martes, 6 de octubre de 2015

Calixto; historia de la quiebra (fraudulenta) de la primera banca de la iglesia



Esclavo, banquero, estafador, camorrista religioso, condenado a las minas, pensionista y Papa.

Supongo que al leer esta lista nuestros amables lectores habrán supuesto que vamos a hablarles de un variopinto grupo de personajes o, en todo caso, de alguna saga familiar especialmente movidita. Pero no. Aunque parezca increíble nos referimos a un único y singular elemento: Calixto.

Antes de hablar de Calixto debemos presentarles a la fuente a través de la cual nos han llegado sus aventuras: Hipólito de Roma, otro individuo realmente notable, dado que fue el primer antipapa (en oposición a Calixto, justamente) de la historia. Más tarde se reconciliaría con la iglesia, y terminaría, igual que su rival, mártir y santo. 

Cuando sucedieron los hechos que describe, él era, probablemente, un adolescente y todo indica que los conoció de forma directa. Su animadversión por el personaje y su amor por la iglesia y la fe son palpables, y condicionan todo el relato.

En cuanto a la época histórica, nos encontramos en el reinado de Cómodo, sí, ese, el malo del Gladiator. Como ya comentamos en un artículo anterior, Cómodo rompió con la tradición de los antoninos, su dinastía, y en vez de mimar al ejército y confiar los detalles de los asuntos civiles al senado, logrando así el apoyo de ambos estamentos, renunció a la estrategia militar de sus antepasados y entregó la administración a su camarilla privada, formada, básicamente, por libertos.

Y aquí empieza nuestro relato:

Calixto —nos cuenta Hipólito—, que era entonces esclavo de Carpóforo, hombre creyente, liberto de la casa imperial, recibió no poco dinero de este como persona de confianza, y le ordenó obtener beneficios mediante el negocio de la banca.

Aquí tenemos uno de esos libertos imperiales, Carpóforo, y podemos ver cómo actuaban en el mundo de las finanzas muchos esclavos y ex—esclavos en nombre de sus señores: el capital les era entregado en forma préstamo, no de inversión, así el alto cargo de la administración, senador o lo que fuera, no figuraba como propietario, aunque, de hecho, controlase el negocio. “Hombres de paja” y fusión “bajo mano” del poder político y el económico, ¿les suena?

Calixto, con el dinero recibido, comenzó a ejercer como banquero […]. Pasado el tiempo muchas viudas y hermanos, confiados en el prestigio de Carpóforo, entregaron depósitos de dinero a Calixto.

Otra cosa a destacar es que, en contra de la imagen que nos han trasmitido, los cristianos no fueron siempre un grupo clandestino perseguido por las autoridades, sino que disfrutaron de periodos en los que actuaron con total libertad, alternados con otros de persecución, según quién detentara el poder. Con “el malvado” Cómodo parece que incluso contaron con cierto respaldo estatal, hasta el punto de que un alto cargo de la administración imperial reconoce y ejerce de forma abierta su fe. 

La comunidad cristiana, además, como es habitual en las sociedades y grupos minoritarios, actúa dentro de los parámetros de la mutua-ayuda. Es un banco dirigido por cristianos y para cristianos.

Este —por Calixto— que había malgastado todo se encontraba sin fondos. No faltó quien le comunicase al dueño la situación en que se encontraba su esclavo. Carpóforo decidió ir a reclamarle las cuentas. Calixto, al saberlo y temiendo los males que le amenazaban, preparó su fuga por mar […]

Nuestro hombre, pues, se pule los ahorros de sus depositantes en vez de invertirlos. Durante algún tiempo consigue atender sus obligaciones gracias a los ingresos de los nuevos clientes, pero cuando la bola ya es demasiado grande y está a punto de explotar, se da a la fuga. Es decir, estamos ante una de las primeras estafas piramidales registradas de la historia, un timo que aún hoy, miles de años después, goza de inmejorable salud.

[…] Carpóforo sale al encuentro del esclavo que no logra ocultarse. […] se tira al mar y nada tratando de morir ahogado. De nuevo fracasa y […] es entregado a su dueño que lo lleva a Roma y lo encierra en una celda de castigo.

Aquí empieza la crónica a incluir detalles un tanto improbables: si uno quiere morir ahogado no nada, lo que justamente tiene que hacer es dejar de nadar. Todos los intentos de suicidio que en el futuro le atribuirá Hipólito son igualmente dudosos, y más en un hombre que, como veremos, era un verdadero superviviente nato.

Pero los elementos extraños en esta historia no han hecho más que empezar.

Transcurrido el tiempo, y como suele ocurrir en estos casos, los hermanos cristianos acudieron a Carpóforo pidiéndole que sacase de la prisión al esclavo, diciéndole que él afirmaba que tenía el dinero en manos de algunas personas que se lo debían. El dueño, que era persona piadosa, se resistía, afirmando no estar tanto preocupado por su inversión como por los depósitos, porque muchas personas se le quejaban amargamente diciendo que habían confiado al esclavo sus ahorros por el buen nombre de él. Persuadido finalmente por las razones expuestas, ordenó que Calixto fuera liberado.

