miércoles, 1 de agosto de 2012

Clístenes de Sición, el tirano ejemplar





Ya era hora de que apareciera un griego en nuestra lista de personajes secundarios. Porque los romanos son el plato fuerte del menú de la Antigüedad, pero los griegos son la sal y la pimienta de toda la carta. Sin ellos por el medio, todos las historias de los viejos papiros tendrían un gusto más insípido y un aspecto más aburrido. 

Para empezar con un griego secundario no hay nada mejor que un tirano de polis secundaria. Son los más divertidos. Y Clístenes de Sición es de los que tiene mucha guasa.

Antes de seguir, debo aclarar que al hablar de “tirano”, lo digo de manera oficial, de los que han pasado a la Historia con ese título, sin disimulos. Porque, en pocas palabras, se puede decir que en la antigua Grecia un tirano era alguien que tomaba el poder absoluto en una ciudad (polis) con el apoyo popular, normalmente de los grupos sociales más desfavorecidos, que eran los mayoritarios, sobre los que luego se apoyaba para gobernar y hacer de las suyas como un niño.

 Su etapa de gloria fueron lo siglos VII-VI a.c., pero los hubo a lo largo de toda la historia griega. Con el gusto por la vida política que profesaban los griegos, se entiende que llegar a tirano de su comunidad era uno de sus sueños más húmedos e inconfesables, que pocos se atrevían, y muchos menos conseguían, materializar.  
Clístenes fue uno de esos afortunados, que gobernó su polis desde el 600 al 570 a.c.

 Su ciudad, Sición, cuyo coqueto teatro vemos en la foto, era una pequeña polis a menos de 20 kilómetros de Corinto y a dos de la costa del otrora famoso golfo de Lepanto, ya dentro del Peloponeso. Aunque pequeña, tenía fama de ser una de las polis más antiguas de Grecia, cambiando de época en época, pero siempre viva, y que allí mismo había bajado el titán Prometeo con el fuego de los dioses. Además, uno de sus reyes había dado nombre al mar Egeo, como quien no quiere la cosa, y no hacía mucho había sido también la cuna de la tragedia. Un curriculum interesante para una pequeña polis.
 Aunque parece ser que su nombre proviene de la palabra griega para una especie de pepino pequeño, un cultivo abundante en la zona, lo cierto es que semejante etimología no era del gusto de los orgullosos sicionitas, anfitriones de Prometeo, creadores del teatro y con reyes mitológicos bautizadores de mares. Así que proclamaban que el nombre de su ciudad venía de otro antiguo rey, Sición, emparentado con el mismísimo Erecteo de Atenas. Como ven, en ningún momento de su historia se cita a la vecina, poderosa y famosa Corinto. Para los sicionitas no era más que una simple ciudad de advenedizos con suerte.  

 Pero a la polis que no podían dejar de mencionar era a Argos, otra famosa ciudad a unos treinta kilómetros al sur. La aristocracia de Sición provenía de allí, eran dorios de pura cepa, mientras la mayoría de la población sicionita era aquea de cepa pura y se sentía dominada por esa élite “extranjera”. Hacía falta un héroe liberador que cambiase el orden de las cepas.

 Y entonces, según un fragmento de papiro de la “Historia de las Tiranías” de Eforo, hallado en Oxyrrinco, aparece el soldado Ortágoras, hijo de Andreas “el cocinero”, que fue escalando puestos en la milicia local, gracias a sus méritos, pasito a pasito hasta llegar a general del ejército sicionio.   Desde esa posición, con el apoyo popular, dio un golpe de estado, exilió a Argos o ejecutó a unos cuantos aristócratas filoargivos y, voilá, ya tenemos al primer tirano de la polis. Era el 650 a.c., mes arriba, mes abajo.
Ortágoras creará una dinastía tiránica, al ser sucedido por su sobrino y luego el sobrino-nieto. Los ortagóridas, para ser tiranos, no lo hicieron mal y cuidaron del bienestar del pueblo, según cuenta en su Constitución de los Atenienses el famoso Aristóteles, que era bastante criticón con este peculiar sistema político. Así que debieron cumplir bastante bien su papel de lideres populares de los orgullosos sicionitas.
Pero el gran momento familiar tiránico llega con nuestro personaje.

