viernes, 21 de diciembre de 2012

Cineas, de Pirro a Beauvoir

Elefante de Pirro jugando con romanos


Seguimos con griegos secundarios, en este caso con un personaje casi desconocido, pero que llegó a ser un tipo peculiar de la historia griega, su primera fuente directa sobre los romanos y hasta una figura de ensayo filosófico del siglo XX. No está nada mal para un secundario.

Cineas, el tesalio, llamado así porque no se conoce su ciudad de nacimiento, solo su región, debió de venir al mundo a mediados del siglo IV a. C. No conocemos su familia, pero no era pobre, pues tenía suficiente status y dinero para mandarlo a estudiar a la prestigiosa Atenas. Allí tuvo la suerte de ser aceptado como discípulo por el famoso orador Demóstenes, el creador de las Filípicas originales, luego plagiadas por Cicerón. Esto implica que nuestro Cineas era bastante espabilado con las palabras.

 Pero luego de la muerte de Demóstenes no sabemos más de Cineas hasta pasados cuarenta años, ya anciano, cuando se nos aparece en primera línea histórica como lugarteniente del vanidoso y belicoso rey Pirro. ¿Qué hizo todos esos años? Desde luego, nuestro joven aprendiz de retórico debió de tener una brillante carrera militar, o no se explica su puesto con Pirro.

 P. Sekunda, en Ancient Warfare 6-4, sospecha que fue un oficial de los ejércitos de los diádocos, los generales de Alejandro que se liaron a tortas tras su muerte durante veinte años y en cuyos ejércitos era fácil hacer carrera si se era espabilado y capaz de soltar dos frases coherentes seguidas. Incluso lo identifica con un Cineas tesalio que fue oficial del rey Seleuco y estuvo batallando por donde Cristo perdió la sandalia, más o menos en el actual Afganistán.
Aceptemos la suposición e imaginemos a Cineas dirigiendo ejércitos por las colinas peladas de Asia Central, bajo sol implacable o nieve grumosa, sometiendo aldeas de nombre impronunciable, mientras por las noches, en su tienda de cuero, continua con sus ejercicios de retórica. Porque no los abandonó, está claro, o Apiano no diría de él que era el único de su época comparable en elocuencia al maestro Demóstenes.

 Sabemos también que Cineas escribió un epítome o resumen de las obras militares de Eneas el Táctico. Quizá fue esta combinación de capacidad oratoria y experiencia marcial la que le hizo sobrevivir a tantas guerras y acabar por la década 290-280 a.C de lugarteniente del rey Pirro de Épiro, quien lo apreciaba y decía de él que le había conseguido más ciudades con sus palabras que las que había ganado él mismo con sus armas.

 Entonces, de repente, entra en la historia romana. Fue en 282 a. C., cuando al rey Pirro recibió la petición de ayuda de la ciudad de Tarento, en el sur de Italia, que estaba siendo acosada por unos bárbaros del norte muy chulos que querían darle su propia paz a cambio de tributo. El rey Pirro, siempre dispuesto a la marcha, se apuntó a la guerra contra esos bárbaros y envió a Cineas por delante con 3000 hombres para preparar la próxima expedición. Cuando poco después llegó él mismo a Italia tras un accidentado viaje, el eficaz Cineas ya lo esperaba con el ejército tarentino preparado y dispuesto a pelear junto a Pirro.

 Así que el rey y su ejército con elefantes se introdujeron tierra adentro hasta que en Heraclea se encontraron con el enemigo viniendo del norte. Al ver como esos curiosos bárbaros instalaban su campamento, según nos cuenta Plutarco, Pirro comentó que "no me parecen en absoluto bárbaros". La posterior batalla se lo demostró con creces.

 Conocemos más el papel de los elefantes en esa batalla que el de Cineas, pero debió de pasarlo tan mal como su jefe, porque, si bien es cierto que vencieron, las bajas fueron tan considerables que pedir una paz justa se mostró como la mejor opción para Pirro y sus oficiales. Confiados a su elocuencia, Cineas fue enviado como embajador a Roma.

