzado entre el público y caras en pleno éxtasis de revelación.

Mentes preclaras de Mutina
Entre la gente, un ciudadano levanta una mano tímida y comenta:

– Perdón, Pretor, la ley avisa tan sólo que cuando sale “Mutina” se trata de un ejemplo, y que es el nombre de la ciudad lo que hay que cambiar...

El Pretor, al oír aquello, se temió lo peor:

– Por supuesto, ciudadano... ¡Pero hay que cambiarlo sólo si hace falta, es decir, si el litigio no se celebra en Mutina, sino en otro sitio!

Un repentino “Aaaaahhh” se extendió entre el público asistente. El Pretor escondió la cara entre las manos.

– Por piedad, nobles ciudadanos de Mutina... ¿No habréis cambiado también el nombre de la ciudad?

Otra mano se levantó entre el público: – Pues yo sí, Pretor... ¡yo he puesto “Mantua”!

– Y yo, “Brindisi”... ¡Es que estuve allí de viaje de novios!

– ¡Y yo, “Alejandría”, que oye, sonaba muy exótico!

– ¡Y yo “Herculano”, que dicen que es de lo más chic...!

Y aprovechando la descerebrada algarabía con que cada vecino celebraba despreocupadamente las ocurrencias de sus conciudadanos, el lictor, discretamente, alejó la espada del alcance del Pretor; la verdad es que no tanto por miedo a que se suicidara... como de que se lanzara entre el público para hacer una escabechina.

Pero el Pretor, con la mirada perdida en el horizonte, sólo pensaba en que, de haber nacido en otra vida, el tal Aníbal le habría parecido un gran tipo.


Y PARA SABER MÁS:


Bronce de la Lex Rubria.
Museo Archeologico Nazionale de Parma (Italia)
 

La Lex Rubria de Gallia Cisalpina, del siglo I antes de Cristo, ofrecía a los habitantes de la ciudad de Mutina (actual Módena) unos formularios para presentar los demandas. Dichos formularios incluían nombres lógicamente ficticios en el lugar donde debían figurar demandante y del demandado.

Sin embargo, qué lío no se armaría entre la ciudadanía, que en uno de los preceptos legales más divertidos y encantadores de la historia del Derecho –la rúbrica XX de dicha ley– se tiene que advertir expresamente:


  1. Que por favor sólo se modifique el nombre de la ciudad que sale en el formulario (Mutina) si el municipio en que se litiga es, efectivamente, otro diferente al de Mutina.
  2. Que los nombres ficticios “Lucio Seyo” y “Quinto Licinio” se deben sustituir por los reales... siempre que demandante y demandado no se llamen de verdad así :-) 
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