 Clístenes, nieto también de Ortágoras, alcanzó el poder de la manera más tradicional, simple y eficaz. Asesinó a su hermano mayor Mirón, el legítimo tirano sucesor, y luego a su hermano menor Isodamo, por si le daba por seguir sus pasos, que los hermanos pequeños son muy copiones. Luego, ya instalado en el poder, se puso a hacer feliz al pueblo sicionita, para que olvidara su irregular ascenso al trono tiránico, que en el fondo, no debía de importarles, porque eran asuntos privados de su familia.    

 Pero hacer felices a los sicionitas no era fácil. Si a los romanos bastaba darles pan y circo para satisfacer sus instintos básicos, los paisanos de Clístenes eran más exigentes y sensibles en sus gustos.

Herodoto, que parece tener simpatía por este personaje, nos cuenta todo lo que hizo Clístenes para contentar a sus exigentes sicionitas en sus libros V y VI.
 Primero había que darles una victoria sonada, que tuviera eco en toda la Hélade. Así que Clístenes organizó la Primera Guerra Sagrada. Llamada así porque se hizo para defender al Oráculo de Delfos y a su dios Apolo. Resulta que enfrente de Sición, al otro lado del golfo, la ciudad de Cirra abusaba de los peregrinos por mar que iban a Delfos, pues al ser el puerto más cercano, todos desembarcaban allí, y los cirrios, que parece que eran unos macarras de cuidado, los cargaban de impuestos de paso y en muchas ocasiones les robaban directamente con amenazas. Habían sido avisados muchas veces por los sacerdotes de Apolo, pero no les hacían ni puñetero caso. Eran unos verdaderos descreídos.

 Menos mal que estaba Clístenes y la flota sicionita, que bloquearon el puerto de Cirra mientras atenienses y otros pueblos, cuyos peregrinos habían sufrido los recortes económicos de los cirrios, atacaban la ciudad por tierra. Los tunantes cirrios resultaron ser unos impíos muy duros y se tardó cinco años en tomar su ciudad y exterminarlos de raíz, como ordenó el cabreado Apolo a través de su oráculo. Pero se cumplió la orden divina y Clístenes alcanzó fama notable, siendo admitida su ciudad en la Liga Anfictiónica, una especie de club privado de protectores del oráculo.

 Para agradecer a Apolo su bendición y a los sacerdotes del Oráculo su apoyo, Clístenes construyó el tesoro de los sicionitas en Delfos, del que todavía quedan unas cuantas metopas, y fundó los Juegos Píticos en 582 a.c. Con el tiempo, estos juegos llegarían a competir con las Olimpiadas en fama y prestigio. Ni que decir tiene que uno de sus primeros ganadores fue Clístenes, en la carrera de carros.
Conseguida la victoria sonada, Clístenes les dio a sus paisanos una conquista. Al poco tiempo, atacó la polis vecina de Pellene, una vieja enemiga en decadencia, y la tomó sin muchos problemas. Para los griegos antiguos, conquistar la polis vecina era como invadir otro planeta y tener éxito. Así que los sicionitas tras esta proeza se creían dueños de un imperio universal.

 Pero Clístenes no paraba. Tras la victoria sonada y la conquista de la polis vecina, llegó el momento de la burla a otra polis vecina. Asunto que también encandilaba a los griegos casi más que eyacular.
Pero con la advenediza-con-suerte-Corinto era mejor no meterse. Por lo que Clístenes decidió meterse con otra ciudad menos fuerte: prohibió en Sición el culto al héroe Adrasto, héroe originario de la otra odiada vecina, Argos, y se sustituyó por el de otro héroe, Melanipo. Por si no lo saben, el héroe Melanipo era un tebano que había matado al hijo y al yerno de Adrasto. El cual debió revolverse en su tumba tras semejante insulto a su memoria heroica.

 También se prohibió recitar en Sición los cantos homéricos, porque en ellos se daban muchas alabanzas a los héroes argivos. Ante tales humillaciones, los argivos prefirieron no darse por enterados. Comprensible actitud, porque de aquella Clístenes, conquistador y campeón deportivo, ya infundía miedo.