Dejando al margen la excusa de los prestatarios sin identificar, típica y tópica en estos casos, no puede uno por menos que preguntarse quienes serían esos “hermanos cristianos” que logran su libertad. No creo que fueran los depositantes, precisamente. Cápoforo era un hombre importante, por lo que para persuadirle tuvieron que acudir gente relevante dentro del estamento eclesiástico, pero: ¿qué motivos pudieron llevarles a actuar en favor de un estafador cuyas víctimas pertenecían a su propia comunidad?

Este, que no tenía nada que devolver y no podía de nuevo intentar fugarse por estar vigilado, discurrió un nuevo método para suicidarse y un sábado, pretextando ir a ver a unos deudores, se encaminó a la sinagoga de los judíos, y llegado allí los provoca. Los judíos respondieron insultándole y golpeándole. Finalmente lo arrastraron ante el prefecto de la ciudad, Fusciano […]

Vamos a ver; si uno se quiere suicidar se tira de un puente, o de un sexto piso, o se corta las venas, o pide un veneno (en Roma eso era legal); no acude a montar gresca durante el oficio religioso de otra comunidad cuyos miembros, si no eran idiotas, no tenían que hacer otra cosa para librarse de él que llevarlo ante el pretor. A juzgar por lo que sucedió después parece más probable que su plan fuera otro.

Durante el juicio, estando indignado el prefecto por las quejas de los judíos, avisado Carpóforo acudió al tribunal y decía a gritos: «Te ruego, Fusciano, que no creas que de verdad sea cristiano, sino que lo que busca es una ocasión para morir después de haber hecho desaparecer una gran cantidad de dinero, como puedo demostrar». Los judíos, creyendo que era una treta de Carpóforo para liberar al esclavo, gritaban con más fuerza ante el prefecto. Este convencido por ellos, después de haberle hecho azotar lo envía a las minas de Cerdeña.

Esto me recuerda a la treta de un conocido personaje qué, habiendo sido pillado sin defensa posible en un caso de soborno, incurrió conscientemente en un descarado delito con trasfondo político, que le aseguro una condena rodeado de popularidad y apoyos mientras el otro asunto quedaba olvidado. Nada hay nuevo bajo el sol, y si sabes algo de historia no tienes ni que molestarte en tratar de inventarlo.

Ya sé que ustedes estarán pensando que al “pobre” Calixto la cosa le salió fatal: terminó en las minas. Pero es que el asunto tenía truco. Repasemos, de nuevo, el contexto histórico.

Marco Aurelio, el emperador filósofo, había sido un enérgico perseguidor de cristianos (y de otros cultos que consideraba perjudiciales para el imperio). Esta política fue también abandonada por su sucesor, Cómodo, que tras distanciarse de los aliados tradicionales de su dinastía buscaba continuamente nuevos apoyos para mantenerse en el poder. Veamos, poco después, qué sucedió:

Como hubiese en las minas muchos cristianos condenados por su fe, Marcia, concubina del emperador Cómodo, que era piadosa y quería hacer una buena obra, acudió al bienaventurado Víctor, Obispo de Roma, preguntándole quienes eran los cristianos condenados por su fe que estaban en Cerdeña. Víctor, que conocía las fechorías de Calixto, dio el nombre de todos los condenados excepto el suyo. Marcia, habiendo obtenido la aprobación de Cómodo, envió a Cerdeña al oficial Jacinto, que entregó la lista al procurador de Cerdeña, procediendo a liberar a todos los cristianos, pero no a Calixto. Este, poniéndose de rodillas y suplicando, pide que lo liberen a él también, pues ha sido condenado por cristiano. Jacinto lo comprueba y convence al procurador, asegurándole que él había prohijado a Marcia y podía garantizarle la impunidad.

Cuando se enteró el obispo Víctor se disgustó mucho por lo sucedido, pero como era hombre de buen corazón se calmó. Sin embargo, por los reproches de muchos, y de Carpóforo, que se quejaban de las fechorías de Calixto, le manda que se quede en Anzio (capital de Cerdeña), asignándole una pensión para su mantenimiento.

Bueno, aceptemos que un error burocrático en esas circunstancias y ayudado por la labia de nuestro hombre es posible, pero que el que le asignen una pensión vitalicia a cambio de que se quede en Cerdeña a un tipo que ha estafado a la mitad de la comunidad cristiana de Roma solo puede significar una cosa: dentro de la jerarquía eclesial había gente muy interesada en que Calixto estuviera tranquilo y lejos de Roma durante una buena temporada.

Y si alguien no termina de verlo claro, lo que sucedió después no creo que pueda dejarle muchas dudas. El sucesor de Víctor, Ceferino, lo llamó a Roma, lo nombró Diácono y le confió la administración de los cementerios. Tras la muerte de Ceferino, el propio Calixto fue nombrado obispo de Roma y, como tal, Papa.

Banca e Iglesia. Si cuando una cosa empieza mal…

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