 Plutarco y Tito Livio nos muestran el asombro que el viejo Cineas causó en Roma, al ofrecer regalos y saludar a los senadores por su nombre. Señal de que su memoria estaba bien entrenada y que tenía bajo su mando el servicio secreto de Pirro.
 Pero pese a sus esfuerzos retóricos y buenas maneras, los testaduros senadores romanos no cayeron de la burra y Cineas sólo obtuvo como respuesta que si Pirro se iba de Italia los romanos lo dejarían en paz.

 Durante su estancia en Roma, Cineas se interesó por su sistema político, ejército y costumbres, siendo el primer griego en estudiarlos. Lo suficiente como para volver con Pirro y soltar la frase que le hizo inmortal para los historiadores romanos: "Temo que estemos luchando contra la Hidra." (Nota pedante: la Hidra de Lerna es el monstruo al que le cortas una cabeza y le nacen otras dos).
 Sin embargo, el orgulloso rey Pirro no se dejó convencer y siguió la guerra. Volvió a ganar en Asculum a los romanos, pero con terribles pérdidas de nuevo.

 Viendo que la campaña le estaba arruinando y haciendo de su nombre sinónimo de victoria chunga, Pirro prefirió acudir a otra llamada de sirena. Esta vez los griegos sicilianos le llamaban para luchar contra Cartago, que andaba crecido paseando sus ejércitos por la isla. De los romanos a los cartagineses y tiro porque me toca, Pirro se puso a hacer las maletas y mandó de nuevo por delante a Cineas para negociar la futura campaña.
En Sicilia, mientras su rey iba dando estopa y persiguiendo a los cartagineses por toda la isla, murió nuestro Cineas, ya cerca de los ochenta años, lejos de su Tesalia natal y de las colinas afganas de su juventud.

 Quizá a Pirro no le hubieran ido después tan mal las cosas si su lugarteniente hubiera vivido un poco más de tiempo. Quién sabe.
Pero la sombra de Cineas no acaba aquí. Ni mucho menos. Una de sus conversaciones con Pirro ha pasado a la historia de la filosofía. Como lo leen sus ojos.

Según Plutarco, un día, en el chupito de los postres, Pirro dijo que iba a invadir Italia. Cineas le preguntó "¿Y luego qué?", a lo que Pirro respondió que luego Sicilia, y luego Cartago y luego más allá, que no paro, soy el gran Pirro, primo segundo de Alejandro Magno y bla, bla.... Cineas preguntó entonces "Y cuando conquistes todo occidente, ¿qué harás?". Pirro, un poco perplejo, contestó que haría lo que toda la gente satisfecha, que al final descansaría y disfrutaría de la vida. 
 La respuesta de Cineas fue fulminante: "¿Y por qué no lo haces ahora?"

 Vale, es una anécdota simpática. Pero es que los filósofos le han sacado interpretaciones de todo tipo a lo largo de la Historia. Para los antiguos, es un ejemplo de las bondades de la vida epicúrea, abogada del disfrute de la vida sin buscarle cosquillas. En el siglo XVI, para el agudo Montaigne, es una bella confrontación metafórica entre la vida activa y la contemplativa. Ya en el siglo XX, Simone de Beauvoir titularía su primer ensayo filosófico "Pirro y Cineas" y sacaría jugo a esta conversación hasta límites alucinantes y bastante incomprensibles para la mayoría de mentes, pero que se resume en que 

“el hombre puede actuar, debe actuar. El hombre únicamente es trascendiendo, actuando en el riesgo y en el fracaso. Debe asumir el riesgo, pues lanzándose hacia el porvenir incierto funda con certidumbre su presente”.

 Quién le iba a decir a Cineas que sus sobremesas de chupitos con Pirro iban a influir a este nivel existencial en las mentes futuras.

Haz la guerra a los romanos para esto.

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