 Pero los sicionitas que lo apoyaban, la gran mayoría, no estaban todavía satisfechos. Así que Clístenes decidió darles otro regalo. La ciudad estaba dividida en cuatro tribus. La mayoría de población, de origen aqueo y su seguidora, se concentraba en una sola. Clístenes la renombró como la tribu de los “Jefes del pueblo”. A las otras tres, de origen dorio, les puso nombres con muy mala leche: Hyatai (los cerditas), Choireatai (los brutitas) y Oneatai (los burritas). Sus seguidores aplaudieron este regalo cómico con gran alborozo.

 Sin embargo, pedían más. Así que Clistenes les dio otro obsequio: los convirtió en un centro cultural. Bien, hoy esa idea puede relacionarse en nuestras cabezas con un derroche de las arcas públicas, pero en la antigua Grecia daba mucho lustre ser centro de cultura. Así que Clístenes atrajo con buena paga a pintores, escultores y ceramistas de todo el mundo griego. En pocos años, sus escuelas de pintura y escultura se hicieron famosas, a la par que sus exportaciones de cerámica, lo que enriqueció a la ciudad. Tanto fue el éxito de sus artesanos, que en siglos posteriores se contaría la leyenda de que la pintura se había creado en Sición.  

 Los sicionitas ya levitaban de orgullo: victoriosos, conquistadores, humilladores del vecino, burladores de los dorios, enriquecidos por la cultura, inventores de la pintura... pero Clístenes les dio más: un campeón olímpico. En 572 a.c. ganó la carrera de carros en las Olimpiadas.  

 Y más madera. Tras su victoria olímpica, embargado de la emoción, quiso imitar a los reyes de los poemas épicos. Así que anunció a los aristócratas reunidos en Olimpia que el que quisiera casarse con su hija Agarista debería presentarse en Sición en menos de sesenta días y participar en una competición por su mano. El concurso sería una mezcla de pruebas atléticas y sociales (tener buenos modales y educación) que duraría un año entero, con todos los gastos pagados. Trece famosos aristócratas de todo el mundo griego aceptaron semejante invitación a unas vacaciones de lujo con chica de premio.
Sición se convertiría durante un año en el centro glamuroso de toda Grecia. Los pretendientes tuvieron que demostrar sus talentos individuales en atletismo y en especial en largos simposios alcohólicos, es decir, en aquellas actividades que definen la forma aristocrática de vida para un griego con alma homérica.

 Al final, quedaron dos atenienses como candidatos finalistas: Megacles e Hipoclides. El primero de la ilustre familia de los Alcmeónidas y el segundo emparentado con los tiranos cipsélidas de la-advenediza-con-suerte Corinto. Pero en un banquete, Hipoclides se pasó con el vino especiado y se puso a bailar como un saltimbanqui, subiéndose a una mesa haciendo el pino. Se pueden imaginar el escándalo. Porque si Hipoclides era griego, entonces llevaba túnica, y por tanto al ponerse patas arriba mostró todos sus atributos a los invitados. Algo vio entonces Clístenes en el viril Hipoclides que no le gustó, pues comentó en alto “Bailando te has alejado de la novia”. A lo que Hipoclides contestó, en plena efervescencia acrobática: “¡A Hipoclides no le importa!”. Expresión que se haría famosa en Grecia, convirtiéndose en refrán durante los siglos posteriores, con el significado de “Que me quiten lo bailao”.
Al día siguiente Megacles el alcmeónida se convertía en el prometido de Agarista y Clístenes emparentaría con una de las familias más prestigiosas de Grecia. Había llegado a la cima.

 Alrededor del 560 a.c. moría nuestro tirano Clístenes en su cama, feliz y tranquilo, a diferencia de la mayoría de los tiranos, y muy querido por sus amados sicionitas; victoriosos, conquistadores, burlones, cultos, ricos, “Jefes del pueblo”, inventores de la pintura, campeones olímpicos y glamurosos.

 Su hija pariría a otro Clístenes, que curiosamente acabaría con los tiranos de Atenas e instauraría la democracia, ensombreciendo la fama de su abuelo. Y la hija de este Clístenes revolucionario pariría a un tal Pericles, cuya fama enterraría ya para siempre a la de sus antepasados.
Pero bueno, a esas alturas el viejo Clístenes podría decir “¡A Hiplocides no le importa!”

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